Son cada vez más numerosas y fuertes las voces que nos advierten que marchamos al suicidio al destruir este medio ambiente en que vivimos y que, hasta no hace mucho, tenía riquezas que nos había regalado la naturaleza, nuestra buena Pachamama.
Para que la nostalgia nos golpee, no es necesario acudir a las viejas crónicas ni a las excavaciones arqueológicas. Basta con que quienes nacimos alrededor del centenario de nuestra independencia o éramos todavía jóvenes medio siglo después, recordemos cómo era lo que entonces nos rodeaba y, a veces, servía para alegrar a nuestro sistema digestivo.
Pensemos, por ejemplo, en los deliciosos ajíes de bogas, ahora imposibles porque esos exquisitos pescados escasean mucho y, sobre todo, se han tornado tan petizos que apenas exceden la estatura de los ispis. En cuanto al umanto, hace años que no veo uno en los mercados de esta nuestra ínclita ciudad. Los mauris, esos simpáticos bagrecitos espinosos, sólo aparecen de vez en cuando. Lo más triste: los suches de caballerescos bigotes, que protagonizaban las más bellas tomatadas de este mundo; ahora, cuando se los pesca, están lejísimos del fornido primo que es el surubí y cerca de ese pigmeo que era el mauri.
¿Quién puede comprar una vizcacha, admirar una chinchilla – como no sea reimportada de la Alemania recién reunificada?
Y no pensemos en otros ejemplares mayores, como el cóndor, cada vez más solitario y en creciente peligro de morir solterón. No hablemos de los pumas, conservados en algunos zoológicos, pero que, si sobreviven en algún lugar, es comiendo ratas y con la psicosis que les provoca el terror de que, cualquier día, aparezca por ahí un ser humano civilizado. También recorría nuestras altas montañas aquel célebre oso, llamado Jucumari, tema de numerosas leyendas espeluznantes y tótem de todo un clan apellidado «Jucumarini», que se adelantó en los hechos a las que serían escandalosas teorías de Freud.
Y si me limito a recordar lo que ocurría en estas tierras altiplánicas es porque ellas se ligan estrechamente con los recuerdos que guardo de mi infancia y mi juventud. Pero ya sé que algo semejante o alguna vez peor, ha ocurrido en zonas vallunas y tropicales, allí donde la vida brillaba y estallaba en todas partes y ahora corre el peligro de extinguirse. Miles de especies animales habitaban selvas y ríos, donde habían sido respetadas durante generaciones incontables, por aquellos sencillos hombres a los que llamamos «salvajes», pero que fueron poco menos que eliminadas por aquellos otros hombres modernos que sí merecen ser considerados auténticos salvajes.
¿Acaso no ha significado un golpe, una acusación para cada uno de nosotros, el que haya tenido que ser un país europeo amigo, Alemania Federal, la que nos ayudara a que algunos ríos benianos vuelvan a ser habitados por caimanes negros, previamente exterminados por cazadores codiciosos, tolerados por autoridades voluntaria, pero no desinteresadamente enceguecidas?
Las figuritas que veíamos en nuestros libros de historia, en aquellos lejanos tiempos juveniles del pre bachillerato, nos mostraban a los reyes de Asiria y Babilonia cazando feroces leones. Por esas tierras, hace siglos que ya no aparece ningún león, salvo en algún circo. Hay estatuas de leones y héroes que se hicieron famosos luchando contra ellos, en Grecia; hace mucho que los reyes de la selva ya no son vistos en los campos de Europa. Si hasta hace apenas un siglo, Tartarin de Tarascón se dirigió al Norte de África, para enfrentarse con los feroces y enormes leones del Atlas; ahora, por esas arenas, no vaga ni siquiera un cachorro escapado de un zoológico.
No me digan que es imposible que algo semejante nos ocurra con nuestros hermosos y gráciles jaguares, con nuestros marimoños, con nuestras boas de extensión enorme. Es posible y no faltan indicios de que quizá pronto sean algo del pasado, como los dinosaurios de otras edades.
Y no basta con añorar la fauna. También el reino vegetal se halla amenazado, muriendo en zonas enteras mientras el desierto avanza. Todo viene de que hay envenenadores profesionales -y criminales- que nos hacen beber tóxicos todos los días. Las aguas de ríos y lagos se han tornado no fuentes de vidas sino pantanos en que abundan microbios mortales Aguas servidas no debidamente tratadas infestan las plantaciones hasta tornar peligrosas a zonas enteras: las deliciosas frutas y legumbres de nuestro tradicional proveedor, Río Abajo, ahora tienen que ser miradas con desconfianza porque portan muestrarios completos de enfermedades contagiosas. En otros lugares, los residuos de explotaciones mineras han esterilizado leguas y leguas de tierras antes productivas. Vemos cómo los torrentes formados por nieve derretida ya no son de agua límpida -como debía ser- sino un barro desleído que lleva una buena colección de gérmenes.
Hemos llegado a que quien se bañe en ciertos ríos no lo haga para lavarse sino para ensuciarse. Es la conclusión inevitable si hemos de juzgar por los resultados.
Y el mal se ha extendido a todo el territorio nacional donde el agua es causa de infección para hombres y animales y donde los peces comienzan a huir de zonas que el instinto les enseña que son peligrosas.
Es claro que estamos ante un riesgo generalizado y terrible. Que estamos rifando el porvenir y comprometiendo la salud y hasta la vida de nuestros hijos. Lo menos que podemos intentar es conocer la magnitud y naturaleza del peligro y poner en marcha algunos correctivos urgentes, antes de que sea demasiado tarde.
Nuestros viejos rectores espirituales solían recomendarnos, en estos días finales del año, que examináramos nuestra conciencia para establecer qué pecados habíamos cometido y qué remedios debíamos poner para reparar el mal y enderezar lo torcido. Dentro de tal examen de conciencia, tiene que entrar lo relativo al medio ambiente, como algo ligado con la responsabilidad individual y colectiva, que Dios nos señala. Lo hemos interpretado mal: El, en su infinita bondad, nos dijo que podíamos servirnos de la naturaleza; pero nunca nos dio permiso para destruirla pues la destrucción es tarea del otro, del demonio.
Por Huáscar Cajías K.
Fundador de PRESENCIA y catedrático universitario. Fue también embajador de Bolivia ante la Santa Sede