Había cierta vez un señor, dueño de numerosos rebaños y que buscaba pastor para cuidarlos. A uno que se le presentó, le dijo:
Cuida de mis ovejas algunos días y cuando sepas qué trabajo te espera, vuelve a mí para que concertemos tu salario.
Volvió el pastor a los pocos días y dijo al señor:
He vivido con tus ovejas y he hallado que son desobedientes, perversas y desordenadas; nunca podré cuidarlas como es debido ni evitar que algunas sean devoradas por lobos. Como no quiero incurrir en tu cólera, prefiero que busques otro pastor.
Respondió el señor:
Bien sé yo cómo son mis ovejas y hasta dónde alcanzan tus fuerzas. No te hubiera pedido que hagas sino lo que está a tu alcance. Pero, como no quieres cuidar sino ovejas mansas, vete a buscarlas donde mejor te convenga. No quiero tener a mi servicio a quien no esté dispuesto hasta sacrificar su fama de buen pastor, con tal de salvar a la mayoría del rebaño.
Entonces, se presentó otro a quién el señor también le dijo:
Cuida de mis ovejas algunos días y, cuando sepas qué trabajo te espera, vuelve a mí para que concertemos tu salario.
Volvió este pastor a los pocos días y dijo al señor:
He estado con tus ovejas. Son sucias y enfermas. Me han llenado de piojos y garrapatas y me han contagiado su sarna. Soy pastor, pero no quiero buscar mi propia perdición, pues con ella nada ganarías tú mismo. Prefiero que busques a otro, pues así te librarás de mis temores y de las lamentaciones que continuamente llenarían tus oídos.
El señor le respondió:
Bien sé que mis ovejas tienen defectos y enfermedades; pero ¿acaso no está llamado el pastor a enmendarlos y curarlas? ¿O pretendes cuidar sólo a las ovejas sanas y que no te causen ninguna molestia? Tú no tienes amor al rebaño, pues no quieres correr riesgos ni padecer incomodidades por él. Márchate a otra parte, donde te ofrezcan otro trabajo que sea de tu gusto.
Y se presentó un tercero que también fue puesto a prueba y que, pasados unos días, volvió al dueño de los rebaños y le dijo:
Soy extranjero en esta tierra a la que no amo y a la que he venido sólo para ganarme el sustento. En mi patria, las ovejas son mejores, las noches menos duras y no hay lobos. Aunque me ofrezcas el mejor salario, prefiero volverme a ella pues aquí no seré feliz ni realizaré mi trabajo a gusto.
El señor respondió:
Vuélvete a tu tierra, de la que nunca debiste haber salido pues viniste a la nuestra sólo para ofendernos. Tú eres un falso pastor ya que el verdadero ama a las ovejas en cualquier lugar donde se hallen. Tú serás un mercenario hasta en tu propia patria.
El señor se sintió a un tiempo triste y encolerizado al no haber hallado pastor y llamando a su mayordomo, le dijo:
Ha sido inútil que busque a quien cuide a mis ovejas; pero no puedo dejarlas sin guarda ni perderlas, pues las recibí como herencia de mi padre. Encomendemos el rebaño a cualquiera, hasta que hallemos un pastor.
El mayordomo trajo entonces a mi muchacho nacido en la propia casa. Y dijo el señor al muchacho:
Cuida de mis ovejas durante un tiempo. Si el trabajo te gusta, ven luego a verme y te daré un buen salario. Si no te gusta, serás libre de dejarlo, pues no eres pastor y no quiero obligarte a que lo seas.
El muchacho respondió:
No tienes por qué esperar, señor. He nacido en tu casa y conozco a tus ovejas desde hace mucho tiempo. No deseo sino servirte y cuidar de tus rebaños. Dame en paga lo que tú quieras: tu alegría será mi principal recompensa porque soy fiel al pan que me diste.
Con mi buena voluntad, corregiré mi ignorancia y, si alguna oveja se pierde, te ruego que me perdones.
Maravilloso y alegre, el señor dijo:
Hasta ahora, había buscado a uno como tú, sin encontrarlo; te tenía ante mis ojos y no te veía. He de pagar con gusto el haberme curado de mi ceguera: desde hoy no sólo serás pastor de mis rebaños, sino que te recibiré como hijo para que, junto con los de mi sangre, tengas parte en mi herencia.
Por Huáscar Cajías K.