POR NUESTRO QUERIDO AMBIENTE

En aquellos días, que hoy parecen tan lejanos, en que, al revés de lo que ahora ocurre, sólo se veían los aspectos negativos de la propiedad privada, se citaba como ejemplo de absurdo el que ese derecho supusiera, en Roma, madre de la jurisprudencia, las facultades de usar, usufructuar y abusar. Imaginemos: nada menos que la facultad inclusive de destruir una cosa porque al propietario se le daba la gana de hacerlo y por qué hubo.

Aquellos críticos solían olvidar, más o menos voluntariamente, que esa destrucción era la del pan que el dueño comía o la cesión total de un derecho a otro. Porque si un ciudadano romano hubiera puesto fuego a su casa por el gusto de verla reducida a cenizas, ninguno de sus compatriotas iba a decir que se respetara el ejercicio del derecho de propiedad, sino que habría pedido que se declarara la incapacidad del autor por causa de estupidez o demencia. Porque el derecho y su aplicación legítima eran y son, ante todo, algo racional y no un monumento a la tontera humana.

Y lo mismo puede decirse del mandato bíblico según el cual el hombre debe dominar -ser dueño- y gozar de las demás cosas de este mundo, que habían sido creadas por Dios. Podemos apropiarnos y gozar de las cosas, pero conforme a lo que somos o debemos ser según la propia voluntad divina: seres racionales. Nunca se dijo que por gusto, negligencia o malévola intención destrozáramos, destruyéramos, aniquiláramos. esterilizáramos, etc., la naturaleza que Dios nos había dado pues, de haber sido tal la Intención, esa naturaleza habría concluido no como fuente de bien sino como ocasión para que manifestáramos nuestra maldad y estupidez.

Sucede, sin embargo, lo contrario de lo que manda la razón. Ya no queremos ser reyes de la creación sino tiranos destructores. Parece que buscáramos que, de una vez para siempre, se perdieran en la lejanía las voces que, desde Asís, hablaban de hermana agua, hermana flor, hermana ceniza y hasta hermano lobo. Nada de fraternidad. En cualquier caso, si la naturaleza es nuestra hermana, la tratamos como si fuéramos nuevos Caínes. Y generalmente no como a hermana, sino como a una madrastra, como aquella del cuento de Blanca Nieves y los siete petizos: hay que combatirla, vencerla y destrozarla.

Así estamos procediendo con la madre natura. No sólo como malvados sino como imbéciles incapaces de previsión, de advertir que nos estamos preparando un porvenir de suicidas.

Así se ha hecho por las naciones desarrolladas, que comienzan a sentir un tardío arrepentimiento y hasta han emprendido, siquiera en algunos aspectos, el camino de Damasco. Ya no son pocas las que quedan aterrorizadas al advertir las consecuencias de su maldad o inconciencia. Quieren que sus árboles vuelvan a retoñar y que no sean quemados por los tóxicos que las fábricas lanzan al aire. Quieren que los peces vuelvan a teñir de plata los ríos donde ahora reinan los basurales provenientes de la química. No faltan quienes ya se conduelen de la desaparición, siempre más próxima, de las ballenas diezmadas porque su carne y su grasa son altamente industrializables.

Claro que ese arrepentimiento tiene mucho de unilateral, interesado y hasta hipócrita. Por ejemplo, se vierten ardientes y amorosas lágrimas por la disminución constante de los bosques amazónicos -a veces sacrificados porque sus propietarios necesitan la tierra para otros cultivos imprescindibles-; pero, simultáneamente, hay la negativa a disminuir, controlar y, en su caso, eliminar las industrias que producen los venenos para os cuales los árboles amazónicos son remedio. Uno no tiene por qué disminuir la fabricación de venenos; son los otros los que deben aumentar la cantidad de remedios, aunque eso implique que se mueran de hambre.

Y volvemos los ojos a nuestro territorio: ya estamos en el grupo de los envenenados y también, no inocentemente, de envenenadores.

Refirámonos a lo que hacen nuestros amigos desarrollados.

Se ha presentado una petición camaral de informe sobre maniobras que comenzaron hace años para compensarnos si admitimos que las naciones ricas nos puedan enviar, para enterrarlos en nuestra Pachamama, los residuos tóxicos de sus industrias atómicas y químicas, principalmente. A cambio de recibir esos cargamentos -que, según los propietarios primitivos son inocuos y hasta provechosos- nos darán, cada vez, algo así como semestralmente, dos o tres millones de dólares como consuelo compensatorio. Pero hay aspectos ligeramente sospechosos. Por ejemplo, si tan inocuos son, ¿por qué no los entierran en su propio territorio? Si tan dignos son los residuos y los pagos hechos por recibirlos, ¿por qué casi nunca se quiere decir qué gobierno o país nos envía ese regalo? Si tan claros son los beneficios resultantes, ¿por qué hay barcos enteros que, al ser descubiertos en alguna costa americana o africana, pretendiendo arrojar al mar su carga, vuelven al país de origen y, allí, se llega al extremo de que hay puerto tras puerto que no los deja ni siquiera atracar en los muelles?

Misterio muy misterioso y sospechoso.

Pero nosotros mismos no nos quedamos atrás en cuanto a la irresponsabilidad con que tratamos a nuestra propia tierra.

Recordemos casos a los cuales los medios de comunicación social se refieren en sus noticias o comentarios.

Hay minas que echan a perder las aguas de que se sirven las poblaciones. Las partes tóxicas son echadas a los ríos sin parar mientes en las consecuencias.

¿Qué autoridad se preocupa y gane remedio a tal abuso? No sabemos si alguna lo intentó; es claro que, si lo hizo, no tuvo éxito.

Hay aguas que esterilizan hectáreas y hectáreas de tierras anteriormente fértiles y, en consecuencia, empobrecen a campesinos que antes por lo menos extraían de la tierra lo suficiente para comer cada día. ¿Hay quién haya puesto remedio a este abuso? Si lo hubo, casi nadie se ha dado cuenta.

Hay regiones enteras que antes eran bosques y ahora parecen un desierto a causa de la erosión, que amenaza cada vez más a los cultivos útiles. ¿Hay alguien que se haya propuesto reverdecer la tierra y resucitar los bosques? Perdónennos, pero desconocemos el nombre de esas instituciones oficiales y de sus dirigentes.

Y así, desastre tras desastre, sin que se busquen remedios para salvar los dones de Dios.

Y eso, ahora, cuando tanto criticamos los suficientes males antiguos.

Quizá debamos volver a lo que enseñaban los romanos, acogiendo uno de sus consejos, como compensación por haberles atribuido calumniosamente que dijeron algo que nunca se les pasó por su cabeza. Se trata de principios que valen siempre: nadie puede ejercer su derecho en perjuicio del ajeno. El que causa un daño a otro está obligado a compensar por él.

¿Habrá quién se anime a aplicar estos principios para evitar que nuestros nietos tengan que vivir en un nuevo Sahara?

Por Huáscar Cajías K.                                                                                                                      

Exdirector de PRESENCIA y catedrático universitario. Fue embajador de Bolivia ante la Santa Sede.

Comment
Name
Email