HOMENAJES

En esta sección se encuentran diversos homenajes y discursos de personas que formaron parte de su vida profesional y personal. 

En ocasión de recibir Premio Nacional de Periodismo (1994)

Discurso por Huáscar Cajías K. 

Señoras y señores:

Sean, como es de justicia, estas primeras palabras, para agradecer a la Asociación de Periodistas, por haberme discernido el Premio Nacional de Periodismo 1994. Tanto más si se trata de uno de los pocos casos en que se opta por premiar la obra de quien hace ocho años que dejó de ser periodista activo y que ha reducido su tarea a una simple columna dominical. Tengo que agradecer el que se recuerden de mí y que me pongan al lado de un periodista tan meritorio y conocido como es don Oscar Peña Franco a quien, como digno colega, hago llegar ahora mis congratulaciones públicas por su compañía.

Considero, como lo han hecho varios periodistas en ocasiones similares a la presente, que hay que seguir la tradición de tratar aquí algún tema, de esos que son producto de reflexión que emana de los años y años que hemos dedicado a la bella y digna tarea del periodista. Elegir el tema de reflexión no es fácil; pero el colega Mario Castro me ha resuelto esa preocupación, con una pregunta que me planteó durante la entrevista que nos hizo a los dos premiados de hoy.

Me preguntó qué pensaba del viejo ducho según el cual, los medios de comunicación social constituían el cuarto poder del estado.

Considero que es admisible el concepto de que el poder, en Derecho Público, es la capacidad que tiene una persona o grupo de personas, de imponer a otros su criterio o sus órdenes. Por tanto, hay una persona individual o colectiva que tiene o es autoridad y que está facultada para ejercer, para ser órgano de ejecución de una porción del poder del Estado. No podemos determinar de antemano cuáles son esos grupos humanos o autoridades que se reparten el ejercicio del poder público. Desde luego, es inadmisible pensar que sólo hay tres poderes u órganos del Estado, según decía un pintoresco diputado que invocaba, para sostener tal afirmación restrictiva, la autoridad intelectual de Montesquieu, autor al que probablemente no había leído y al que seguramente no había entendido.

Si nos atenemos a estas nociones generalmente admitidas, ciertamente somos un poder. Ni duda cabe de ello. Si enumeramos como los tres primeros, sin saber por qué son primeros, al Poder Legislativo, al Ejecutivo y al Judicial, podemos decir que no es justo adjudicarnos sólo el cuarto puesto. La verdad es que constituimos un poder un tanto difuso en cuanto a sus funciones por lo cual inclusive se nos podría eliminar del cuarto puesto; pero tan difusos o difundidos somos, que estamos como una turbina pujante, junto a todos los otros poderes, dirigiéndolos en algo, amenazando o siendo amenazados -esto último es lo más corriente-, presionando y guiando aunque sólo sea con la risa y la sonrisa, aunque tampoco faltan entre nosotros casos desgraciados de prepotencia y desconocimiento de los asuntos que tratamos. Tenemos tantas virtudes como el que más; pero también tantos errores como toda falible institución humana.

A los medios de comunicación social podemos considerarlos, entonces, poder y autoridad, cualquiera sea el puesto que se nos atribuya, el primero o el décimo; dependemos de todos los otros, pero también todos los demás dependen de nosotros; influimos y somos influidos; somos fuertes y débiles. Pero, como es natural, somos las primeras víctimas cuando alguien -persona o grupo- pretende hacerse de todo el poder y de toda autoridad y mira con envidia u odio a los probables competidores, a quienes se califica enseguida de enemigos a los que hay que aniquilar. No en vano, durante los todavía no olvidados regímenes dictatoriales que asolaron a nuestra América, fueron los sectores periodísticos los que dieron proporcionalmente, el mayor número de víctimas de asesinatos, de destierros, de encarcelamientos, de confinamientos o persecuciones. Es este un timbre de honor que no debe olvidarse cuando incurrimos en errores debido a que también a nosotros se nos ocurre abusar de algunos derechos democráticos. Tenemos méritos que nadie puede negar, conquistados en defensa de esa democracia.

Entre nuestros errores, el más olvidado y el más importante surge alrededor del poder y la autoridad. Solemos dejar de lado una enseñanza evangélica que es fundamental; el ser por excelencia, Dios, Jesús, dueño de todo el poder, dijo de sí mismo: «No he venido a ser servido sino a servir». Y eso sucede con toda autoridad. Va por el mal camino cuando cree que la autoridad es sólo poder, capacidad de hacer lo que se quiere y de imponerse a los demás. La autoridad es básicamente servicio o no se justifica el que ejerza un poder. Reconocemos una autoridad ajena que limita nuestros derechos y lo que nos daría la soberana gana de hacer, sólo porque tal límite, que es un sacrificio, sirve a los demás.

Estamos a disposición de los demás, no los demás a disposición nuestra.

Somos «medio» entre unos y otros para que todos caminen como es debido. Somos representantes del pueblo que exige que sus derechos sean respetados; pero también de la autoridad estatal cuando ella busca imponer la ley, un orden bueno y sabio. Sabemos que tiene que hacer quien mande y que deba ser obedecido; pero también sabemos que su poder es limitado y está sujeto al cumplimiento de deberes. Como condicionaba el viejo Fuero Juzgo medieval; «Serás rey, si obras correctamente; si no obras rectamente, no serás rey».

Es decir, se nos ha dado mucha autoridad y mucho poder, pero eso implica mayor responsabilidad; todos nos preguntan y, por tanto, somos responsables ante todos por las respuestas que les demos. Como primera condición, éstas deben ser verdaderas, fuera de otras características positivas que han de tener. Los mayores peligros para nuestra verdad son el miedo y el sensacionalismo. Miedo ante el que pretende que callemos y que nos amenaza para el caso en que digamos la verdad.

El sensacionalismo, que deforma a la verdad haciendo que no ofrezcamos un retrato de la realidad sino una caricatura. O cuando presentamos verdades que implican mero escándalo, que son repugnantes para todo sentido de justicia, de caridad, de respeta a la intimidad ajena. Por suerte, esta lacra de gran parte del periodismo moderno, todavía no ha llegado a ser plaga entre nosotros y ojalá nunca lo sea. No tenemos vocación para ser sádicos a quienes gusta hurgar, meter sus dedos en las heridas purulentas.

Somos un poder, pero no nos creamos jueces obligados e infalibles de los demás, olvidando nuestras inevitables limitaciones.

Ciertamente, en cuanto a delimitar la intimidad y el respeto a los derechos ajenos, las soluciones no son fáciles, sobre todo cuando se trata de personajes políticos cuya intimidad se reduce inevitablemente. Sin duda, lo mejor es no discutir teorías sino ponernos, en cada caso, en la posición del otro y decidir si, en verdad y en justicia, se nos podría hacer lícitamente lo que hacemos al otro. Es fundamental meditar en algunos dichos evangélicos: «No juzgues y no serás juzgado. Con la vara que midas, serás medido. No hagas a otro lo que no quieres que te hagan a ti».

Somos un poder muy elevado lo que supone que nos comportemos con la altura que deseamos ocupar. Debemos temer por el uso indebido del poder. Debemos acordarnos de que las caídas son tanto más peligrosas y dolorosas cuanto más alto sea el lugar desde donde caemos.

Lo afirma quien analiza casos teóricos sino quien ha ejercido el periodismo durante 34 años y se ha dado varios tropezones con sus consecuencias dolorosas. Él es el que ahora repite: somos poder y por lo tanto servicio. Sé que estamos convencidos de ello y estoy seguro de que, salvando los errores inevitables, nos atendremos a ese servicio, estaremos sometidos a los derechos de la persona humana, de la autoridad legítima y, en el fondo, a la conciencia que Dios nos ha dado.

Muchas gracias.

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Ganadores del premio "Illimani de Oro"

ÚLTIMA HORA  La Paz, martes 10 de julio de 1990

Dr. Huáscar Cajías, periodista y catedrático

Yo soy abogado y me especialicé en Ciencias Penales en la Universidad de Roma; y por un gusto especial también estudié en la Facultad de Filosofía y Letras, cuya licenciatura poseo.

¿También ejerce la profesión de periodista?

Ah, sí; pero no soy un periodista profesional, es decir, salido de la Universidad; soy empírico, tengo el título profesional, pero simplemente por años de servicio. Algo de inquietud me ha llevado a analizar los problemas teóricos de periodismo, pero sin el carácter sistemático que se da en las universidades. En otras palabras, me gusta mucho el periodismo y soy un aficionado a él.

¿Cuéntenos a grandes rasgos sobre su vida profesional?

Me inicié como profesor de primaria en 1942; como profesor universitario hace 44 años. Fui profesor tanto en Facultad de Derecho como en la Carrera de Filosofía en la Facultad de Humanidades. Desde 1952 soy periodista, primero por obligación y luego por gusto, 38 años. Si bien ahora no tengo un cargo, sigo haciendo artículos. En tercer lugar, la función familiar, tengo 10 hijos y su educación ha sido una actividad muy importante en mi vida.

¿Cómo es su vida periodística?

Mi vida periodística es muy aventurera como la de cualquier periodista. Hay momentos muy duros. Los dictadores juzgan que los principales enemigos que tienen son los periodistas. En las últimas persecuciones el periodismo ha dado más muertos que cualquier otra profesión.

¿Qué cosas o temas lo apasionan?

Hay varios temas que me apasionan, por ejemplo, encarar el problema del conocimiento religioso. He tratado de estudiar religión en lo posible porque no tuve tiempo para hacerlo sistemáticamente y lo hice para escribir editoriales para “Presencia”. Me gusta mucho la Filosofía, es un consuelo especialmente en algunos momentos duros que todos tenemos. También me gusta conocer mi Patria, amo mi Patria, esta ciudad, amo mi familia y alrededor de estos amores surgieron otros temas de interés.

