DEFENSA DE LA PACHAMAMA

Por Huáscar Cajías K.

Huáscar Cajías K., Fundador de PRESENCIA y catedrático universitario, es Presidente de la Corte Nacional Electoral 

Por estos días, se cumple en Río de Janeiro una reunión más o menos universal que atrae la atención de casi todo el mundo. Como que de por medio se halla nada menos que la defensa de la madre naturaleza, de ese bello conjunto que nuestros sabios antepasados llamaban Pachamama, esa Madre-Tierra en cuyo seno fuimos concebidos y al que vamos a retornar un día para que con ella se fundan nuestros huesos y nuestros músculos.

En seguida se nos preguntará: ¿y de quién tiene que defenderse esta naturaleza madre? Pues nada menos que de sus propios hijos, ingratos y llenos de ímpetus homicidas generales, matricidas y también filicidas porque quieren dejar a sus descendientes una tierra en que no se goce de la vida sino se sufra y se muera con los pulmones agujereados o alquitranados.

A tan absurda situación hemos llegado ahora movidos por la ambición humana que ha interpretado de la manera más destructora posible la concesión de Dios cuando dijo que nos nombraba señores de cuanto existe en este mundo. Señores para que aprovechemos los bienes terrestres, pero no para que seamos sus tiranos crueles y estúpidos.

Quizá valga la pena recordar los resultados de algunas encuestas – esa epidemia tan extendida en nuestros tiempos y frecuentemente tan mentirosas como sus hermanas, las estadísticas-. Durante decenios, se preguntó a los habitantes de las naciones ricas cuál era el mayor peligro que enfrentaba la humanidad. Casi siempre, el primer puesto era representado por la guerra nuclear, es decir, por una amenaza salida de la cabeza, el corazón y las manos del hombre. Ahora, con la disolución de la Unión Soviética, ha pasado a primer lugar lo que antes ocupaba casi siempre el segundo: la destrucción del mundo en que el hombre está llamado a vivir, la degradación de la madre naturaleza. Sólo después venían los otros males, especialmente el incremento continuo de la delincuencia y de la drogadicción.

Y hay razón para destacar ese mal. Ya hay ciudades en las cuales el célebre «smog» no permite ver a cincuenta metros y provoca la angustia de hacernos sentir que nuestros pulmones pueden estallar en cualquier momento. Los daños son ya tan graves que, se quiera o no, han tenido que cambiarse viejas costumbres para intentar algunas medidas salvadoras. Lo que la más elemental prudencia aconsejaba sin ser oída ha tenido que ser llevado a cabo por el temor creciente no sólo del futuro sino del espantoso presente.

Algo se ha podido recuperar, pero hay mucho de definitivamente perdido. Los remedios son parciales mientras hay gente poderosa que no quiere ver el peligro que está a la vuelta de la esquina.

A uno se le paran los escasos pelos remanentes cuando lee u oye que cada día desaparecen algunas especies vegetales o animales. Ni siquiera falta el profesor cruel que nos muestra la fotografía de un bello animal, de una hermosa flor que ya no podremos ver (aunque parece que, por desgracia, entre los desaparecidos y aniquilados o muy debilitados no se encuentran los bichitos que portan o producen enfermedades desde hace siglos. Cuando más, parece que la causa de la viruela se ha perdido y que el mismo camino seguirá el de la parálisis infantil. Pero sobreviven todos los demás bichitos dañinos y hasta parece que van apareciendo algunos nuevos.

Es para llorar el salir a contemplar la misma bella bahía de Rio de Janeiro bajo la luz de la luna, o sus playas bajo un sol esplendoroso y pensar que allí puede llegar a haber sólo unas cuantas plantas espinosas y peces malolientes, panza arriba, asesinados por los venenos volcados en las aguas de los océanos.

Si aquí mismo, en nuestra adorada Bolivia tenemos casos dignos de ser recordados con algunas lágrimas. Así sucede con los ríos ya contaminados por productos químicos o residuos mineros. En la misma La Paz, corren riachuelos que cambian de color al compás de la anilina recibida o emiten olores contrarios a todo romanticismo. Para no hablar de la erosión que asfixia a bosques enteros en miles y miles de hectáreas.

La naturaleza parece haberse dado vuelta, puesto al revés. Ahora, si el valiente jaguar ve a un cristiano, no lo ataca: sale disparado a toda velocidad para no verse convertido en abrigo o cartera de alguna ricachona que habita en otros continentes. Y lo mismo dígase del feroz caimán de otros tiempos, que no quiere terminar en una curtiembre: ya no puede aspirar a morir de indigestión, como sucedía antes de los imperialismos. Ha habido especies que no han tenido mucha suerte. Tal ha sucedido con la chinchilla, nuestro animalito que tuvo la desgracia de tener piel muy bella y apetecible: ahora tenemos que reimportarla para verla vivita y coleando. Y lo mismo ocurre con otros bichitos eliminados a tiros o a dinamitazo puro. Suerte que por ahí aparecieron algunos gringos que han criado a algunas especies y las han traído al lugar de origen ancestral. Si hasta el caimán negro, ya casi desaparecido de nuestros ríos, han tenido que ser cuidado por rubios niñeros alemanes, antes de reaparecer con sus dientes brillantes.

En cuanto a algunas aves, se salvaron, no por bondad de los hombres sino por otras razones. Por ejemplo, hubo momentos en que loros y cacatúas, así como los estupendos flamencos que viven en lagunas al sur de nuestro altiplano, estaban a punto de extinguirse, cruelmente cazados para que sus plumas concluyeran de adorno en los sombreros de birlochas parisienses o de otras ricas capitales civilizadas. La salvación vino simplemente de un cambio de moda.

Obramos como si quisiéramos vivir en una tierra que nos aniquile, que torne difícil y triste nuestra vida, que sea un reino de fealdad, donde los regalos de Dios se han diluido hasta desaparecer.

Claro que ahora, como en otros casos, no faltan quienes pretendan endilgar toda la culpa a las naciones pobres de este mundo: una culpa más que se añade a la horrorosa de querer tener hijos.

Me valgo de un recuerdo personal de lo que hace tres o cuatro años leí en periódicos italianos. Acababa de celebrarse una conferencia, si no me equivoco en Londres, para que las naciones industriales tomaran medidas urgentes para evitar la grave y permanente contaminación de aire, tierra y agua. Casi nadie quizo hacer caso. Simplemente se señaló que las selvas amazónicas contribuirían a salvar gran parte del peligro. No faltó alguien que dijo que Brasil necesita su territorio para otros fines y que no puede conservar la selva como está. Pues leí un artículo muy aplaudido en el cual se sugería que las grandes potencias obligaran a las naciones amazónicas a conservar sus selvas porque éstas «eran propiedad de toda la humanidad» es decir, sobre todo de las naciones ricas de este mundo. O sea, debemos tener una sabia distribución universal del trabajo y la producción, según enseña la economía moderna: las naciones industrializadas deben producir lo que nos envenena; las naciones pobres, lo que nos salva de esos venenos, aunque, por otro lado, nos lleve a morir de hambre o a vivir siempre retrasaditos: sería nuestra contribución a la felicidad universal y al desarrollo.

Por favor, que la reunión destinada a salvar a la Pachamama no concluya como nueva prueba de los que decía Lafontaine:

La razón del más fuerte

es siempre la mejor…

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