LOS QUE MATAN Y LOS QUE MUEREN

Todos los hombres -creo que absolutamente todos- somos seres de muy pocas ideas, alrededor de las cuales volvemos siempre y de las que nunca nos podemos desprender. Las que suelen cambiar son las apariencias que esas pocas ideas asumen según circunstancias variables y según las necesidades de adaptación a la realidad del momento; cambian las vestimentas según la moda, pero el cuerpo es siempre el mismo, quizá simplemente más envejecido hoy que ayer. Es frecuente que se diga lo mismo y sólo se altere el modo de expresarlo.

En suma, que nuestro limitado cráneo no puede permitir el vuelo de muchas ideas, ni que se reproduzcan en abundancia. Lo que engaña es que, a veces, unas ideas se cansan, dejan de mostrarse a la luz y se recluyen en algún rinconcito para descansar y casi desaparecer. Pero por allí suena una campana de alarma, surge un hecho doloroso y la idea vuelve a despertar, abre sus alas y emprende el vuelo. No es una nueva mariposa; es la anterior que quizá asumió la vestimenta de una reciente metamorfosis.

Como a todos, eso me sucede ahora cuando hechos y personas que parecían olvidados, tornan a manifestarse porque ha surgido un estímulo revivificante. La idea central es ésta: Frecuentemente incurrimos en el error de creer que, en este mundo, ganan la batalla los que matan y la pierden los que mueren. La apariencia nos suele enceguecer con su luz hasta engañarnos; pero luego la mera historia, la modesta realidad, nos muestra cuál es la verdad.

Corre por ahí una historia de hombres famosos, de sangrientas batallas, de desplazamiento de fronteras, de violentos enfrentamientos entre ideologías y sus seguidores. Eso parece ser lo fundamental, lo mejor de la historia humana, pero no es así; como no es lo mejor ni lo más digno de perdurar el escándalo mayor de cada día, aunque sea lo más rimbombante en la noticia corriente, que el hecho profundo, sólido y que implica un avance para la humanidad y que pasa poco menos que inadvertido.

Sucede que tenemos de la historia un criterio exclusivamente militar o político; que nos atrae lo aparatoso y nos admira el hombre que llega a la cima, aunque el pedestal esté forma-do por un montón de cadáveres o una aglomeración de esclavos. Ese es un materialismo infantil, absurdo; es un triunfalismo de oropel. Pero usual.

Lo descubrimos apenas sacamos algunas enseñanzas y analizamos algunos resultados. Así, resultaría que, para pasar bien admirado a la historia, hasta ser un vencedor aun-que se haya empleado cualquier medio, por desvergonzado que sea, pues éste quedaría oscurecido por el brillo de la gloria que se había conquistado. Al fin y al cabo, nunca faltará algún admirador interesado que alabe al «héroe del siglo».

Eso ocurre: por ejemplo, el éxito material torna atractivos a los dictadores, alabados por sus secuaces y sirvientes. Pero también ocurre que el tal éxito dé frutos amargos como se advierte cuando el dictador, todavía en el poder declinante o ya echado del mismo, se queja plañideramente de las deslealtades de que sufre cuando ya no se tiene dinero o poder para pagar al contado. Es que la lealtad verdadera, la de los amigos de siempre, la de los mártires, no puede obtenerse el pago de la lealtad con billetes de alto poder adquisitivo Internacional. El que recibe esos pagos es natural que sea sospechoso de tener tendencias naturales características de un célebre personaje llamado Judas.

Hay que repetirlo: entre los peores errores está el de admitir como verdadero que gana el que mata y no el que muere; el que tiene la administración de la tortura y no el pobre torturado; el delincuente y no su víctima; el que asalta el poder y desde el poder y no el asaltado; el perseguidor y no el perseguido; el juez que impone una sentencia injusta y no su víctima.

Error grande, del que frecuentemente los primeros en darse cuenta son los aparentemente favorecidos por él.

Estos días, se me ocurre pensar en los homenajes rendidos al P. Espinal, torturado y cruelmente asesinado. Al frente, se hallan los asesinos, sus inspiradores y encubridores. ¿No es curioso que ninguno de ellos quiera asomar el rostro, sentirse públicamente orgulloso de lo que hizo, mostrarse satisfecho por las órdenes que dio? Todos se esconden, todos tratan de lavarse las manos, pero la mancha de la sangre persiste. Cuando los hechos se aclaren -nada permanece oculto para siempre bajo el sol- todos echarán la culpa a otros. Vergüenza para los que mataron; el que sobrevive es la víctima.

Y eso no es de ahora. No suele haber muchas dudas cuando se trata de escoger entre Caín y Abel. Poncio Pilatos tuvo pocos minutos sus manos más limpias que las del hijo del carpintero, que edificó la redención no sobre un pedestal de mármol sino sobre una cruz, sufriendo un tipo de muerte que estaba prohibido usar contra los dignos ciudadanos romanos.

Y para hablar de héroes modernos, no nos olvidemos de Raskolnikov cuando razonaba sobre lo injusta que es la humanidad; que enviaría a Sibería o al patíbulo al asesino de una anciana usurera -el propio Raskolnikov- mientras elevaba monumentos a Napoleón que había enviado a la muerte a cuatro millones de personas. Conclusión terrible: Para ser héroe y pasar admirado a la historia hay que matar a muchos, hay que ser mayorista.

¿No es absurdo que esto suceda, sin embargo, y pese a todo?

Probablemente, el error seguirá, pero cada vez menos numeroso. Pese a retrocesos parciales y momentáneos, la tierra será siempre más de los pacíficos; siempre menos de los verdugos.

Lo busca no sólo el cristianismo; no sólo el hombre religioso sino todo hombre de buena voluntad. Todos estamos de acuerdo con el sermón de la montaña, aunque demos versiones diversas.

Cuentan que Sidharta Gautama -Buda, para muchos- examinaba a sus apóstoles antes de que fueran a predicar por tierras de oriente.

Entre maestro y discípulo hubo este diálogo:

–          Vas a tierras extrañas donde no sabes qué ha de ocurrirte y donde ya no tendrás la orientación de mi palabra.

–          Señor, siempre me servirá el recuerdo de tu mensaje de amor y de paz.

–          ¿Y qué harás si no quieren ni oírte?

–          Diré que son buenos porque no me insultan

–          ¿Y qué harás si te insultan?

–          Diré que son buenos porque no me golpean.

–          ¿Y qué dirás si te golpean?

–          Diré que son buenos porque no me matan.

–          ¿Y qué dirás si te matan?

–          Diré que son buenos porque me envían junto a ti a gozar del Nirvana eterno.

–          Anda a predicar hermano: estás preparado para ser mensajero de amor y de paz.

Es que tendremos que aceptar nomás la gran verdad: Ganan más los que mueren que los que matan; más las víctimas que los verdugos.

Por Huáscar Cajías K. 

Fundador de PRESENCIA y catedrático universitario.                                                                          Es actualmente Presidente de la Corte Nacional Electoral.

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