Huáscar Cajías K.
Aunque la expresión «derechos humanos» sea moderna, es la verdad que la idea es sumamente vieja y que la han defendido las mejores concepciones que aparecieron desde que el hombre tiene historia y muy probablemente inclusive antes.
La encontramos bien clarita, por ejemplo, en la narración que el Génesis hace sobre la creación del hombre. Dejemos de lado fa parte anecdótica sobre que Eva ofreció una manzana a Adán y lo demás -al fin y al cabo, la Biblia ni siquiera menciona ninguna manzana-: En el fondo, lo esencial es que todos somos hijos de Dios y partícipes, aunque infinitamente lejanos, de su naturaleza espiritual.
Antiguos filósofos, con el simple empleo de la razón, hablaron ya de la igualdad de todos los hombres, cíe la iniquidad que era la persistencia de la esclavitud, del absurdo de discriminar por sexo, raza o nación. Allí está el pensador que se declaró cosmopolites, es decir, ciudadano del mundo, por encima de las divisiones que las instituciones humanas querían imponer sin razón, y vengamos a revoluciones de los últimos siglos, que proclaman la igualdad; a las declaraciones de los derechos humanos hechas en Europa, América y para todos los hombres.
Son movimientos a veces muy dispares por su origen, pero que tienen el mismo contenido y el mismo objetivo: señalar que el hombre tiene derechos por el mero hecho de ser tal, por su propia naturaleza. Por eso, se trata de derechos naturales que nadie tiene facultad de desconocer.
La mejor lucha en los tiempos actuales es la que se lleva adelante para lograr que en todas partes estos derechos sean respetados, que no sean atropellados, que se dejen de lado los sofismas que han llevado a desconocerlos.
Adquieren dignidad y prestigio instituciones y personas por el simple hecho de dedicarse a sostener esos derechos y a predicar y exigir su vigencia.
Pero tengamos cuidado pues aparecen ciertas discriminaciones que pueden concluir y a veces concluyen borrando con el codo lo que se escribió con la mano;
destruyendo aquello mismo que supuestamente se pretendía construir. Por desgracia, no faltan casos en que, en nombre de la igualdad, de la fraternidad y hasta de un Dios de amor, se alientan conductas que llevan precisamente en dirección contraria a la que ¿e dice o cree que cada uno sigue.
No olvidemos que no hace mucho que vivíamos en medio de contradicciones claras y que. por sus consecuencias, eran terribles. Allí estaban los que defendían la libertad y el cristianismo, pero que mataban y torturaban a los comunistas y rojillos o no les reconocían derechos elementales. O los que, buscando la justicia, mataban, torturaban, pedían que se odiara a los capitalistas, a los religiosos que inyectaban opio al pueblo, a los buscaban la «democracia burguesa», a los que parecían defensores del imperialismo yanqui -único que se consideraba abusivo y malvado-.
Millones de tumbas se abrieron para recibir a quienes no estaban de acuerdo con los hombres que predicaban estos derechos unilaterales. estos modos de conducta tan inhumanos y, consiguientemente, tan inmorales.
Ahora, apenas hay quienes sostengan abiertamente doctrinas de este tipo. El tiempo no está para prédicas de este tipo. Pero surge el peligro de que alguien, al no pensar u obrar con claridad, defienda un supuesto bien y concluya trabajando en pro del mal. No son pocos los que siguen hablando a favor de los derechos humanos, pero lo que sostienen es, en el fondo, algo inhumano, que distingue entre hombres de primera clase y de segunda; entre hombres que tienen derechos, que merecen proyección y hombres que no tienen tales derechos naturales y que pueden ser lícitamente mataos, torturados o privados de su libertad.
La posición de distinguir entre los que merecen protección y los que no la merecen, sólo porque sostienen tales prácticas o doctrinas, es sumamente peligrosa, inclusive si se la asume de buena fe. Un hijo de Dios muere si recibe una bala en el corazón, aunque el que la disparó tenga la mejor fe del mundo. Inclusive, muchas veces, el peligro es mayor cuando se hace el mal creyendo obrar bien pues entonces ni se siente remordimiento ni. por tanto, se busca la enmienda. ¿Cómo se va a arrepentir el que cree que está obrando bien?
Cuando los derechos humanos valen para linos y no para otros, se sostiene algo que es netamente inhumano e impío. No se puede admitir que es censurable matar a unos, pero mero deporte matar, en iguales circunstancias, a otros, a los que integran el bando opuesto. No puede ser que torturar a uno sea un crimen y torturar a otro se considere acto de patriotismo o de justicia.
Si hay quien defiende sólo a un grupo y otro que defiende sólo al otro, no resulta que todos quedan salvaguardados; por lo contrario: surgen peligros para los derechos de todos. Para que un derecho quede indemne, es necesario que lo respeten todos; para que sea violado, basta que lo viole uno. Para que yo viva es necesario que todos respeten mi vida; para que yo la pierda, basta que uno solo me acuchille. Así de sencilla es la verdad.
De ahí resulta que el relativismo frente a los derechos humanos involucra una grave amenaza para todos. Por eso, los que dicen defender los derechos humanos tienen que hacerlo en favor de todos los hombres o mejor será que reconozcan que su conducta o es necia o es hipócrita, contraria a los derechos humanos. No es defender los derechos humanos el defenderlos sólo cuando son atacados los de unos, pero no los de otro.
El discriminar es desconocer la igualdad esencial de los hombres, cualesquiera sean sus diferencias en aspectos secundarios. Es guiarse por prejuicios y no por juicios. Es abrir brecha para que se cuelen las dictaduras. Es desconocer realmente los derechos humanos.
Es el absurdo que expresaba Orwell cuando, en el epígrafe de su novela «La rebelión en Ta granja», escribió: «Todos los hombres son iguales; pero algunos son más iguales que otros».