¿Qué principios guían su vida?

Creo en Dios y en Cristo y en su Iglesia; pero sé que su Iglesia tiene defectos porque está compuesta por hombres, pero esos defectos no han sido nunca los suficientes para quitarme la radical confianza que tengo en mi Iglesia, que es mi hogar espiritual. Hay que tener claro lo que uno cree y luego adaptarse a lo que uno cree. Una cosa es decir «mentir es malo», y otra cosa «nunca mentí en mi vida». Lo terrible es no tener principios claros y dejarse llevar por los caprichos o intereses de cada día. La Iglesia ha regido todas las actividades de mi vida, aunque tuve muchos momentos de infidelidad porque el pecado nos lleva a la imperfección. El único cristiano que hubo fue Cristo, según Kierkegaard.

¿Cómo se relaciona el Cristianismo con la libertad de expresión que se exige?

El principio fundamental es la libertad de conciencia y expresar lo que uno quiere y piensa. El problema es que vivimos en una sociedad, a veces tenemos la culpa del mal que hacemos nosotros a los demás.

Esto quiere decir que el poder público debe reconocer la libertad de expresión, pero ésta debe ser detenida ante los derechos de los demás.

Los medios de comunicación son variados y deben serlo. La carencia de información es carencia de libertad. Si no hay opciones para elegir, no hay opciones. La libertad debe ser amplia pero no absoluta.

Para mí otros grandes momentos fueron el nacimiento de mis hijos. La muerte de mi esposa fue una tragedia; mi segundo matrimonio, fue el renacer de una esperanza.

¿Qué premios o galardones recuerda que recibió?

Recibí 3 condecoraciones pontificias, una francesa; el Premio Nacional de Literatura, aunque había confusión en esa época sobre lo que abarcaba el campo de la literatura; obtuve el premio por mi libro sobre criminología. Ahora está el Premio Illimani de Oro. Entre otras cosas, tuve contrataciones internacionales para asistir a seminarios en materia de ciencias penales.

¿Cuál su actuación en el campo político?

Yo no fui político militante en ningún partido, creo que hubiera sido poco constructivo dentro de un partido porque tiendo a la crítica, no como censura, sino por analizar todo lo que se hace, y sería un elemento inconforme y molesto.

¿Por qué lo distinguieron con el lllimani de Oro y qué siente por La Paz?

Yo amo entrañablemente la ciudad de La Paz y traté de hacer lo más que pude por ella. Nueve de mis hijos nacieron aquí y admiro mucho esta ciudad, por ejemplo, un pueblo que ha sido capaz de edificar una ciudad en este ambiente es un pueblo que no va a morir y es capaz de cualquier cosa. La Paz no es regionalista, los paceños aman su ciudad sin exclusión de los demás. No se exige que autoridades sean paceñas, por ejemplo. Los paceños son «abiertos» a todos. La Paz posee el sentido boliviano y hay buenos amigos; estoy conforme y feliz de haber vivido en La Paz.

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Dr. Huáscar Cajías Kauffmann

Por Mario E. Maldonado Viscarra – 2006

En todo tiempo, brillantes personajes han dejado honda huella en la historia de la humanidad. Muchos, por su trabajo o talento, son dignos de admiración, de elogio, pero muy pocos, a pesar de sus extraordinarias cualidades intelectuales, pueden ser citados también como ejemplo de vida, moralidad y de profundos valores éticos, cuando la ambición, las envidias, los celos, la corrupción y otros defectos humanos, marcan nuestra época.

Uno de esos hombres de talla excepcional en Bolivia, el Dr. Huáscar Cajías Kauffmann, ha dejado un enorme vacío no sólo en el periodismo sino en el país mismo. Sin embargo, la memoria de este gran boliviano crece de día en día, como la sombra que aumenta a medida que el sol se pone en el ocaso, parafraseando lo que dijera un pensador latinoamericano acerca del Libertador Simón Bolívar.

Ha transcurrido una década desde que ese mentor y amigo partiera de este mundo, dejando -como dijera Samuel Mendoza en una nota de homenaje- una estela de luz brillante que alumbrará el camino de quienes sepan asimilar sus lecciones y aprender el ejemplo de una vida sin tacha, de una vida cuyos frutos serán perennes.

Hablar del Dr. Cajías es referirse no sólo al ejemplar esposo, al padre de familia, al entrañable amigo, al humanista, al intelectual, al hombre de derecho, al filósofo, al periodista, al diplomático, al profesor universitario, al académico de la lengua, sino, al hombre sencillo, de principios sólidos, a ultranza honesto, pero, sobre todo, al ser humano que irradió sus extraordinarios valores éticos a todos los confines de la Patria.

Buscó devolver la fe en los grandes principios morales que deben regirla conducta humana, para hacer posible las libertades ciudadanas, para hacer causa común en la defensa de los derechos humanos, en la tolerancia, en el respeto a la opinión ajena e, incluso, para creer en las instituciones públicas, si las funciones de servicio son asumidas con responsabilidad y sólo por el interés del bien común.

Como un ser de gran religiosidad, la vida del Dr. Cajías estuvo signada por una profunda fe y militancia católica. «Ante todo y, sobre todo, fue un servidor de Dios en la Tierra».

Nunca le gustó la lisonja, nunca rehuyó responsabilidades, ni dejó de dar la cara por errores u omisiones de quienes se desempeñaban bajo su tutela. No se cansó de exhortar a perseverar en el empeño de servir permanentemente a la comunidad. Predicó con el ejemplo y la humildad. Detestaba que alguien se creyera dueño de la verdad o de la razón absoluta. Citando a San Bernardo, señalaba con frecuencia:

«El que es maestro de sí mismo, es discípulo de un asno», para significar que todos tenemos limitaciones y cometemos errores.

Sus preocupaciones por la responsabilidad y la excelencia le llevaron a expresar reiteradamente que So económico estaba supeditado a la decencia, y en el caso del periodismo sostenía (lo que también repetía para el caso de la abogacía) que «es preferible ser un periodista pobre, que un pobre periodista».

Nacido en Santa Cruz, un 7 de julio de 1921, a los 31 años el ya destacado doctor en Derecho, graduado en la Universidad San Francisco Xavier de Sucre, era un profesional católico con gran predicamento dentro de las filas de Acción Católica, el campo de actividad de la feligresía militante de la Iglesia. Se licenció también en Filosofía y Letras en la Universidad Mayor de San Andrés. Su capacidad y dedicación hicieron que obtuviera un diploma de especialización en Ciencias Penales en la Universidad de Roma, en Italia.

Cajías no sólo fue el mentor de brillantes generaciones de periodistas, sino que se destacó en diferentes campos de la cultura humana y como dice Harold Olmos, entrañable colega y hermano en “Presencia”, era también un conversador ameno y su charla nunca cansaba, pues en todo mostraba una gran erudición. Podía conversar igual sobre teología, biología, astronomía, minería o aviones que sobre gramática o matemáticas. «En su prosa todos los temas se volvían livianos».

Hasta que cayó enfermo, poco antes de su fallecimiento (el 1 de octubre de 1996), ejerció la cátedra universitaria por cincuenta años, además de organizar la carrera de Derecho en la Universidad Católica. Su dedicación a la enseñanza le motivó a publicar su Tratado de Criminología que fue texto oficial de estudio para más de 50 generaciones de estudiantes de universidades latinoamericanas. También su Psicología pedagógica llegó a varias ediciones. Además, están su Derecho Penal Boliviano (en colaboración) y su Elementos de Penología, fuera de muchos artículos y ponencias en foros internacionales, cuando llevó la representación de Bolivia a eventos regionales v mundiales.

Su profunda fe cristina le impulso a buscar la forma de difundir el pensamiento humanista de ¡a iglesia, mediante un medio de comunicación que no fuera otro intento más circunscrito al ámbito de la actividad clerical, como había ocurrido en otras latitudes, sino que constituyera una publicación permanente hecha por laicos, que reflejara en sus páginas, con esencia cristiana, todo el acontecer que incumbía al quehacer nacional y mundial.

En ese propósito, junto a otros prominentes miembros de iglesia, nació la idea de fundar «Presencia”, anhelo que, con el apoyo de la jerarquía, nació un 28 de marzo de 1952, doce días antes de que se iniciara una época convulsiva (el 9 de abril de ese año) de reformas trascendentales en el país.

La vida de «Presencia» no fue fácil, tanto por factores como el que significaba sostener un órgano que demandaba grandes erogaciones económicas, como por condicionamientos externos que más de una vez estuvieron a punto de silenciarlo. Pero allí estuvo siempre la figura y personalidad inclaudicable de su fundador y director, Huáscar Cajías, quien, junto a otros quijotes que secundaron su empeño, supo guiar su barco a puerto seguro.

Gracias al éxito que representó convertirse en un medio de comunicación ecuánime, de servicio a la verdad, valiente y confiable, las circunstancias exigieron que «Presencia», en 1958, se transformara en un diario, hecho que representaba un mayor desafío para todos los que se hallaban empeñados en ese propósito. Y en ese desafío, a la cabeza, continuó el Dr. Cajías, repartiendo su tiempo entre el diario y la cátedra universitaria, las dos grandes actividades de su vida, porque en ambas estaban su fe y su Patria, como el mismo sostuviera en varias oportunidades.

En un ambiente de fraternidad y común empeño, se fue forjando «Presencia» que, con el devenir del tiempo, no sólo se convirtió en el diario de mayor prestigio, solvencia y circulación nacional, así como de alcance internacional, sino, fundamentalmente, en una escuela de periodismo, plasmada en la práctica cotidiana, en la que Cajías era el infatigable mentor y cuyas enseñanzas perdurarán, porque representan las lecciones de un maestro que siempre predicó la justicia, la rectitud, la legalidad, la fraternidad, la caridad, en la búsqueda permanente del bien común.

