LA BELLEZA, LA VIDA Y ALGUNOS ENEMIGOS DEL HOMBRE

He llegado a una edad en que me parece cada vez más sabio y sobre todo conveniente, preocuparme mucho de la otra vida, esa que está unida a la presente con la vieja, rechinante e inevitable bisagra de la muerte.

Como es lógico y natural, tal preocupación despierta a veces en mí una curiosidad casi morbosa, insana, acerca de lo que el más allá nos ofrecerá. Algunos indicios existen; pero la verdad es que, a la larga, uno suele concluir con una mayor confusión en su limitado cerebro. Hay nomás una niebla que nos lleva más a sospechas, a incertidumbre que a certeza. Allí atrás hay algo real y sólido, pero, por el momento, queda fuera del alcance de nuestros ojos.

Y conste que puedo hablar de certeza: no sé exactamente cómo es aquello, pero estoy seguro de que está allí. Inclusive tengo alguna confianza en que llegaré a esa meta, confianza que se ha tornado más sólida desde que dejé de pedir a Dios que trate con justicia a mis enemigos -«con la vara que midas, o con la que quieras que se mida, a los otros, serás medido»- sino que me declaro sometido a su misericordia: es bueno tomar este camino ante quien es generoso y, por definición, «rico en misericordia». Lo que, desde luego, no me ha impedido caer en un gran peligro o tentación, contra los cuales advertía claramente Karl Rahner», la temeraria confianza en la misericordia de Dios.

Pero dejemos de lado lo anterior que sirve sólo para demostrar hasta qué nebulosidades puede llevarme mi preocupación: nada menos que hasta el borde la temible Teología.

A fin y al cabo, lo que pretendo es simplemente transmitir a mis tolerantes lectores, un viejo recuerdo, ahora despertado por la increíble brutalidad de los hombres. Se trata de una lectura que me dejó sorprendido por su novedoso contenido, pero cuyo origen escapa de mi memoria. Pues se decía que era aprobable, por lo menos no era absurdo, que en la próxima vida, en el Cielo prometido a quienes no lo merecemos, entre otras causas que provocarían felicidad eterna, estarían también las buenas y grandes obras de los hombres, sobre todo aquellas en que brillan la Verdad y la Belleza -que es como decir, en que brilla Dios, que es su fuente primera-. En aquellos días, no habrá sólo una exposición de lo malo que han hecho los hombres. El juicio final mostrará el pecado, pero también la virtud; allí advertiremos tinieblas, pero también luces extraordinarias porque la obra del Señor no es mala sino buena y bella. Al lado de lo que nos alejó de Dios, estará lo que nos acercó a El Nuestro espíritu es lo que esta palabra significa por su raíz milenaria: un soplo; agreguemos que un soplo de Dios. Y ese soplo ha producido obras que corresponden a lo que es la fuente original, a la Verdad, el Bien y la Belleza originales. Porque lo verdaderamente original no es el pecado sino lo que había antes, que era precisamente lo contrario del pecado.

Consultados algunos sabios teólogos acerca de estas suposiciones, me dijeron que aquel paraíso olía mucho a una mera mutación del mundo actual, incluyendo todas las limitaciones que la materia presente supone. Sería el mundo actual, pero no como es, sino como lo soñamos. Dicen los otros, que la suposición de que las grandes obras de los genios humanos se vayan a conservar, nada tienen de absurdo pues, al fin y al cabo, el hombre resucitado no será sólo alma sino también cuerpo o, mejor, cuerpo y alma integrados en una unidad superior. Pensemos en que una obra de Dios -el hombre- es autor de nuevas obras: en el fondo, es uno el autor de todo.

Nadie dirá que los grandes frutos del ingenio humano no merezcan respeto y admiración. No hay por qué suponer que la muerte terminará destruyendo las sinfonías de Beethoven, las esculturas de Miguel Ángel o haciendo olvidar las páginas de Shakespeare o de Santa Teresa. Por lo contrario, lo probable, es que, liberados de nuestras cargas y limitaciones actuales, tengamos mayor comprensión para admirar a nuestros hermanos y apreciar lo bueno que hicieron en todos los órdenes.

