Por Huáscar Cajías K.
No faltará quien considere que es fácil escoger tema para escribir un artículo sobre S. S. Juan Pablo II, en ocasión del día destinado a recordar a San Pedro, el primer Papa. ¡Son tantos, se dirá, los asuntos que inmediatamente se presentan a la mente, compitiendo para ser elegidos y cada uno, al parecer, más interesante que el otro! Tantos, en verdad, que lo realmente difícil es seleccionar uno entre muchos.
A sabiendas de que habrá quienes, con especializada competencia, habrán de exponer tales o cuales temas, he elegido ocuparme de uno que me parece extraordinariamente importante y cuyo desenvolvimiento pude seguir, en parte, durante el tiempo que me cupo ser embajador ante la Santa Sede. Lo que en el Vaticano se decía, lo que ya corría en los círculos diplomáticos, lo que los medios de comunicación informaban o comentaban, los resultados que luego fueron apareciendo, han mostrado que algo fundamental ocurría en el mundo: quizá lo más importante de la segunda mitad del siglo XX: cambios incalculables y acelerados en el mundo socialista y, por primera vez en largo tiempo, la posibilidad de disminuir en mucho la amenaza de la guerra nuclear.
Las consecuencias previsibles se darán en toda la tierra, inclusive en las naciones del Tercer Mundo, que estarán menos expuestas a servir de escenario de enfrentamientos entre las superpotencias, decididas siempre a defender sus intereses que pocas veces coinciden con los propios de los países donde los conflictos ajenos estallan.
Es indudable que Juan Pablo II y la Iglesia Católica han tenido papel protagónico, uno de los principales, en lo que ha ocurrido.
Con base en datos antes ignorados o poco conocidos, pero que ahora han salido a plena luz, cabe afirmar que la crisis del comunismo era ya profunda hace siquiera treinta años. Krutchev fue el primero que confesó que había que introducir cambios radicales en el sistema. Pero eso no le fue posible. Todavía los círculos conservadores eran muy poderosos; todavía eran demasiados los intereses creados, para que las novedades pudieran abrirse paso. Era evidente que primó el conservarismo revolucionario -sí, la contradicción era evidente- que no quería cambiar. Desde luego, en esta actitud había buena dosis de temor, asentado en la tradición oficial según la cual los vencidos en las pugnas partidistas estaban destinados no sólo a perder las ventajas que el poder otorga, sino a ser encarcelados y hasta fusilados como traidores a la revolución si bien no faltaba la posibilidad de que todo concluyera con internamiento en un Instituto psiquiátrico de corrección política.
El comunismo, que había alcanzado avances en sus primeros tiempos, parecía haber llegado al límite de sus posibilidades. La doctrina oficialmente predicada e impuesta chocaba con la realidad. Persistía el nacionalismo latente, la religión se resistía a desaparecer no obstante las campañas del ateísmo militante. La economía estaba estancada sobre todo en comparación con los avances de occidente; los gastos militares llevaban a que los bienes de consumo escasearan hasta un punto crítico. La libertad, sacrificada supuestamente para imponer la justicia, era anhelada por todos. Ya no había esperanzas de que el sistema pudiera llevar al progreso. Sobre todo, persistía la explotación, ya no por inexistentes sectores burgueses sino por una burocracia potente e insaciable. No ha sido extraño, por eso, que la principal fuerza impulsora de los cambios haya sido dada por los propios trabajadores y que lo primero que se dejó de lado fuera la dictadura del proletariado. Esta consigna, esencial dentro del comunismo marxista-leninista, se mostró verdadera en lo tenía de malo y falsa en lo que quizá pudo tener de bueno; es decir, era verdad que se trataba de una dictadura y de las más duras; pero era falso que fuera de los trabajadores o de sus legítimos representantes.
