Por Huáscar Cajías K.
En estos días, resulta muy difícil resistir a la tentación de opinar algo acerca de los sucesos, al parecer sumamente extraños, que han ocurrido en la Unión Soviética -mejor designada con el antiguo nombre de Rusia-, Es verdad lo que muchos han dicho: durante decenas de horas, Moscú asumió la apariencia de una capital latinoamericana, en la que algunos jefes militares se hubieran despertado de mal humor. Porque lo que más se mostraba era lo que hacía pensar en un golpe militar clásico subordinadamente acompañado por algunos civiles descontentos.
Todos sabemos que allí hay algo mucho más importante que estuvo en juego y casi todos estamos a favor de la salida a que la aventura llegó. Fueron pocos los que creyeron que triunfaría el ansia de retornar al pasado y aún menos los que deseaban que eso ocurriera.
Pero donde las discrepancias asoman sus múltiples cabezas es en las tentativas de explicar qué había en el fondo de la rebelión ya que los simples motines no suelen ser características de naciones desarrolladas y en las que hay antigua tradición de que la fuerza militar se somete a los gobiernos civiles.
Desde luego, no hay suceso histórico -ni personal- que pueda explicarse por un factor único. La vida social no consiente simplificaciones ni reduccionismos forzados. Es seguro que ha habido numerosas influencias que deben ser tomadas en cuenta para comprender lo ocurrido.
Entre las causas o factores, me parece que hay una que ha sido injustamente dejada en secundario lugar, aunque ciertamente no han faltado quienes la mencionaran y hasta agregaran algún comentario aclaratorio: se trata de que, al impulso del nacionalismo y del patriotismo rusos, reventó una clara tendencia imperial representada ya por los zares y que nunca fue dejada de lado por el régimen comunista. El imperio fue construido por la vieja realeza y ampliado y consolidado -aunque parece que en esto mayores eran las apariencias que las realidades- por el régimen comunista, con la ayuda de una doctrina que alcanzó a expandirse y tonarse atractiva en todo el mundo.
Basta comparar lo que era la pequeña Rusia de hace cuatro siglos con la enorme actual -es el país más extenso de la Tierra- para darnos cuenta de lo ocurrido.
Asediada por tártaros, polacos, turcos, germanos, suecos, etc., la Rusia de entonces se defendía y hasta devolvía golpe por golpe, con el impulso vital que le venía desde Moscú, ese centro vital inigualable. Hubo una cuádruple dirección expansiva: 1) Hacia el Mar Báltico, que ha concluido con el rechazo a los suecos, la ocupación de los tres países bálticos y de Finlandia -por un tiempo; 2) hacia el norte, pronto se llegó al Mar Blanco, que tiene el defecto de estar congelado gran parte del año; 3) hacia oriente, traspasando los Montes Urales, ocupando Siberia, conquistando numerosos pueblos, hasta llegar al Océano Pacífico, frente a Japón, y ocupar Alaska, ya en el Continente Americano; 4) por el sur, el movimiento tendía a llegar a un océano «caliente» -lo que fue frenado sobre todo por Inglaterra, cuyo imperio impidió a Rusia llegar al Océano Indico- y al Mediterráneo; no se llegó a tanto, pero sí a destruir el predominio turco y tártaro, para ocupar ampliamente las orillas del Mar Negro. Todavía viven muchos de los que se enteraron, vía radio o televisión, que Rusia -perdón: la Unión Soviética- sin tener el pretexto de haber sido agredida, pretendía reocupar Finlandia (sólo obtuvo el istmo de Carelia), invadió los tres países bálticos, ocupó definitivamente parte de lo que era Polonia, desmembró a Rumania quitándole la Besarabia, y así sucesivamente.
Pues bien: la Rusia eterna, la Santa Rusia no tiene el menor deseo de renunciar a este imperio. Ni el entonces estrecho amigo Mao pudo convencer a Rusia para que le devolviera los territorios que habían sido chinos, pero luego ocupados por el imperialismo zarista. Moscú era antiimperialista, pero no hasta ese extremo ni menos en perjuicio propio. Como que allí estuvo uno de los orígenes de la ruptura chino-rusa y de las grandes batallas que se libra-ron en varios puntos de la frontera entre los dos países.
Vienen Gorbachov, la perestroika, la glasnost, la libertad … y se desata la amenaza de que el imperio se desintegre o siquiera sufra desmembraciones, Lo peor es que casi cuatro generaciones de socialismos no han convencido a los pueblos conquistados u ocupados, de que deben seguir sumisos: una vez más, se demuestra que las prédicas de libertad suelen traer muchas consecuencias peligrosas. Ahora ya no sirve la antigua frase de que el gran beneficiario de la crisis rusa será el capitalismo occidental especialmente en la rama llamada imperialismo norteamericano. Ahora el peligro está dentro.
En comprensible, aunque poco justificable, que el centralismo ruso -apenas simulado bajo apariencias de federalismo- no quiera admitir esta posibilidad. Hay que salvar a la Santa y Gran Rusia. Entonces no caben sino dos caminos: o conceder autonomías, a veces muy amplias, o tornar a la unificación a través de la represión violenta. Ante las exigencias de independencia, Gorbachov prefiere las autonomías, pero dentro de la unidad y prepara su ley o convenio sobre la Unión; pero dos días antes de que este asunto sea considerado y aprobado por el Soviet Supremo -no se sabe por qué no se ha insistido lo suficiente en la coincidencia- estalla el golpe de los ahora llamados conservadores: el plan Gorbachov crea enormes riesgos y es mejor volver a la imposición (como sucedió con Checoslovaquia y Hungría).
Esta conexión de base imperial tiene todos los aspectos de ser innegable.
Lo que nos lleva a una conclusión y a unas preguntas (seleccionadas entre mil otras).
Por un lado, es obvio que el socialismo o comunismo constituyó una auténtica revolución, como siempre, con aspectos positivos y negativos que cada uno relevará según sus simpatías más que como consecuencia de frío análisis. Pero cuando se apoyaba a esa revolución se apoyaba también al imperio ruso: eso es indudable. No creo que haya habido ningún gobernante ruso que haya perdido de vista este aspecto nacional, aunque también haya considerado el ideológico. Que le vaya bien al socialismo, aunque sin perjudicar a Rusia. Y eso es natural, aunque muchas veces no haya sido comprendido por quienes, por ejemplo, no querían ver la realidad pese a lo que sucedió -acabamos de recordarlo- con Checoslovaquia, Hungría, los tártaros, los lituanos, etc.- Por lo demás, no hay diferencias esenciales sino de signo con lo sucedido en el otro lado, en el mundo occidental.
En cuanto a las preguntas: después de esta crisis, ¿qué es lo que nos reserva el futuro más o menos inmediato? ¿Se disolverá, aunque sea en parte la continuamente acrecentada Unión Soviética o Rusia eterna y Santa o se salvará la unidad, pese a que, como los rusos, los otros pueblos de la URSS nunca olvidaron su tradicional patriotismo nacional? ¿Quién querrá asumir la responsabilidad por la liquidación del imperio?