Vuelvo a aquello de «nadie dirá» porque, por lo que se ve, hay quienes lo dicen. Y ahí está el ejemplo de aquellos nuevos bárbaros que han colocado bombas destructoras en un Museo de Florencia, destruyendo obras que eran legítimo orgullo de la especie humana. Allí están quienes han destrozado pinturas y esculturas, que han tirado abajo pedazos de edificios históricos.

Hay quienes afirman que los culpables son vengadores alquilados por la mafia siciliana, que pretende frenar la activa y cada vez más eficaz defensa social que intentan los italianos y que ha costado la vida de muchos jueces, policías, fiscales. Todo puede esperarse de quienes son criminales: hasta que sus tendencias abarquen inclusive el terreno del arte. Si no se detienen en destruir la vida humana, menos se destruirán ante las obras del hombre. También en este campo, se trata de delitos abominables, de lesa cultura y lesa humanidad.

No faltan otros que sostienen que ahora estamos ante la resurrección de las bandas terroristas que hace tiempo dejaron una estela sangrienta de su paso en varias naciones europeas. Es posible que así sea, sobre todo si recordamos a qué extremos de barbarie se llegó en el afán de sembrar el miedo en la sociedad. Si se hacía volar tranquilamente a un hombre por medio de la dinamita, no hay por qué maravillarse de que se haga volar una estatua o un cuadro o un friso. Nunca han faltado quienes pretenden conquistar la felicidad del hombre por medio de la destrucción del hombre o de civilizarlo mostrando que es capaz de los peores actos de barbarie.

Hay que creer inclusive lo increíble. Por ejemplo, que alguien sea enemigo del arte o de la ciencia. Que hay quienes se sienten felices porque cortan al hombre las alas que le llevarían a alcanzar sublimes alturas.

Los que cometieron el crimen van a provocar consecuencias aún peo-res, como será la imitación de tales actos hasta convertirlos en una pandemia. Puede venir un mal que se expanda por encima de las fronteras nacionales. Ni siquiera puede descartarse que aparezcan algunas asociaciones dispuestas a defender estos crímenes calificándolos como medios aptos para lograr la justicia, el progreso y hasta la paz entre los hombres. ¿O no conocemos grupos que disculpan todo lo peor que, en el campo del delito, se perpetra en este mundo?

Estamos llegando a un nuevo colmo. Hay otro ya que está alcanzando con la patológica alegría unos cuadros: el de matar o mutilar salvajemente a personas, en lo posible inocentes. A veces, como hace tres días en Florencia, se destruyen intencionalmente obras artísticas; si para hacerlo tienen que volar al cielo niños, mujeres, ancianos inocentes, no importa. Hasta es mejor porque así se aterroriza mejor.

Ni hablemos de los terroristas de otros climas, también especialistas en el asesinato de niños, mujeres y ancianos: tienen abundada de defensores que agarran por los cabellos cualquier argumento, por salvaje y desalmado que sea para justificar al delincuente. Inclusive el destructor es considerado un mártir, alguien digno de aplauso e imitación. Ni para qué hablar de otros actos, como los secuestros, que ponen en vilo a pobres familias o a colectividades enteras, pero cuyos autores no tienen que ser tocados por la policía. La víctima del recuerdo es llorada por la familia. Los secuestradores son alabados por entidades de todo género.

Una sociedad y un mundo locos y puestos al revés. Una sociedad que facilita y alaba el mal. Que quiere destruir hasta esos chispazos de Cielo que se filtran hasta nuestros ojos. Un mundo loco que se empeña en alejarnos de cualquier adelanto de la felicidad futura.

Por Huáscar Cajías K.

Fundador de PRESENCIA y catedrático universitario, es Presidente de la Corte Nacional Electoral.

Comment
Name
Email