VACÍOS Y RELLENOS EN EL PREMIO NOBEL DE LITERATURA

Sobre gustos nada hay escrito

Si a veces el Premio Nobel de Literatura no consagra famas merecidas, por lo menos sirve para aumentar la circulación de libros que, de otro modo, quedarían desconocidos.  

Por Huáscar Cajías K.

Fundador de PRESENCIA y catedrático universitario.                                                                                  Es actualmente Presidente de la Corte Nacional Electoral.

Apenas conocido el reciente agraciado con el Premio Nobel de Literatura, comenzaron los comentarios de los disconformes con el elegido, al que a veces se atacaba con un encono digno de un viejo enemigo familiar o político.

Por lo demás, aunque lo desconozcamos, lo más probable es que lo mismo ocurra con los premios otorgados en otras especialidades.

Lo que suele decirse es que el tal premio deja un vacío o equivale a un vacío porque el beneficiario no vale nada. O se supone que se acudió a un nombre como a un mero relleno, al no vislumbrarse quienes tuvieran reales merecimientos.

Las censuras suelen basarse en los más variados motivos en el amor que se siente por la patria, cuyos representantes supuestamente han sido menospreciados; a que el premiado pertenece a tal o cual escuela con la cual el crítico está en desacuerdo; ni faltan los casos en que la hiel brota a borbotones porque se prefirió a otro, cuando el candidato mejor sería precisamente el que critica -algo que sucedió, por ejemplo, hace pocos años, con las expresiones de un anciano poeta español cuando el premio Cervantes se otorgó a un escritor latino americano-.

Más de una vez, las discrepancias obedecerán a cuestiones de gusto y se ha dicho que sobre gustos nada hay escrito o que mejor es no discutir acerca de gustos: de gustibus non est disputandum.

Ocurre que los escritores y los críticos literarios son los menos inclinados a respetar este principio. Quizá lo acepten en teoría, como muestra de tolerancia y amplitud de espíritu; pero reservándose el derecho de aplicar, en la práctica, principios intolerables opuestos. Por eso, con el Premio Nobel, como con otros, ocurren las discrepancias que conocemos. Al fin y al cabo, críticos famosos ha habido que, en su tiempo, desconocieron los méritos de Shakespeare y de Cervantes.

Las contradictorias tomas de posición se han dado inclusive entre nosotros, como sucedió con ¡un crítico nacional bastante eficiente y hasta catedrático, que no veía ningún mérito en Kafka, razón por la cual algunos alumnos le preguntaron:

–          Pero, profesor, ¿por qué no le gusta Kafka?

Obtuvieron la siguiente clara e irrefutable respuesta:

–          Porque tiene un estilo demasiado kafkiano. Pero lo peor viene con las suposiciones que derivan pues, si el premio fue dado a quien no lo merecía, tendremos que indagar por qué se lo por su idoneidad, es muy difícil que se hayan equivocado: lo que pasa es que toman en cuenta razones muy ajenas a los merecimientos literarios.

Por ejemplo, las tendencias políticas. Tiempos hubo en que si se daba el Premio Nobel a un soviético era porque así se podía molestar de algún modo al gobierno comunista; tal argumento llevó hoy cualquiera lo reconoce a que se premiara a autores secundarios y los mejores resultaran invisibles a los ojos de la academia sueca. O porque era demasiado derechista; o tenía costumbres censurables o que se sospechaba que eran tales. Para no olvidar lo que Miguel de Unamuno -alguien que, junto con Antonio Machado, fue uno de los injustamente olvidados- decía en relación con el «pedestal». Pues ocurre, decía don Miguel, que una estatua de tamaño normal no siempre está a la altura del hombre original; esa estatua tiene un pedestal, que es el país del que uno forma parte. Frecuentemente, la estatua está muy elevada sólo porque el pedestal es muy alto; otra estatua llega sólo a los dos metros porque el pedestal es enano, materialmente hablando. Por eso, pueden darse y se dan casos como el de Rubén Darío: gran poeta, patria pequeña y pobre. Y no olvidemos el innumerable ejército de los dejados de lado. Marcel Proust y James Joyce, auténticos titanes de la literatura de este siglo; Franz Kafka, gigante sin premio, preterido ante rivales petizos; Bertold Brecht, demasiado izquierdoso; Graham Greene, quizá demasiado pecaminoso; para no hablar de Jorge Luis Borges; o un Chesterton, probablemente demasiado inteligente para ser atendido por el jurado. Y así sucesivamente.

Claro que hay que reconocer que no por eso el Premio Nobel ha perdido prestigio y sea menos deseable. Si a veces no consagra famas merecidas, por lo menos sirve para aumentar la circulación de libros que, de otro modo, quedarían desconocidos. En cuanto a los autores más dudosos, siempre les quedará el consuelo de poder decir a sus censores lo que a los suyos decía Moratín hace dos siglos:

Tu crítica majadera de los dramas que escribí, Pedancio, poco me altera: más pesadumbre tuviera si te gustaran a ti.

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