Mediante sus notas editoriales, e internamente a los miembros de su diario, demandó la tolerancia y sostenía que se debía tener presente que la democracia es tolerancia. Decía: «Tenemos que convivir. La paz debe resultar de la justicia y de la tolerancia». Recomendaba que en las mismas notas que se publicaran, estuvieran presentes estas condiciones.

Enseñó que de los errores debían lograrse nuevas experiencias y que, en base a ellas, las equivocaciones debían ser menos; y que, por el contrario, continuarían los errores, sino se tomaban en cuenta esas experiencias. Recalcaba que era imprescindible tener conciencia de los propios defectos y también de las propias limitaciones. Predicó con el ejemplo que nadie debía sentirse superior a alguien porque, explicaba, la vanidad o la soberbia no harían otra cosa que engendrar mayores errores y defectos.

Esos fueron algunos de los grandes valores en que se inspiró la línea de conducción de «Presencia», señaladas por un hombre que jamás separó su accionar de sus principios, y que incluso en las mayores contingencias y peligros nunca claudicó, aun cuando las necesidades económicas agobiaran al diario al principio, cuando los acosos y presiones gubernamentales de toda época buscaran una información parcializada, cuando las citaciones permanentes de sus ejecutivos al Ministerio del Interior, en tiempos de dictadura, trataran que dejara de decir la verdad, cuando la persecución, el encarcelamiento y el exilio de sus periodistas y ejecutivos, por abogar por la justicia o demandar la vigencia de las libertades y derechos humanos, quisieran intimidarlo y debilitarlo o cuando las clausuras y ocupación de sus instalaciones quisieron silenciarlo definitivamente.

El galardonado Pedro Shimose, que fue parte de la Redacción del matutino católico en sus primeros años, sostiene que Presencia no habría existido sin el Dr. Cajías, un hombre que no sólo creó un matutino de talla internacional, sino que hasta inventó columnistas como Paulovich, de acuerdo a lo que refiere de sí mismo el celebrado humorista, al rendir homenaje al desaparecido Director, en una nota en la que también habla sobre los primeros años del diario.

En 1986, después de 34 años, el Dr. Cajías dejó la dirección de su querido diario, para dar paso a nuevas generaciones. Al despedirse sostuvo: «Mi respeto para los buenos periodistas, como para los buenos médicos, para los buenos militares, para todo el que cultiva bien su propia profesión».

A guisa de testamento de trabajo, sostuvo ante el personal reunido el último día en la Sala de Redacción:

«Un periodista no es un hombre o mujer que hace baldosas, trajes o automóviles. En su trabajo está no solamente implícita sino en gran parte explícita, la adhesión a la teoría que su periódico sostiene».

Reiteró lo que ya había señalado en el pasado: «No se puede trabajar por el éxito de un periódico en cuya doctrina no se cree», reclamando la mínima identificación con los ideales que un medio postula.

Huáscar Cajías es ya parte fundamental de la historia del periodismo boliviano y con seguridad se puede señalar que hay un antes y un después de él en esta profesión en el país.

Introdujo en su práctica principios y comportamientos que tienen que ver, además de la fundamental ética, con la verdad y la pluralidad. ¡Hasta sus críticos y los contrarios a la filosofía de «Presencia» terminaron cobijados en sus páginas, a condición de que en sus comentarios evitaran los adjetivos y los insultos!

Después de la actividad diplomática fue embajador de Solivia en el Vaticano por pocos años, el Dr. Cajías enfrentó un nuevo desafío en su última función pública: responder a la confianza que había depositado en la nación, para que, junto con otras destacadas personalidades, iniciara la organización y administración de un sistema de procesos electorales, capaz de devolver la confianza de la ciudadanía en la transparencia y en el valor del sufragio. ¡Vaya que sí logró su propósito como presidente de la Corte Nacional Electoral! Fue la última tarea en que sirvió a su Patria, la que, después de Dios, le mereció las mayores devociones.

Hombre cabal, no podía ser diferente en la intimidad de su hogar, donde fue otro ejemplo. Donde después de la muerte de su primera esposa, de cuya unión nacieron sus diez hijos, hizo de padre y madre con una abnegación admirable. Este patriarca -como lo llamó Paulovich en su homenaje póstumo-, este hombre universal, ha sido y será un «personaje inolvidable» por siempre.

Se pueden llenar decenas de páginas para referir la semblanza y enseñanzas de este maestro que, a lo largo de los años, hizo de su existencia una cátedra permanente de reflexión y servicio. De un hombre excepcional que también hizo del respeto y la consideración al prójimo, una norma de vida.

Seguirá escribiéndose mucho, en el tiempo, sobre las distintas facetas de la vida de este singular ser humano. Seguirá también, en el tiempo, señalándoselo como el gran ejemplo para todos, de ahora y del futuro.

Gracias querido Dr. Huáscar Cajías Kauffmann.

También gracias a ustedes por su paciencia.

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HOMENAJES DE SUS HIJOS Y NIETOS

He leído y he escuchado, antes y últimamente, que donde quedan más la memoria y las huellas de una persona son en sus libros, en sus discípulos y, especialmente, en sus hijos y nietos. Así me vino la pregunta, ¿cuáles huellas paternas quedan en mí y cuáles no?

Por supuesto en mi identidad están las huellas materna y paterna sembradas desde la niñez: idioma (acento incluido), religión, gastronomía, gusto por la cultura en sus diferentes manifestaciones, etc.

Al igual que mi padre estudié en Humanidades y en Derecho. Heredé esas vocaciones, pero, sobre todo su vocación docente. Tuvimos muchas charlas sobre nacionalismo y universalismo. Así me convertí en un militante, hasta el día de hoy, de su máxima: Ciudadano con raíces y sin fronteras. Entre otras huellas, la que también me queda, es su vocación de ser feliz. 

Mi papá celebraba cada nacimiento como una bendición, festejaba los cumpleaños y aniversarios con flores para mamá, preparaba las parrilladas y los batidos de huevo. Mi papá cantaba con mi abuela tocando piano, viajaba mucho y nos traía regalos inolvidables: directo de Liverpool, el primer disco de los Beatles.

Mi papá trabajaba por lo menos diez horas diarias, nos hacía temblar con solo fruncir sus cejas y reír a carcajadas con su buen humor, nos ayudaba con las tareas y nos comentaba libros, historias, películas, viajes… nos daba una infancia feliz y nos preparaba para la vida.

Mi papá quedó viudo: lloraba pero me contagiaba su fuerza de espíritu para seguir.

Me formaba como ciudadana de un país y del mundo, me mostraba y demostraba la pasión por la enseñanza, me daba amor y ternura, me iluminaba y guiaba, me daba… me daba… me daba… me sigue dando.

Papá:

Te recuerdo cada que escribo; es decir, cada día y muchas horas: lápiz, plumafuente, teclado.

Descubriste mi amor por  contar historias antes que nadie; antes que yo misma sepa que aquel periodiquito de mis seis años casi analfabetos, era imitar tu huella.

Me trajiste de Buenos Aires un texto sobre Redacción Periodística en mi adolescencia.

Y me regalaste mi primera máquina de escribir «Brother» a mis 17, un lujo navideño inimaginable para la época.

¡¡Papá!!

Amé profundamente tu manera de mantener la memoria en las sobremesas y tus sutiles sugerencias para acompañar el relato con la búsqueda de la verdad que te apasionaba.

Papá, papito.

Y tu abrazo y esa mirada profunda aquel día en el escenario; tú otra vez premiado, yo la hija que te colocaba la medalla.

Padre nuestro.

Y los libros, y los hijos, y los árboles… la Creación. Papá- mamá; padre madre de toda tu expandida estirpe.

Eran los primeros años de los ochentas y mi padre empezaba a vivir sus sesentas. Aunque no conozco todos los detalles, el amor que nació entre él y Yolanda fue fulminante. Desde que había quedado viudo, una quincena atrás, nunca había vuelto a tener una pareja. Y eso que era un experto en impulsar la reconciliación de parejas a quienes reunía en el living de nuestra casa para darles consejos que les permitan superar sus problemas. En las elecciones de sus hijas e hijos en las cosas del amor, nunca se metía. Eso sí, cuando se producía un encuentro formal de pretendientes, éstos tenían que pasar una prueba fundamental: un almuerzo familiar. Y, allí sólo eran aprobad@s l@s que sabían apreciar los platos suculentos que se les servía. A Yolanda, no sé si la sometió a semejante escrutinio. Eso sí, fueron grandes compañeros hasta la muerte. Y ella llegó para darle lo que había postergado por tanto tiempo.

Es difícil elegir algunas de las tantas lecciones y enseñanzas que me dejó mi papá Huáscar, pero voy a optar por 3 que me han acompañado toda mi vida: 1) el gusto por la lectura: considero que se comienza por acostumbrarse físicamente a leer y después se crea el gusto en la mente y en el corazón. Con mi papá comencé a leer desde muy niña y un momento que compartíamos él y yo solos era cuando le leía en voz alta luego del almuerzo para que haga la siesta, se dormía con el “arrullo” de mi voz y esa costumbre la hemos heredado mi hija y yo, ahora le toca leer a ella, es un momento muy íntimo entre nosotras como fue con él; 2) el gusto por el cine: cierro los ojos y recuerdo como si fuera ayer cuando íbamos todos los hijos con papá al cine 16 de Julio y ocupábamos toda una fila, luego se fueron uniendo enamorados y hasta esposos(as), y también lo hicimos los dos solos cuando el resto de los hermanos ya no vivían en la casa familiar y antes que se case. En estas ocasiones, volvíamos en el auto y me preguntaba qué me habían parecido la actuación, el guión, la fotografía; y 3) la misericordia: un día cuando tenía como 15 años y estaba en mi etapa rebelde adolescente, él habló de la importancia del perdón y yo le dije que para mí lo importante era la justicia y él me contestó: “pobre de ti si en tu vida solamente recibes justicia y no misericordia”. ¡Una gran lección de humildad!

