Por Huáscar Cajías K.
Huáscar Cajías K. Fundador de PRESENCIA y catedrático universitario, fue también Embajador de Bolivia ante la Santa Sede.
Todos hemos seguido con interés angustioso la dura, la larga marcha que realizan los indícelas benianos en busca de contar con un territorio propio en el cual sobrevivir. Sabemos que les asiste en la razón y la justicia y tenerlos la esperanza de que lo que consigan será luego imitado para resolver cuestiones semejantes jue se han presentado a otras etnias originarias de la selva.
Pero también sabemos que las soluciones inmediatas no serán fáciles y que significarán apenas un primer paso en relación a vanos otros que tendrán que darse si realmente queremos llegar a algo o que pueda designarse con la palabra solución.
Bueno es que comencemos recordando algo que parece haber sido olvidado por algunas personas: que, por un viejo derecho originario, estos indígenas eran los Sueños y soberanos de los territorios que ahora reclaman. Las ocupaciones posteriores, hechas por extranjeros y recién llegados, tienen un carácter derivado y frecuentemente violento. Por eso, resulta una broma de pésimo gusto la del que exigía a los indígenas que presentaran sus títulos de propiedad antes de iniciar sus reclamaciones. Lo que tiene que re-conocerse es que estos grupos étnicos tienen derecho – es lo menos que puede decirse- a seguir viniendo en las tierras que fueron suyas y que ellos nunca o casi nunca cedieron voluntariamente.
Pero es también obvio que hay otros grupos que también reclaman derechos análogos y que suelen tener también, de su parte, raíces echadas hace ya siglos. Quienes ahora reclaman derechos concurrentes de propiedad y explotación no pueden, en general, ser acusados de haber cometido actos de usurpación o despojo. Tienen sólidas razones de su parte.
De ahí la dificultad de hallar soluciones que reconozcan lo que a cada uno se le debe. Si todas las buenas razones estuvieran de una parte y todas las sinrazones de la otra, la salida sería fácil para las autoridades. Pero no es eso lo que sucede.
Tanto más si es obvio que el avance de la civilización trae consigo cambios inevitables, que impiden que lo que era racional y positivo hace unos cuantos siglos lo siga siendo hoy. Todos los grupos humanos tienen que darse cuenta que hay que ir adelante.
De todo eso, resultan problemas de muy difícil, pero necesaria solución. Quizá, en el fondo, lo más fácil sea el dotar a los indígenas de territorios en los cuales vivan siguiendo sus costumbres tradicionales. En esto están de acuerdo, siquiera en principio, quienes defienden otros derechos sobre los mismos territorios.
Ante todo, resulta que los indígenas tendrán un derecho incompleto sobre los territorios en cuestión. Todo indica que nos eran propietarios plenos. Podrán ocupar sitios con sus viviendas, cazar, pescar, recolectar frutos, pero muy poco más. Serán usuarios, un poco usufructuarios y ahí acabará todo. Ni siquiera asoman medidas precautorias para evitar, por ejemplo, que algunos vivillos que surjan dentro de los propios grupos étnicos, no concluyan siendo beneficiados a costa de sus hermanos de sangre.
Pero no es sólo eso. Muchos grupos indígenas americanos han sido acorralados por competidores extranjeros o por otros nacionales. En buena medida, los sectores más atrasados, las tribus -y no sólo las selvícolas- han sido casi exterminados para quitarles sus tierras. La tarea invasora la llevaron a cabo los inmigrantes europeos seguidos por los ciudadanos de los nuevos países independizados. Los indígenas restantes fueron confinados en «reservaciones» donde languidecieron hasta reducirse a los grupos actuales, de triste interés turístico o poco más.
Si sólo se dan territorios, habremos simplemente creado nuevas y mortíferas «reservaciones» similares a otras de América y también de otros continentes, donde los hombres civilizados decidieron sustituir a los aborígenes que eran los pobladores primitivos.
Estos bellos y dignos grupos étnicos – de los cuales tenemos que sentirnos orgullosos – no pueden quedarse con los derechos de caza, pesca y recolección. Saben que, si realmente quieren sobrevivir ellos y sus hijos, deben ponerse a la altura de las exigencias del tiempo presente. La nación mayor, de la que forman parte, tiene que darles la oportunidad para que el avance se produzca, para que las ventajas territoriales que ahora se les reconozcan no sean un breve plazo más de vida que se conceda a sus grupos.
Lo verdaderamente difícil es ese más -educación, salud, técnica. etc.- que tiene que darse si realmente queremos salvar a nuestras etnias de modo definitivo, si realmente queremos que ellas caminen junto a todos los demás en el futuro de Bolivia.
Y que el progreso llegue sin que deje de salvarse todo lo digno y bueno que tienen las viejas culturas indígenas.