Por Huáscar Cajías K.
Director fundador de PRESENCIA, abogado y catedrático universitario. Fue Embajador de nuestro país ante la Santa Sede.
Durante su reciente visita a México, el Papa Juan Pablo II ha insistido, una vez más, en la urgente necesidad de encarar y resolver el problema de la actual injusta distribución de la riqueza en América Latina. No se trata sólo de aumentar la producción y los bienes totales de cada comunidad sino de que éstos sirvan para remediar la pobreza en que vive la mayoría de la población de los países sub- desarrollados.
Al mismo tiempo, repitió que es intolerable la situación actual que muestra una creciente distancia entre los sectores ricos y los sectores pobres de nuestras naciones.
El Papa alaba el que se tomen medidas para aumentar la producción, la riqueza total, mediante el uso racional de los recursos humanos y de las materias que brinda la naturaleza. No se puede admitir un sistema que esterilice los esfuerzos que una comunidad hace para mejorar sus condiciones de vida. Serán sobre todo la organización política y economía Tas que tengan a su cargo resolver los problemas que se presenten en este campo de la producción.
Pero no es sólo cuestión de aumentar los bienes sino de distribuirlos de acuerdo a criterios que no pueden resultar de la simple aplicación de fríos principios eco-nómicos, sino que deben tomar en cuenta aspectos morales y religiosos ineludibles. De por medio se hallan fines morales tan caros a la humanidad como la justicia y la paz.
Creemos hallarnos en la verdad si, tomando en cuenta promedios generales, afirmamos que en América Latina el 80% del producto bruto interno se cae en manos, es decir, beneficia, al 20% de la población. Por tanto, el 20% restante de los bienes se reparte en el 80% de Ja población menos favorecida. Creemos que, si fallamos en algo, es en atribuir a los pobres una participación mayor a la que en realidad les corresponde.
Esta situación no sólo es injusta, sino que es sumamente peligrosa para la paz social y explica, en buena parte, porqué subsisten entre nosotros ideologías que, en otras zonas, se han tornado rápidamente anticuadas y por qué hay tanta tendencia a la violencia como medio para resolver cuestiones sociales y políticas.
Es un hecho, muchas veces comprobado por la historia, que es muy difícil que haya revoluciones graves en las comunidades en que la pobreza es general. Lo que suele presentarse entonces es una serie de motines, de asaltos o destrucciones, pero no una revolución. En cambio, ésta es consecuencia frecuente allí donde hay injusticias notorias o gran distancia económica entre clases sociales o privilegios inadmisibles.
No se diga que la desproporción, en la distribución de riquezas, es aproximadamente igual a la latinoamericana en las naciones ricas de occidente. Esa afirmación se acerca a la verdad; pero con una diferencia: en las naciones ricas el total de bienes es tan grande que inclusive si a un sector le cae una porción proporcionalmente pequeña, ella es suficiente para garantizar a la mayoría un decente y hasta un buen nivel de vida. Es verdad que también es esas sociedades hay pobres, pero son una minoría -dolorosa y digna de mejor trato, pero minoría.
En cambio, entre nosotros, la pobreza alcanza a la mayoría y allí está la prueba de que algo esencial marcha mal y de que es urgente encontrar remedios si se desea evitar daños mayores.
Hay que insistir en un aspecto: el de quiénes llaman la atención sobre la necesidad de cambiar las condiciones actuales. No son los extremistas de izquierda, exclusivamente, sino personas de todos los sectores sociales, incluyendo los propios de los empresarios. Que entre éstos hay algunos -y ciertamente no los menos poderosos- que siguen con la mentalidad social propia del liberalismo primitivo, es evidente; pero también lo es que hay muchos, probablemente una mayoría, que advierten los riesgos existentes y que se hallan dentro de los que buscan un cambio para mejorar la situación de las mayorías. Los pedidos de que se proceda con seriedad y rapidez no vienen de Moscú o de Pekín sino de Roma y también de Washington, Londres, París o Bonn. En todas partes, se sabe que el perfeccionamiento de la vida democrática, de los derechos humanos, de la tranquilidad pública, pasan a través de profundas reformas sociales que lleven a una mejor distribución de las riquezas.
Lo cual viene a ser una confirmación del lema -de viejo origen bíblico- que eligió Pío «XII Opus justitiae pax. o sea, la paz es obra de la justicia. Lo que puede decirse de otra manera quizás más impresionante: si no hay justicia, no habrá paz.
Y hay que hablar de justicia y no de represión. No han faltado sectores minúsculos, pero poderosos, que han creído que para acallar pedidos -por justos que fueran- bastaba alentar la represión violenta, a cargo de gobiernos generalmente inconstitucionales. En buena parte, ha sido por bondad de Dios que se haya tornado a la democracia sin pasar por intermedios de explosiones populares destructoras.
No hay que seguir caminos erróneos. Hay que buscar el bien, la justicia y la paz. Son objetivos de todo ser racional; sobre todo tienen que serlo en un continente que se proclama cristiano y al que ha llamado la atención personalmente el jefe del catolicismo.