Hablar de Don Huascarote es algo muy lindo para mí; yo le decía a mi mami «GRACIAS POR HABERME DADO EL MEJOR PADRASTRO DEL MUNDO». Y es lo que fue Don Huáscar para mí. Me dio lo más importante, mucho amor de padre que me faltaba, ayudándome en los momentos difíciles de mi vida con apoyo incondicional y permanente; por eso va para él, en esta conmemoración de sus 100 años, mi eterno agradecimiento y el inmenso cariño de su recuerdo.

Pensar en ti es evocar al Tatín y al pito de cañahua, pequeños placeres de la vida que repartías a diestra y siniestra después de la comilona y con la satisfacción propia de los generosos que gozan del gozo; a la cuchara humeante y bien cargada de suculento  jugo de carne, familiarmente conocido como “jugo de abuelo”; a “Confidencias de un novelista”, especialmente extraído de tu biblioteca para ponerlo en manos de tu primera nieta universitaria:¿cómo se imagina, cómo se compone y cómo se publica?; a las finas y tiernas letras que, a la distancia, celebraban mis quince primaveras; a la sabrosa charla en la que el sabio –en toda su grandeza y humildad– le pedía a la joven principiante que lo instruyera sobre “las semejanzas y diferencias entre Evita Perón y la reina del pop”; a las inmaculadas callecitas de Asís; a los ojos de la María Félix; al adoquín sopocachense; a los picantes bien surtidos; a la figura de Santo Tomás; a cada feliz y cálido encuentro en la Cato, inyección de amor, suministro de orgullo. 

Reposo. Así titularía el retrato de un hombre que multiplicó por diez la intensidad de su vida, pero que cada domingo sabía, y bien, hacer un alto y buscar la tranquilidad interior en una silla frente al tumulto de una multitud entusiasmada.

Reposo. Así titularía el retrato de mi abuelo, quien parecía saber vivir momento a momento, tranquilamente, y haber alcanzado la paz en una sala sobrepoblada de hijos, nueras, nueros, nietos, y hasta candidatas y candidatos a ser parte de su comunidad multicolor, nada silenciosa, e imposible de ignorar.

Reposar, detenerse a observar y disfrutar, sin ausentarse o alejarse de la vida, es sin duda una capacidad que puede ser trabajada; lo sé, lo vi, lo sentí. Quizás, por ello, gracias a mi abuelo, expondré este retrato, “Reposo”, en la galería íntima de mis cometidos.

Invierno en Roma…

Yo tenía 10 años y no sabía a ciencia cierta cuántos años tenía mi abuelito, lo cierto era que se veía como en mis sueños, gordito, cariñoso y tremendamente tierno…

Personalmente no recuerdo que su entrecejo fruncido alguna vez me haya asustado, más bien esa mirada era el anuncio de alguna travesura que se le estaría pasando por la cabeza para que juntos la ejecutemos en la noche “mientras todos dormían”.

Yo en mi cama y con las luces apagadas, sabiendo que mis hermanas ya dormían, esperaba sus pasos sigilosos y que me diga: Vale-vale…

¡Entre risas y susurros nos íbamos a la “cucina”, a esa hora y en su compañía todo sabía genial!

Así aprendí que no hay nada más saludable para el alma que dormirse con la barriga llena y el corazón contento.

Huáscar Cajías Kauffmann fue un boliviano con características universales, sus ancestros provienen y vivieron en diversos lugares: África, Palestina, Alemania, la Península Ibérica, Panamá, Brasil y Argentina. Dentro de Bolivia: Chiquitania, Yungas, Santa Cruz y La Paz.

Hizo sus estudios primarios en Buenos Aires, los superiores en Sucre, La Paz y Roma. Realizó trabajos en: derecho, criminología, filosofía, periodismo, cátedra universitaria, diplomacia y al final de sus días como el primer presidente de la Corte Nacional Electoral.

Pese a la cantidad de ocupaciones y responsabilidades, Don Huáscar supo darse tiempo para inculcar en sus 10 hijos valores rectos como la honestidad y un profundo amor por el conocimiento y la investigación.

Él vive plenamente en cada uno de sus nietos y bisnietos: Los integrantes de la familia intentamos llevar su nombre en alto: desempeñando nuestras actividades bajo la línea maestra de su guía eterna, ahora presta a cumplir cien años. 

Cuando pienso en mi abuelo Huáscar, lo primero que recuerdo son los almuerzos infaltables de cada domingo, en los que albergaba en su casa a sus hijos, nueras, yernos y una extensa tropa de traviesos nietos.

De niño uno no se da cuenta, pero aquella colosal organización semanal para más de 40 personas sólo podría sostenerse por alguien que le dé demasiado valor a la familia.  

En esas tardes de domingo comíamos muy rico, reíamos mucho, nos divertíamos entre nietos, y entre adultos y niños nos apretábamos en la sala de estar para ver algún partido de fútbol (como los del Mundial 86) o series de TV como “8 son suficiente”, cuya trama sobre una familia de 8 hijos hipnotizaba a todo nuestro clan, seguramente por la semejanza tan poco frecuente a nuestra realidad familiar.

A pesar de que éramos tantos nietos, mi abuelo Huáscar siempre me hizo sentir especial, me dio palabras de aliento y sabiduría, y también me regaló su sonrisa y buen humor.

Era muy joven cuando partió, pero su legado de “ser correcto”, “tener valores” y “tener raíces, pero no fronteras”, siempre me acompaña.

Historia, arte, cultura, figura y … travesura “¡Che bell ́uomo sarebbe arrivato nella bella Italia!” Que tú llegaras a vivir a Italia como Embajador de Bolivia, siempre lo consideré tan perfecto y prodigioso como el eclipse; cuando la tierra se interpone entre el sol y la luna.  Tu grandeza humana, abuelito, estaba a la altura de la historia y cultura de la “Bella Italia”; tu talento profesional al ancho de toda coyuntura nacional y mundial; y tu gusto por el placer de disfrutar la “Dolce Vitta” no podía estar más a pedir de boca. Recuerdo que en 1986 fuimos a visitarte. No permitiste que nos quedáramos sin visitar nada… Todo era digno de verse, conocer y comer. Nos llevabas maravillado por todo lado, y con tu fuerte voz pronunciabas los nombres de las calles exagerando en el acento mientras nos mirabas sobre el arco de tus lentes con una sonrisa, siempre invitando a la enseñanza… y al gusto por aprender. Mi manchi tanto. Con profondo amore,

El abuelo Huáscar fue muchas cosas… un ser ejemplar en muchos aspectos y por eso

tan querido y admirado por todo el mundo…

Muchos recuerdos e imágenes de él me acompañan, sus detalles, su risa, sus apodos, sus

gustos, su intención de involucrarse con las cosas que me importaban, tantos aspectos

que seguro serán nombrados por todos los que lo conocimos, pero para mí hay un

aspecto fundamental que marcó mi vida y hoy adopto en mi camino. No solo tuve la

suerte de recibir su amor de abuelo sino también de vivir en su casa donde conocí el

“AMOR INCONDICIONAL” que sentía por la gente que amaba, que yo lo vi

directamente de él hacia mi madre y después de ella hacia sus 3 hijos. Ese amor donde

sin importar si estaba de acuerdo o no, te escuchaba con un profundo respeto y una

sonrisa en su rostro, con ese amor en cada palabra y en cada una de sus miradas.

Gracias abuelo por enseñarme ese gran valor del amor a la familia.

Los recuerdos de lo vivido con el abuelo Huáscar se ubican en la Méndez Arcos. Se relacionan siempre con sus manos grandes, las comilonas y la bulla de toda la gente que nos reuníamos.  También está muy presente en mi memoria el respeto de la gente cuando era Presidente de la Corte Nacional Electoral (¿de los pocos consensos en la historia política reciente del país?). Luego, los recuerdos dialogan con las lecturas de sus escritos y las charlas con la gente que lo conoció. Dos lecciones me impresionan desde la adolescencia: su superación constante, desde abajo, gracias a su apuesta por el conocimiento; y, su valoración y respeto al diálogo y a las ideas de los demás, estuviese o no de acuerdo con ellas. 

Recuerdo una figura imponente, cuando me sentaba en tus faldas me sentía muy muy pequeña, imagino que era más una sensación que la realidad. Tus faldas eran como una hamaca confortable, donde podía estar mucho tiempo, sobre todo cuando me decías al oído que era “amás teligente”, eso me hacía sentir MUY inteligente. Una vez me fuiste a ver al teatro del colegio, yo era la ratona de biblioteca, y cuando te vi, en el público, me puse nerviosa y sentí mucha responsabilidad de hacerlo bien, tus ojos brillosos y tiernos que se camuflaban en esas frondosas cejas, me miraban fijamente. ¡La ratona tenía que hacer su mejor desempeño ya que su abuelo que irradiaba sabiduría, la consideraba “a más teligente”’.

Abuelito Huáscar:

Hasta ahora sueño constantemente con la casa de la Méndez Arcos 815, donde viví

momentos inolvidables.

Cuando pienso en aquellos días muchos recuerdos vienen a mi mente, sobre todo los

encuentros familiares mensuales donde llegamos a ser casi cincuenta personas, entre

abuelos, tíos y primos, disfrutando y gozando de una buena comida, charlas y juegos.

El gusto por el compartir, por comer rico, el amor por la familia, por Sopocachi, por el

conocimiento, por la diversidad, son solamente algunas de las tantas enseñanzas y

herencias que me dejaste marcadas de por vida.

