EL ANTIIMPERIALISMO PROIMPERIALISTA
La contraposición entre el imperialismo y el antiimperialismo -dice el autor de esta nota- sólo desaparecerá en el feliz, pero poco probable día, en que se esfumen estas formas de predominio. Mientras tanto y en estos lados, muchas posiciones antiimperialistas resultan favoreciendo, por paradoja, al imperialismo.
Por Huáscar Cajías K.
Fundador de PRESENCIA y catedrático universitario. Actualmente es Presidente de la Corte Nacional Electoral.
Podemos partir de algunos puntos, en los cuales todos estamos de acuerdo acerca del imperialismo.
Ante todo, que éste existe, aunque, a veces, con buenos disfraces. Es preferible no forjarse ilusiones al respecto, a menos que queramos arriesgarnos a tener plácidos sueños, pero para despertarnos un día con un gran garrote que nos muele el cráneo y siembra chichones por todas partes.
También es cierto que el imperialismo no es cuestión moderna ni sólo la última etapa del capitalismo. La historia más vieja nos habla de qué sucedió cuando un pueblo fue más poderoso que su vecino y lo pudo vencer y dominar. Somos tan partidarios de las calamidades, que esa historia nos muestra como principales héroes a los grandes conquistadores y asaltantes de bienes ajenos.
Y no vayamos muy lejos. Creo que, como yo, no habrán faltado quienes tuvieran un momento de reflexión al saber que los chipayas echan la culpa al imperialismo aimara por haberlos alejado de las costas de los lagos donde tenían su principal alimento: el pescado.
Ni para qué hablar de los vice o subimperialismos que frecuentemente son peores que sus hermanos mayores: más voraces, más traicioneros y más explotadores.
Que las naciones sometidas, de una u otra forma – porque, para los dominadores, en la variedad está el gusto- busquen liberarse de la sujeción o, por lo menos, de tornarla más ligera, es lógico y natural: todo el que no se beneficia con el imperialismo tiene que ser antiimperialista, una contraposición que sólo desaparecerá en el feliz, pero poco probable día, en que se esfumen estas formas de predominio.
De ahí el esfuerzo imperialista de unas cuantas naciones y el afán antiimperialista de las más. Amenazas van y amenazas vienen y no faltan riñas, cuyo perdedor generalmente se puede prever aunque no siempre sea fácil adivinar cuántos dientes le costará la inútil tentativa.
Claro que la historia prueba, de vez en cuando, que surge algún Davidcito que rompe la cabeza de Goliat y cambia las posiciones de los pueblos. No es raro que el humilde David se convierta en un nuevo y engreído Goliat, discípulo avanzado del gigante anterior.
Hay que luchar contra el imperialismo; el gran problema por resolver es cómo, a fin de que el tiro no nos salga por la culata.
Pues ocurren cosas sumamente raras y hasta contradictorias en estas nuestras pretensiones de fortalecernos al mismo tiempo que debilitamos al adversario. Como se dice usualmente, fallan la estrategia, la táctica y la logística de nuestra guerra. No alcanzamos nuestro objetivo que debe ser, si no la desaparición del imperialismo, por lo menos la posibilidad de que seamos menos dependientes de él, menos vulnerables. Digamos, algo así como lo son varios países pequeños de este mundo, como Dinamarca, Suecia, Noruega, Suiza, Austria, etc., etc.
Los que toman el papel de generalísimos en nuestro combate suelen demostrar una radical incapacidad para cumplir sus funciones salvadoras. Hablan, discursean y actúan y ya los vemos cubiertos con los laureles de la derrota, más sumisos y dependientes que nunca. A eso nos conducen los mariscales que, para fortalecernos, ordenan huelgas para que no se trabaje en el campo ni en las fábricas, para que no se produzca energía, para que se interrumpan los medios de comunicación. Cualquiera sabe que lo mejor que estas medidas antiimperialistas tienen es que casi nunca se cumplen del todo; de otro modo, llegaríamos a que el imperialismo nos maneje con el dedo meñique. Gracias a Dios, las palabras resultan viento que se disuelve en el viento, cuando se promete ir hasta las últimas consecuencias y caiga quien caiga.
Pensemos en que mil estudios demuestran que la columna vertebral de una nación, la principal razón de su fuerza, es la educación. Quizá sea por eso que los dirigentes de los maestros rurales -como especialidad- suspenden continuamente las clases: ocio divino para ciertos maestros, amargura para los alumnos pobres y sus hijos. El único objetivo que los maestros alcanzan, como es obvio, es dar crédito y orgullo a la educación fiscal (?). Por lo demás, crecen la ignorancia, la pobreza y la dependencia como fruto de esta pedagogía de la liberación edificada no sobre piedra, pero sí a pedradas cultas.
Dados estos medios de lucha y sus consecuencias conocidas, creo que es verdad lo que por ahí se dice: que los grandes imperialistas son los grandes alentadores de este tipo de antiimperialismo. No seamos tan ingenuos como para creer que el imperialismo tiene miedo de estas tácticas: le gustan, le satisfacen y aplaudirá los gritos amenazantes y las piedras voladoras de este antiimperialismo de corto alcance.
El imperialismo les está cordialmente agradecido.