LOS BACHILLERES Y SUS TRAGEDIAS PERIÓDICAS

Por Huáscar Cajías K.                                                                                                          

Exdirector de PRESENCIA, catedrático universitario. Fue embajador de Bolivia ante la Santa Sede.

Los males de la educación no suelen causar tan inmediata alarma como los que se presentan en otros campos. Una huelga de maestros provoca repudio en estudiantes y padres de familia; pero ni de lejos la general alarma resultante de un paro de YPFB, de Comibol o un suicida bloqueo de caminos.

Sin embargo, el daño final es usualmente muchísimo mayor. Nos guiamos por la espectacularidad, por las anormalidades visibles, pero no vemos, a veces simplemente porque no queremos ver, la profundidad del mal.

Y no nos referimos sólo a lo espiritual sino también a lo material. Ya son numerosos los estudios que confirman que el principal factor del desarrollo es el conocimiento -es decir, la educación-. El saber representa probablemente el 70% de las fuerzas que conducen al progreso; significa mucho más que el capital, las materias primas y las fuentes de energía consideradas en conjunto.

Por tanto, a mala educación, atraso inevitable.

Parecería que no lo supiéramos, por lo menos si advertimos la indiferencia con que pasamos nuestras miradas sobre los síntomas que anuncian el desastre.

Tal sucedió, por ejemplo, con la huelga declarada por postulantes de la carrera de Derecho de la UMSA, que fueron reprobados en sus exámenes de admisión. De 2.800 postulantes, 700 ingresaron a la Facultad: uno de cada cuatro. Es como para que cualquier persona con un mínimo de sentido humano se solidarice con la auténtica tragedia que este hecho implica para millares de jóvenes y de padres de familia.

Pero son pocos los que han leído las explicaciones dadas por las autoridades universitarias, explicaciones que debían llevamos a una profunda reflexión acerca del mal ante el que nos encontramos.

El remedio más absurdo era el de la huelga para lograr la admisión -sobre todo en vista de que las aducidas reclamaciones sobre actos inmorales de los examinadores no llevaron a aportar ni un mínimo de pruebas-. Es válido el argumento de que la UMSA carece de dinero: admitir a los 2.800 postulantes hubiera supuesto crear siquiera 28 cursos, de cien alumnos y con varias materias cada uno. Es decir, casi doscientos profesores, fuera de sus ayudantes. Ni hay aulas disponibles.

pese a la expansión continua que nuestra universidad ha logrado.

Dejemos de lado estos aspectos, con todo lo importantes que son, para fijar la atención en otro que, al parecer, no ha despertado el debido interés.

La Universidad aduce que tiene que mantener un nivel académico de enseñanza, que no puede admitir sino estudiantes que tengan la preparación suficiente para asimilar lo que en la universidad se enseña.

Esa es una verdad indiscutible. Primero, porque la Universidad no puede invadir etapas de estudios cuya atención no le corresponde. Segundo, tiene que exigir el debido rendimiento porque aumentan diariamente las reclamaciones de los profesionales ya existentes que opinan que sus nuevos colegas están cada vez peor preparados para cumplir sus funciones (opinión de la que participan también los que no son profesionales). Tercero, la Universidad tiene que garantizar a la comunidad, la preparación de los profesionales a los que otorga un título habilitante: el médico tiene que saber lo suficiente para no matar impunemente; el abogado, para no perder Juicios por ignorancia; el Ingeniero para que no se le vengan abajo sus puentes y así sucesivamente. El pueblo paga impuestos y sostiene a la Universidad para que ésta lo provea de profesionales idóneos. El estudiante es sostenido por el pueblo, para que rinda y no para que suponga una inversión estéril.

Hay varias razones para que la Universidad no haya podido llegar al nivel que desea. Entre ellas, hay algunas de larga raíz, como las intervenciones destructoras y desordenadoras de gobiernos de facto. Pero también, la mala, a veces pésima formación de los bachilleres.

Eso se ha demostrado en el conflicto reciente. Las preguntas hechas eran poco complicadas; algunas tocaban a lo que puede aprenderse en los periódicos, los noticiosos radiales o televisivos más que al estudio escolar. Fuera de la UMSA. el autor de este artículo hizo, una vez, una breve prueba de conocimientos entre los bachilleres y sus tragedias periódicas bachilleres: 70% de ellos no pudieron citar correctamente los departamentos de Bolivia y sus capitales (el asunto era fácil, mientras resultaba que Cochabamba era capital de Cochabamba; pero comenzaba a complicarse cuando ocurría que la capital de Beni ya no se llamaba Beni).

Todos advertimos que el bachillerato no cumple su función- quizá la escuela primaria tampoco y desde allí» comienzan las deficiencias -. Hay varias razones para que eso suceda. Pero entre los mayores están la discontinuidad y el desorden en la enseñanza a causa de paros frecuentes. Paros de trabajo tan imprevisibles como las reanudaciones de clase. Es probable que, en los últimos dos lustros, no se hayan excedido los 100 días anuales realmente fructíferos, la mitad de los calculados, de los previstos para cumplir normalmente planes y programas. Quizá haya más días, pero las interrupciones rompen el ritmo del trabajo, obligan a perder tiempo en repasos, en establecer vínculos entre la última clase anterior y la primera de la nueva etapa. Los alumnos marchan a empujones y saltos. Cada año deja vacíos que se van acumulando de modo que, cuando se obtiene el bachillerato, él está lleno de agujeros.

La consecuencia: el fracaso ante las pruebas de admisión. Y, cuando no hay tal selección, el terrible Índice de deserción. Parece que la proporción de titulados oscila entre el 10% y el 20% de los que ingresan: gastos, tiempo, esfuerzos, inversiones del pueblo, que se desperdician y frustran en nueve u ocho estudiantes de cada diez.

Si ese no es un desastre nacional ya no sé a qué llamar desastre.

La Universidad no puede cubrir los vacíos pues tiene problemas para cumplir sus propios fines.

La salvación no ha de venir de la demagogia: que ingresen todos; ni de huelgas, ni de nada semejante. Pero ciertamente, hay que intentar algo.

Quien halle una solución realista, factible, merecerá un monumento enorme por el bien que hará al país entero. Para erigirlo contribuiremos todos: estudiantes, padres, autoridades, jóvenes que sueñan con un porvenir menor, muchachos que se hallan en os colegios y que desde ahora tiemblan ante la imposibilidad de seguir una carrera. 

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