Y una de las frases que la escuchábamos constantemente de ti y que guía mi vida: “con

raíces pero sin fronteras”.

Abuelito Huáscar, gracias por todo, te amo mucho y te llevo siempre en mi mente y en mi corazón.

Mis padres, Perico y Lupe, me bautizaron Ana Guadalupe, en honor a una líder salvadoreña. 

Pero fuiste tú quien me bautizó con el nombre que me marcaría: Guada. 

Recuerdo tu voz al llamarme así. A veces, también me decías «Ana Guada». Como cuando llegué una mañana a leerte «Marisol». Entonces, le decías a la mayor de tus hijas que no dejarías de trabajar nunca. Tu compromiso con el deber estaba por encima de cualquier recomendación médica. Eran los últimos días que te vería. Por fortuna, tu recuerdo quedaría impoluto. 

El humanista, el católico, el defensor de los derechos,  el sereno, el humilde, el sabio, el padre, el abuelo, el camino

Marcaste mi destino con tu forma de nombrarme; lo hiciste también con tu inspiración para la carrera elegida y para apostarle la vida a la educación y al conocimiento. 

Gracias por tu ejemplar vida, no sólo por los tantos logros obtenidos, sino por representar la utopía de la humanidad. 

Un verdadero «hombre nuevo». 

Gracias, por acompañar ese incomparable trayecto con una dulzura única y un admirable amor por la familia y por la vida. 

Dos historias breves del Huáscar. La primera ocurrió antes de que yo naciera. Estaba la Pichona detenida por los milicos, y escuchó pasos pesados que se acercaban a su celda. Cuando se preparaba para lo peor, se encontró con las pesadas y reconfortantes manos del Huascarote. –Parecía un gigante, y todos los milicos unos petizos cobardes– me dijo mamá, y como ella lo vio, lo vi yo. Un padre capaz de enfrentarse a quien sea por salvar a su hija. Me estoy quedando sin espacio, debo resumir la segunda. Huáscar Cajías Kauffmann era un brillante jugador de cacho. La primera “dormida” que padecí en mi vida fue de él. No dijo nada, dibujó una sonrisa de oreja a oreja y arqueó sus tupidas cejas, se levantó y se fue con paso victorioso. El “abelo” fue muchas cosas para mucha gente, para mí, vivir con él mi niñez, fue uno de los más grandes regalos de la vida.

Un verdadero «hombre nuevo». 

Gracias, por acompañar ese incomparable trayecto con una dulzura única y un admirable amor por la familia y por la vida. 

Lastimosamente, no todos los nietos tuvimos la oportunidad de poder compartir y vivir muchos años con don Huáscar Cajías, pero eso no fue un impedimento para que podamos aprender de sus grandes valores y su fortaleza mental, bien enseñadas por nuestros padres. A lo mejor el tema que más marcó  mi vida respecto a sus enseñanzas, era su capacidad de estudiar temas totalmente contradictorios a sus pensamientos e ideas, lo cual hacía para profundizar sus propios valores y para aprender de las personas que a lo mejor pensaban diferente. Nunca juzgar una ideología o tal vez simplemente un argumento antes de conocerlo a fondo, fundamento básico, que a lo mejor dejamos de lado hoy en día y es algo tan fundamental  para poder filosofar, entablar una conversación o tan sólo crear nuevos amigos, que me parece que deberíamos todos reflexionar sobre esto.

La frase que siempre la utilizo para crecer, que al abuelo le encantaba es: “Con raíces pero sin fronteras”.

Es una pena no tener más recuerdos con el abuelo Huáscar, sin embargo, al escuchar todas las anécdotas que cuentan las primas y primos, las tías y los tíos siento como si lo conociera de toda la vida. Tenía 4 años cuando volvimos de México y caímos, sin mucha sorpresa, en la casa del abuelo. Durante esos meses tuve la oportunidad de compartir con él todas esas pequeñas cotidianidades que unen a las familias. Lamentablemente no tengo muchos recuerdos, pero algo que me quedó hasta el día de hoy fue la vez que me encontró dibujando sentada en la mesa del comedor. Cabe recalcar que hace rato que había dejado los aburridos papeles de lado y me encontraba pintando en la mesa. El abuelo no tardó en llamarme la atención, pero, casi con una actitud divertida, me explicó que las mesas estaban hechas para comer, no para pintarlas. Dicha mesa aún se encuentra en el comedor de mi casa y no hay ocasión que coma encima (como bien me enseñó el abuelo) que no me deje con una sonrisa al recordar sus palabras.

Recuerdo ir a casa del abuelo en la Plaza España. Tengo la imagen de él en una chompa beige con rampante bigote e indomables cejas canosas. También un juego de ajedrez a su lado y toda la familia sentada en su oficina.  Cuando yo era muy pequeño él me levantaba y me hacía cosquillas en la barriga. Es un recuerdo que tengo hace más de 25 años y que atesoro mucho.

Si bien no he podido compartir muchos años con él, recuerdo como con su mirada profunda y sus ojos dulces, me hacía sentir muy segura. Siempre me hacía comer de todo pero me acuerdo en especial que me preparaba pancitos con mantequilla. Le encantaba morder mis cachetes y con su boca en mi ombligo me hacía muchas cosquillas.
Me acuerdo pasear con él en el jardín de su manito y mentiría si digo que me acuerdo de qué hablábamos, porque era muy pequeña y los recuerdos que tengo son sobre todo imágenes, no palabras; esas imágenes están acompañadas de un sentimiento de paz y admiración. Estoy segura de que en cada conversación, mi abuelito me enseñó sobre la vida, como lo ha hecho con tanta gente.

Recuerdo como si fuera ayer el día que le pregunté si podía decirle «abuelo» en un avión hacia Roma y él me empezó a decir «piquín king kong» y desde aquel día tuvimos una relación inolvidable. Los domingos, luego de la misa en los Carmelitas, íbamos a algún restaurante y mi reto secreto era demostrarle que podía comer todo lo que él me propusiese. El invitarme un buen plato era su manera de demostrar su cariño y yo feliz comía todo, ya que algo que teníamos en común era que éramos «buen diente» y hasta me gané su admiración comiéndome todo un picante surtido del restaurante «Surukachi». Fueron momentos muy lindos que para mí, en mi cuasi adolescencia, representaron la seguridad y estabilidad que necesitaba.

El ágape en la biografía de Huáscar Cajías

Por Lupe Cajías  02/07/2021

Confiesa Magie Ruiz, la mejor amiga de Huáscar Cajías Kauffmann desde su época de universitario, que él la invitaba a comer “cabecitas” de cordero en un local de Miraflores. Era entonces un muchacho de recursos económicos limitados, alquilaba una habitación en la casa de las hermanas Núñez del Prado, en Sopocachi, y almorzaba y cenaba en una de las ramas de la “Pensión Ruiz” que tan bellamente describe Fernando Andrade en uno de sus libros.

Cajías aprovechaba diferentes momentos del día –sea jueves o domingo, feriado o lunes por la mañana– para acompañar el alimento con el sentido que tenían los primitivos cristianos cuando convocaban a un ágape. La reunión alrededor de un pan para fortalecer la Solidaridad y la Unión, la Fraternidad era una costumbre cotidiana de Huáscar esposo, papá, amigo, colega, abuelo o simplemente como ser humano que cultiva ese Amor compasivo tal como lo describe La Biblia.

En un sentido ordinario, era fama el gusto de la estirpe yungueña de los Cajías por preparar grandes comilonas y disfrutarlas compartiendo con muchos convidados. Así sucedía con toda la parentela. En la casa de la Méndez Arcos 815 de los Cajías todos los días había amigos. A la hora del té, más de 20 chiquilines del colegio o del barrio disfrutaban una bebida caliente, una marraqueta con mantequilla, queso, mermelada y a veces paté de hígado o carne frías “Stege”.

Huáscar Cajías bendecía los bocados. Compraba 10 pesos de pan cada jornada para que alcance y sobre; algunos de sus estudiantes olían asombrados que llegaba a la clase con un paquete con embutidos entre los libros. Norita Claros recuerda que al salir de “Presencia” le invitaba algún entremés en “Las Velas” y compraba chicharrón o fritanga para sus hijos, aunque a veces era ya de noche. Celebraba especialmente las festividades anuales con las tradiciones: api con buñuelos, maní tostado, chairo, dulces en miniatura, sucumbé, anticuchos, puchero, bizcochuelo, sea la novena para la Virgen, el aniversario paceño, Carnavales, Semana Santa, Navidad, Todos Santos…

Carmen Terrazas comenta que lo primero que hizo cuando la reconoció en la calle fue comprarle un chocolate. Cada domingo llevaba salteñas a sus suegros. Martha Elena, su comadre colombiana, se sentía protegida porque Huáscar le preparaba su cena cuando ella esperaba a su hijo Fernando. Era famoso entre las caseritas de los mercados Camacho o Sopocachi por su habilidad para escoger frutas y su conocimiento para pedir los cortes de la carne. Sus amigos esperaban su cumpleaños para celebrar con un picante surtido con siete diferentes carnes y todo tipo de guarniciones que se servía en bandejas por su abundancia. Atendiendo varios trabajos como sabio multifacético y a cientos de alumnos, tenía tiempo para cocinar para sus hijos y nietos, aunque llegaron a ser casi 50 comensales.

Cualquier mendigo que tocaba su puerta recibía un plato de comida caliente; nunca una sobra.

En el sentido divino, Huáscar Cajías K. cumplía todos los amores que Jesús enseñó entre sus discípulos: el amor romántico, el amor familiar, el amor fraternal y el Amor a Dios. El Ágape en el sentido más perfecto del banquete, del com-Partir, de la Re-Unión, de la Comunión, de la Caridad.