El nuevo Papa venía de Polonia y había vivido y sufrido personalmente bajo las dos peores tiranías de este siglo: el hitlerismo y el stalinismo. Fue en la. patria de Juan Pablo II y ciertamente no por casualidad, donde se rompió por primera vez el opresivo bloque estatal, por obra de los trabajadores, no de una burguesía inexistente. nadie puede negar que el nuevo movimiento buscaba justicia y libertad, impulsado por la fuerza del patriotismo y la religión -en Polonia, el catolicismo es un rasgo nacional, como lo es el Irlanda, inclusive para los ateos.
Ya no era posible para el bloque comunista aplastar la nueva rebelión como antes lo había hecho en Checoslovaquia y Hungría. Había un Papa polaco sentado en la sede de Pedro. Eso hacía particularmente difícil una intervención armada; las consecuencias hubieran sido incalculables, sobre todo porque los soldados atacantes se sentían en la misma posición del pueblo atacado. El Papa comenzó a ser, en más de un sentido, un factor poderoso para determinar la conducta de la nueva rebelión pacífica.
Sabemos lo que vino después: el contagio a los demás países del bloque donde había un terreno abonado por la crisis social, política, económica y espiritual.
Ciertamente sería absurdo, de puro exagerado, atribuir en lo acaecido, un papel único o siquiera el principal al Papa reinante; pero su actitud de como jefe de la Iglesia, su prestigio, su fuerza moral facilitaron y aceleraron el proceso de cambio. Sobre todo, esa influencia espiritual dirigió las reformas por caminos ajenos a la violencia, las imprudencias y los enfrentamientos. Por algo los jefes comunistas interesados por el cambio, han hecho visitas al Papa, inclusive Gorbachov.
En todo caso, cabe señalar que la reforma es más resistida precisamente en los países donde el cristianismo ha sido débil o apenas ha echado pie.
Una de las consecuencias inesperadas y enormes de lo que ocurre y sorprende a casi todos, es que ahora podrá darse cooperación y quizás un principio de unidad entre quienes hasta hace dos o tres años parecían adversarios irreconciliables y cada vez más distanciados.
Veamos el caso típico.
Europa ha sido siempre un campo de luchas internas cruentas. Tales luchas involucraron frecuentemente a países que están fuera de ese continente. Parecía que Europa estaba destinada a ser arena principal de la guerra nuclear, si se producía.
Estas condiciones parecen hoy propias de una historia lejana.
Desde hace varios años, Juan Pablo II comenzó a hablar de algo entonces novedoso, sorprendente sobre todo porque lo decía un Papa y, sin embargo, de su importancia, era algo que no suscitó mayores comentarios ni concitó el interés que merecía. Por aquellos tiempos, no habían cobrado resonancia mundial y su nuevo significado, palabras como gladnost y perestroika, pero ya el Papa repetía que debía haber «una Europa unida, del Atlántico a los Urales». En el viejo continente, unificado de alguna manera, la comprensión mutua debía reemplazar a la desconfianza, la cooperación a la competencia excluyente, el bien común a los intereses nacionales o regionales. Sobre todo, el ambiente de paz a la belicosidad o. en frase bíblica modernizada, los tractores a los tanques.
Esa unidad debía servir de modelo e impulso a la que luego debía cumplirse en el mundo entero.
Este sueño de Juan Pablo II parecía un mero deseo hace apenas cinco años. Ahora, su realización se vislumbra como algo muy probable. Quizá antes de que concluya este siglo, veremos que se dan pasos en ese sentido. Quizá el siglo XXI llegue más allá: a que el Tercer Mundo participe -al rinde un proceso mundial de avance y de cooperación. A los historiadores de entonces les será imposible no reconocer entre las fuerzas que llevaron a un cambio revolucionario y positivo, las que puso en acción el catolicismo encabezado por Juan Pablo II, el Papa que, en la bimilenaria historia de la Iglesia, fue quizá el que mayor sentido ecuménico dio a su pontificado