Por ello, sus descendientes en diferentes continentes lo celebrarán en su Centenario este 7 de julio de 2021 con la Misa y con la Mesa, donde seguramente se sentirá su aliento vital; el soplido de la presencia de lo sagrado.

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El hombre sabio que conocí

Por Beatriz Villa-Gómez Cajías – 1997

El Dr. Huáscar Cajías K. fue director fundador de PRESENCIA. Su vasto saber y su probidad se manifestaron en el periodismo, en la cátedra y en otras disciplinas que exigen equilibrio y justa comprensión de los fenómenos humanos. Está demás decir que su regla de oro provenía de la doctrina cristiana, de la Iglesia Católica. Al cabo de un año de su desaparición física, su nieta primogénita Beatriz Villa-Gomez Cajías nos da otro perfil de Don Huáscar, y así, confirma que, entre el ciudadano ejemplar y el padre y abuelo cariñoso, no había ninguna diferencia, salvo la que formalmente quiere señalar la vida pública y la vida privada.

«Yo, la Sabiduría, habito con la prudencia, y poseo la ciencia y la reflexión.

A mí me pertenecen el consejo y la previsión, mía es la inteligencia, mía la fuerza.

Yo amo a los que me aman, y los que me buscan con diligencia, me encuentran.

Conmigo están la riqueza y la gloria, los bienes durables y la justicia.

Mejor es mi fruto que el oro, que el oro puro; y mis productos son mejores que la plata escogida». (1)

El elogio que hace de sí misma la Sabiduría es, probablemente, el elogio que me gustaría hacerle a la persona sabia que conocí. Fue ella quien, entre sus múltiples enseñanzas, me demostró que la sabiduría no debe ser un mito atribuido a los dioses omnipotentes, pues se reduce a un comportamiento consecuente, prudente y noble. La sencillez de esta definición no hace más que adecuarse a lo que el hombre sabio es en esencia.

Huáscar Cajías fue un hombre sencillo; la razón de mi orgullo radica, inevitablemente, en que fue un hombre sabio.

En esta ocasión, me cuesta ser objetiva porque, irremediablemente, existe un lazo muy fuerte que me une a él. Más allá de una relación familiar, más allá de una herencia de sangre, se trata de un lazo inquebrantable de amor.

Mi abuelo estuvo en mi vida como un rayo solar permanente y sereno, de esos que causan, por el simple hecho de estar allí, un adormecimiento copado de luz y de calma. Estar a su lado, aún en los momentos más difíciles, fue siempre un consuelo, una nueva lección y una razón para sonreír.

Los diferentes artículos de prensa que se refirieron a su vida y a su muerte, utiliza­ron, para calificarlo, apelativos como «maestro de generaciones», «excelente penalista y criminólogo», «incorruptible pe­riodista», «hombre probo», «garantía de confiabilidad», etc. Todos ellos me llenaron de alegría, sobre todo porque estoy conven­cida de que esas enorgullecedoras califica­ciones no se redujeron a una vida pública, sino que son el resultado de principios que abarcaron, además, una vida privada ejem­plar, en la que agradezco haber estado in­miscuida.

Fue una persona transparente; no era di­fícil conocerlo en plenitud. En cualquier cir­cunstancia reflejaba, modestamente, su bon­dad, su ternura, su ilimitada capacidad de comprensión y su exquisito ingenio. Nunca me costó imaginar lo que frecuentemente mi madre me contaba sobre él; su vida como niño, joven y adulto pasa por mi ca­beza como una cinta de película en blanco y negro… nítida.

Debido a la Guerra del Chaco y a la se­paración de sus padres, se fue a vivir, desde muy pequeño, a la ciudad de Buenos Aires. Allí completó la primaria e hizo toda la se­cundaria. Ante la suficiencia y arrogancia de sus compañeros del internado salesiano en el cual estudiaba, el llamado «bolivianito» concluyó sus estudios como reconocido abanderado.

Al llegarle la hora de optar por alguna carrera universitaria, se le presentó la posi­bilidad de permanecer en Buenos Aires, ciudad que le ofrecía múltiples oportunidades y atractivos culturales. Sin embargo, de­cidió volver, aun sin la compañía de su fa­milia, a su querida La Paz, donde, por algún tiempo, vivió solo en una habitación que las hermanas Núñez del Prado le alquilaron. Primero cumplió con el servicio militar, del cual no quiso ser evasor y, posteriormente, inició sus estu­dios de Derecho y Filosofía y Letras en la Universidad Mayor de San Andrés.

Desde muy joven, alternó sus estudios con actividades en la Acción Católica. Así fue que conoció a Beatriz de la Vega, con quien se casó el 20 de mayo de 1948. «Fue un encuentro de dos seres que tenían un mismo proyecto de vida: servir a Dios en todas sus actividades y tener una enorme familia», es la frase que escuché varias ve­ces. No cabe duda de que tal proyecto se convirtió en una realidad digna de ser vivi­da intensamente. Planificaron doce hijos y tuvieron diez. Me cuentan que, ante el asombro de amistades y parientes por las exigencias económicas que demanda una familia de tal magnitud, mis abuelos asegu­raban que cada bebé traía consigo un pan bajo el brazo.

En la casa de los Cajías nunca sobró nada, pero tampoco faltó. El padre de fami­lia se aseguró de que sus hijos recibieran una buena educación, abundante comida y libros. Siempre predicó que el hombre de­bía luchar por no caer en una una condición miserable y, por lo tanto, poco digna.

Sus hijos fueron creciendo, primero en el Montículo, cuya plaza se convirtió en el jardín familiar, y luego en una casa de la Méndez Arcos, donde aún respiro su aire.

Sé que, como jefe de familia, nunca dejó de estar al tanto de los problemas, inquietu­des y logros grandes y pequeños de sus hi­jos y su esposa. Se preocupaba de las com­pras del mercado, de las rebeldías de los adolescentes, del baño del infaltable bebé, de las calificaciones y tareas escolares y de las enfermedades. No había detalle que él dejara escapar, ni tema de conversación que no conociera.

 

Por lo menos dos veces por semana, mis abuelos reservaban su tiempo para ir juntos al cine o a un partido de fútbol. Todos los domin­gos asistían a la misa de once del Montículo y llevaban una vida social activa.

En 1968, mi abuela Beatriz enfermó gra­vemente y falleció, dejando a un marido viudo que, con amor e inteligencia, cuidó y vigiló el crecimiento y la convivencia de sus diez hijos huérfanos. Mi abuelo dejó la lección que hoy su familia debe practicar porque, a pesar de sentirse mutilado e incompleto para enfrentar la vida, lo hizo con enorme fortaleza de espíritu y fe en la misericordia y en los designios de Dios.

Tuve la suerte, el privilegio de ser su primera nieta y su ahijada. Desde pequeña, «mi abuelito Huáscar» estuvo presente en mi vida, si­guiendo de cerca mi crecimiento y apre­ciando con detalle y calidez –como lo hacía con todos–, cada nue­vo paso que daba. Siempre fue un abuelo que gozaba de las ocurrencias de sus nietos, y cada insignificancia representaba para él un importante motivo para sentirse orgullo­so.

Los domingos familiares constituyen mi más recurrido recuerdo de infancia y adolescencia. El protagonista de esas reuniones era mi abuelo quien, nunca con afán de os­tentación, sino de infinita generosidad, ofre­cía abundantes platos de comida y diversas variedades de dulces. El delicioso sabor del tradicional «jugo de abuelo» (jugo de la car­ne de vaca), va relacionado, inevitablemen­te, con quien lo repartía con indescriptible satisfacción.

Mi abuelo Huáscar siempre tenía tiem­po para hablar con todos, se ponía al tanto de los proyectos de unos y de los problemas de otros; daba consejos y compartía alegrías personales y colectivas. Además, nunca dejó de estar presente su enorme sentido del humor que arrancaba carcajadas a cada momento.

Empiezo a extrañar sus fiestas de cum­pleaños, donde ofrecía toda dase de pican­tes; y las fiestas navideñas, en las cuales re­partía estupendos canastones, siempre con el afán de construir buenos momentos.

 

Recuerdo que, aun estando muy delicado de salud, se se­guía preocupando por los libros de periodismo o comunicación que consideraba impor­tantes para cultivar mi carrera y mi futura profesión.

Fue un padre y abuelo estricto (sólo bas­taba ver cómo se fruncían sus espesas cejas negras) pero, al mismo tiempo, inmensamente comprensivo, tal como lo fue en su trabajo y en su profesión. Su ejem­plo persuadía a seguirlo, aunque nunca im­puso formas de vida ni ideologías. Siempre respetó todos los puntos de vista de sus seres queridos y rescató lo mejor de cada uno.

 

Ya enfermo y avejentado, nunca perdió las ganas de vivir y permaneció aferrado a la vida, a su país, a su Iglesia, a su trabajo y a su familia. No dejaba de planificar un nuevo almuerzo o un fin de semana en el campo; no dejaba de preocuparse por los horarios de su trabajo y por las evaluacio­nes de su cátedra, ni tampoco dejó de tener una buena novela policial oculta entre las sábanas blancas de la clínica, para leerla y comentarla con los médicos y enfermeras. No cesó de preguntar acerca de lo que pasa­ba en su país, tan querido, y en el resto del mundo, tan urgido de justicia.

 

Finalmente, en vísperas de su muerte, nos dejó, con su entrega, la paz que en ese momento todos necesitábamos. También fue sabio en el momento de morir…

 

Alguna vez me había recomendado que –como hermana y prima mayor– nunca debía ser una dictadora, sino “simplemente” una reina. Le prometí intentarlo; me gustaría ser recordada como tal cuando me toque dejar el mundo terrenal y volar a su encuentro.

(1) La Santa Biblia. Proverbios 12,14, 17, 18 y 19. Pág. 753. Ediciones Paulinas. 17. Edición 1973.

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El periodista, abogado y filósofo

A 10 años de su partida, homenaje de la Asociación de Periodistas – 2006

Sin duda, esta velada estará cargada de emociones para todos los que nos hemos dado cita en esta institución con el objeto de recordar a un gran periodista, abogado y filósofo.

Huascar Cajías Kauffmann se fue hace diez años, pero su imagen, la del hombre honesto, sereno, fiel a sus convicciones, demócrata y comprometido con su país, sigue tan vigente hoy como hace veinte o treinta años.

Podríamos recordarlo desde diversas ópticas: la del padre, la del periodista, la del maestro universitario o la del funcionario público. En cualquiera de ellas, encontraremos a un hombre apasionado, fiel a sus principios y profundamente católico.

Cuando evoco su imagen, me llegan los recuerdos de cuando de niño visitaba la redacción de “Presencia” en busca de mi padre y, de pronto, aparecía don Huáscar, con ese andar lento y silencioso, que lo hacía aparecer como si no le fuese necesario pisar. Ni bien se daba la voz de alarma de su presencia, todos quienes se encontraban en animadas pláticas, se esfumaban para evitar reprimendas. Pero una vez que el director iniciaba una conversación con algún periodista, todos se reunían a su alrededor para escuchar, comentar y reír… Era un ambiente de trabajo animado, en el que reinaba el entusiasmo y el respeto.

Tuve también la ocasión de entrevistarlo cuando ya había dejado el periodismo y se había dedicado a la construcción de la Corte Nacional Electoral luego de su retorno al país, al haber culminado su misión como embajador de Bolivia ante la Santa Sede.

La entrevista fue larga y sincera. Un viejo periodista contestaba –sin la prisa y el enfado que caracterizan a las autoridades– a un joven periodista. En realidad, fue una lección de periodismo, democracia y civismo en, la que demostró, que él fue siempre él, un hombre íntegro y cordial, sin importar su posición o la coyuntura.

Creo que la democracia boliviana le debe mucho. La edificación de la Corte Nacional Electoral como una institución independiente, confiable y altamente eficiente, seguramente, no fue fácil en aquellos momentos en los que nuestro sistema político precisaba de una inyección de credibilidad. Don Huáscar Cajías la levantó y la dejó tal como era él, transparente y abierta.

Pero también fue un gran educador. No sólo por la docencia universitaria que ejerció por 50 años y la organización de la carrera de derecho de la Universidad Católica, sino también por las obras que sobre derecho y pedagogía escribió. Su Tratado sobre Criminología sirvió para educar a varias generaciones de estudiantes, no sólo de Bolivia, sino también de Latinoamérica.

Permítanme mencionar algunas de sus obras como ejemplo de su vocación. Biología Pedagógica, Apuntes de Derecho Penal Boliviano, El alcoholismo ante las Ciencias Penales, Elementos de Penología y Psicología Pedagógica, y decenas de artículos sobre filosofía, ciencia política y cristianismo. En los 34 años que dirigió “Presencia” creó una auténtica escuela de periodismo en la que exigía ética, excelencia y una permanente búsqueda de la verdad.

De las condecoraciones y premios que recibió, entre ellas «El Cóndor de los Andes» y el «Premio Nacional de Literatura», quiero destacar dos, porque corresponden a su faceta periodística:

El Premio Internacional “María Moors Cabot” de la Universidad de Columbia de Nueva York, que le fue conferido como reconocimiento a su contribución al entendimiento entre personas y naciones de las Américas y a su acción en defensa de los valores humanos y libertades,

Y el Premio Nacional de Periodismo, otorgado por esta institución como reconocimiento a su larga lucha en defensa de la libertad de prensa, la libertad de expresión y los derechos humanos.

Al recibir el Premio “María Moors Cabot”, declaraba, con esa su sinceridad siempre atinada, dijo: «No voy a negar que me siento feliz de haber conseguido un premio. Creo que sería absurdo negarlo. Pero quiero hacer notar que este premio no es propiamente individual… Un periódico es un trabajo colectivo, trabajo en el cual uno dirige, pero a veces cosas más duras, mejores, o más sacrificadas las hacen personas anónimas. Creo que ‘Presencia’ se ha caracterizado por un admirable sentido de cuerpo. Es eso lo que ha llevado al premio. Yo soy simplemente en este caso, la figura visible”.

Vayamos más allá y recordemos el siguiente apunte que sobre Cajias hizo el colega Antonio Miranda: «Bonachón y juguetón en los ratos de descanso, disciplinado y de una correcta severidad en el trabajo, el director Cajías sabe combinar a la perfección esas dos vertientes de la vida, en un estuario que se llama rendimiento en armonía y satisfacción en conjunto que, indudablemente, es una de las fuentes de éxito que ha logrado para ‘Presencia’».

A este hombre, hoy deseamos dedicarle un homenaje recordándolo como periodista y como el hombre que fundó y consolidó «Presencia», uno de los periódicos más respetados y serios de su época.

Para ello hemos invitado a tres periodistas que compartieron con él, seguramente momentos difíciles y gratos, en la sala de redacción y en la apasionante tarea de contar a miles de lectores, la versión más fiel a los hechos.

Muchas Gracias.

 

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A su fundador: Don Huáscar Cajías Kauffmann

Homenaje de la carrera de Derecho de la Universidad Católica Boliviana “San Pablo”

Director del Departamento de Derecho de la UCB – 2006

A diez años de su partida, el Departamento de Derecho de la UCB se suma a los actos recordatorios y celebratorios de la vida de su fundador, Don Huáscar Cajías Kauffmann, como un justo homenaje de varias generaciones de estudiantes, docentes y administrativos que tuvieron el privilegio de pasar por sus aulas y trabajar junto a él.

Para quien habla, recordar a Don HCK es pensar en el padre de amigas y amigos muy cercanos y retrotraerse fundamentalmente a la época universitaria. Al igual de muchísimas generaciones, tuve el privilegio de tener a Don HCK como profesor en la materia de Criminología y la satisfacción personal de haber disfrutado y aprovechado genuinamente sus enseñanzas, a pesar de mi débil inclinación por la Ciencias Penales.

Recuerdo en forma especial la magia de las clases de Criminología en el piso 13 del Monoblock de la UMSA, abarrotadas de estudiantes de Derecho y de otras facultades, en las que Don HCK abordaba temas jurídicos, sociológicos, biológicos, psicológicos o filosóficos, con la mayor sencillez y profundidad y captaba la atención y el interés continuo y creciente de su auditorio estudiantil.

Su vocación de servicio en el campo de la docencia universitaria se encuentra acreditada por varias ediciones de su libro Criminología, utilizado a lo largo de varias generaciones de estudiantes bolivianos y latinoamericanos y de su libro Psicología Pedagógica, texto obligado de estudio para docentes de la educación secundaria y superior.

Hoy, después de 36 años y desde mi posición de Director del Departamento de Derecho de la UCB, valoro -desde la perspectiva de la docencia y la gestión académica- el método de transmisión de sus conocimientos, pero fundamentalmente de sus valores y de sus enseñazas. Hoy en día, resulta cada vez más difícil sostener la atención de nuestros auditorios estudiantiles y son pocos los profesores que cautivan y fascinan a sus estudiantes.

Es de aquellas épocas en que recién se conoció la TV en nuestro medio la reflexión de Don HCK que refería que los medios de comunicación social, en especial el cine y la televisión, podían convertirse en un agente de inducción y enseñanza de prácticas delictivas y destacaba la importancia de esos medios en la transmisión de valores y antivalores.

De esas épocas universitarias, recuerdo que Don HCK fue, sino el único, uno de los pocos docentes que respeto la llamada «Revolución Universitaria» de 1970. La figura incuestionable del catedrático de Criminología y del Director del periódico «Presencia» permaneció incólume, mientras la del empoderamiento estudiantil arrasaba, con y sin razón y por motivos políticos, con docentes de larga trayectoria profesional y científica.

En el ámbito de la Universidad Mayor de «San Andrés», la integridad intelectual y moral de Don HCK constituyó sin duda un modelo para centenares de estudiantes de Derecho y Humanidades que admiraban en él, su genuina vocación de servicio docente, su independencia personal y política, su compromiso con el pensamiento social de la Iglesia y su pasión por la libertad y la verdad.

Pasado el tiempo, tuve el honor de trabajar con él en la docencia universitaria, cuando me llamó, la primera vez, para impartir la materia de Derecho Civil I. En 1989 y con el propósito de establecer una alternativa a la UMSA, la Conferencia Episcopal Boliviana encomendó a Don HCK la organización de una Carrera de Derecho, en la Universidad Católica Boliviana «San Pablo».

La organización de esa unidad académica se dio en el marco de la misión de la Universidad Católica Boliviana, relacionada con la búsqueda de la verdad mediante la investigación, la conservación y comunicación del saber para el bien de la sociedad, en el campo jurídico.

La Carrera de Derecho inició sus operaciones en el primer semestre del año 1990, con la enseñanza de 6 materias introductorias y 128 alumnos. Bajo las bases y gestión de su fundador, la Carrera de Derecho llegó a registrar una matrícula superior al millar de alumnos y se constituyó rápidamente en un destacado centro académico de formación superior, en el campo del Derecho.

En su gestión directiva, Don HCK se esforzó siempre por seleccionar a profesionales idóneos, desde el punto de vista académico y ético, para impartir cátedra en la Carrera de Derecho. Su ascendiente personal sobre alumnos y profesores fue un factor básico en la gestión académica que contribuyó, según criterio generalizado, a que las primeras las primeras promociones resultan las mejor formadas.

De esta época, recuerdo con especial afecto su llamado y consejos para impartir la materia de Filosofía Jurídica, a medio semestre y en curso de casi un centenar de alumnos. Esa materia me dio la oportunidad de establecer una larga relación con la Universidad Católica Boliviana y de conocer, desde la óptica del docente, los problemas, limitaciones, desafíos y habilidades que supone el proceso de enseñanza y aprendizaje, en el campo del Derecho.

En los años 90 y siempre en el ámbito de la obra de la Iglesia Católica, tuve también el honor y la satisfacción de compartir con Don HCK como miembros del Directorio del Periódico «Presencia». Durante todos esos años, tuve la oportunidad de comprobar una vez más la enorme talla intelectual y moral de Don HCK, también fundador de ese importante matutino.

Me impresiona todavía el ascendiente fresco y firme que ejercía sobre directores, periodistas y empleados de «Presencia», pero también sobre los obispos de la Conferencia Episcopal de Bolivia. Don HCK era una referente obligado de consulta en cualquier tema político e institucional y su palabra tenía un peso definitivo en las reflexiones y decisiones de nuestros Obispos.

Del paso por el periódico «Presencia», registró también su extraordinario sentido del humor y su ironía y, alguna vez, su mirada de niño travieso tratando de alcanzar algún bocadillo que le estaba prohibido, por razones médicas. Con ironía, se refería al castellano «inflacionario» cuando revisábamos documentos redactados en forma complicada y barroca y hacía hincapié en formulaciones precisas y claras.

Años después de su muerte y en mi calidad de Vocal de la Corte Nacional Electoral, tuve también la oportunidad de conocer de cerca las huellas de su trascendental paso por el organismo electoral. Como registra la historia política de nuestro país, Don HCK se hizo cargo de la conducción de la Corte Nacional Electoral, en un momento de crisis del sistema electoral boliviano. Único merecedor -en mi criterio- del denominativo de notable, Don HCK dotó al organismo electoral una independencia y credibilidad que nunca antes había tenido. Junto a sus colaboradores, sentó las bases de institucionalidad del organismo electoral que han permitido a nuestra democracia llegar a donde ha llegado.

Durante su gestión en la Corte Nacional Electoral, fue impulsor también de la recuperación y modernización del Registro Civil, como un servicio público independiente de los órganos de policía administrativa y régimen interior del Estado, articulado al Padrón Electoral y al ejercicio de derechos humanos fundamentales.

Finalizo ese breve repaso y afirmo que Don HCK fue un ejemplo de vida para varias generaciones de bolivianos, en el campo del Derecho, la Comunicación Social y el conocimiento humanista. Su paso por la docencia universitaria y la gestión académica, el periodismo y la función pública ha quedado definitivamente registrado en la memoria colectiva, para bien de todos los bolivianos.

Esta es -entre otras- la razón por la que, a iniciativa del Departamento de Derecho, la Universidad Católica Boliviana «San Pablo» ha nominado a la cátedra extraordinarias sobre «Democracia», con el nombre de HCK, como ejemplo de compromiso cotidiano con la libertad, la verdad, la justicia y la solidaridad.

Muchas gracias.

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Punteo sobre Huáscar Cajías K.

Homenaje de la Corte Nacional Electoral – 2006

  • Satisfacción del homenaje conjunto entre la Fundación HCK y la CNE: un lugar apropiado, pues de la larga trayectoria pública y privada de HCK, tres lugares merecen un sitio especial: el periodismo, la cátedra y la CNE donde su acción ha dejado una huella muy honda.
  • Objetivo de la breve charla: Poner esa acción en perspectiva, lo que exige referirse a lo que sucedió antes y después de la presidencia de HCK.
  • El punto de partida: Un organismo electoral creado hace medio siglo, sin vigencia permanente en el tiempo, con vocales a las órdenes del partido dominante; se trata de un árbitro con la camiseta oficialista que no constituye una garantía para todos los partidos.
  • El retorno a la democracia ofreció algunas modificaciones: La CNE tiene un funcionamiento regular y fue integrado por los principales partidos -ya no sólo por uno- pero su autonomía, independencia, imparcialidad, consagrados en la Constitución, no se ejercen. La principal demostración se ilustra en la presidencial de 1989.
  • Esos comicios tienen un efecto profundo en el país que comprende la necesidad de cambiar el funcionamiento del organismo electoral. Esa exigencia fue comprendida por el Estado que estableció los Acuerdos de 1991 que modificaron las reglas de designación de los vocales de la CNE al exigir la obligación de los 2/3 de votos parlamentarios y fijaron el principio de preclusión. No se trata sólo de un principio aritmético, sino de un principio político.
  • A partir de ese momento, se sentaron las bases para que la CNE sea, de verdad, un árbitro imparcial, ecuánime, capaz de organizar elecciones limpias al mismo tiempo que elecciones eficientes.
  • Se trató de una conquista de la sociedad, de una demostración de responsabilidad por parte de las autoridades políticas del gobierno y de la oposición de ese momento, del esfuerzo impresionante de quienes asumieron la primera tarea de organizar una CNE que rompiese con las prácticas del pasado.
  • Aquí destaca la personalidad, la obra de HCK a la cabeza de la CNE elegida en 1991 y reelegida en 1995.
  • Su trayectoria de hombre demócrata y honesto fue decisiva para encarnar el cambio de conducta, de comportamiento; su personalidad fue clave para asegurar la credibilidad de una organización que tenía su segundo nacimiento, aquel que es conforme al espíritu de cualquier organismo electoral; su trabajo fue fundamental para asegurar la cohesión de la CNE y de las CDE, orgullosas de tener como presidente a un hombre ejemplar; su compromiso fue decisivo para consolidar los cambios que impulsaba la CNE.
  • El fruto de ese trabajo se vio reflejado en elecciones limpias, cuyos resultados no fueron cuestionados; es más, la confianza que le tenían los partidos y la ciudadanía permitió sobrellevar sin complicaciones los errores que se presentaron en administración de la presidencial de 1993.
  • El aporte decisivo de HCK necesito una compañía que estuviese a su altura pues el trabajo de organismo electoral no es obra de una sola persona: el país tuvo el acierto de conformar en 1991 una Sala Plena de primer nivel, que a su vez eligió bien a los funcionarios que respaldaron su labor, además de integrar CDE con ciudadanos igualmente meritorios.
  • Si ahora estuviese aquí HCK qué encontraría después 10 años. Tal vez le llamaría la atención muchos cambios: Hoy la CNE administra, además de la presidencial y de la municipal, la elección de prefectos, de asambleístas y los referendos, con un Padrón de votantes que creció casi en 2/3; tiene que supervisar el financiamiento a los partidos y participa, de alguna manera, en la vida interna de esas organizaciones supervisando la democracia interna; ahora la CNE concede una importancia fundamental a la educación ciudadana, ocupando un lugar de vanguardia en América del sur, y ha incorporado entre sus funciones tareas de geografía electoral; el desordenado RC que recibió la CNE se ha modernizado y tiene un trabajo más coherente aunque aún queda camino por avanzar. Cuántos cambios, que han incluido la adquisición de una nueva sede.
  • Sin embargo, y así me gustaría que fuese, con cuánta facilidad reconocería en la CNE los valores por los cuales trabajó: Firme independencia ante los Poderes del Estado y los partidos, aunque ello acarree sinsabores personales, exigencia constante de autonomía para conducir todos los procesos sin interferencia de ningún tipo e imparcialidad estricta ante todos los actores.
  • Quisiera terminar señalando que la CNE no le rinde hoy un homenaje a HCK, no, lo hace todos los días, apegada al legado que nos dejó. Esta noche sólo ha sido la oportunidad para expresarlo públicamente y en presencia de sus familiares más queridos.

 

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Húascar Cajías Kauffmann, comunicación, moral y ejemplo

Armando Mariaca Valdez – 10 de octubre de 2006

Cuando murió don Huáscar Cajías, se fue con él un gran valor de la historia de la comunicación en Bolivia; pero, dejó legados indelebles en la vida de quienes fuimos sus amigos y lo conocíamos profundamente. Dejó, sin duda alguna, ejemplo de vida hecha comunicación, entrega, conciencia de país y vocación de servicio.

Cuando en 1951, conjuntamente Mons. Sergio Pignedoli, Nuncio del Papa; Mons. Abel Isidoro Antezana y Rojas, Arzobispo de La Paz; los dirigentes de la Acción Católica Boliviana: Hugo Andrade Reguerín, Hugo Velasco Medina, Jorge Fernández, Federico Castillo Nava, Hugo Rada Monje y yo, que, por entonces, trabajaba en Ultima Hora, la idea de fundar un diario confesional que responda a la línea de la Iglesia, parecía una utopía, un espejismo que en las primeras ilusiones desaparecía, por lo imposible que parecía. Entonces, Huáscar Cajías y Mons. Pignedoli, casi al unísono, dijeron: «¿Imposible para un cristiano-católico? Es palabra que debe ser desterrada, porque no sólo se encarará un trabajo sino una misión, un apostolado, con la ayuda de Dios».

Huáscar, en una de sus solemnidades, dijo: «Lo que se emprenda en nombre de Cristo, no merece ni duda ni miedo alguno; lo grave es, cómo le damos nombre a ese propósito». Desde entonces – junio de 1951 – se barajaron muchos nombres para el periódico y sólo casi en las vísperas, el 26 de marzo de 1952, luego de haberse propuesto muchos títulos o denominativos para el semanario Mons. Pignedoli dijo: «Presencia». A nadie se le habría ocurrido y todos los presentes, incluido Mons. Antezana, mostramos un vacío con ese título, tan poco ortodoxo, tan ausente de la realidad que se conocía a nivel de diarios y periódicos. Luego de muchos minutos de desacuerdos y nuevas sugerencias, el representante del Papa, señaló: «Presencia será la presencia de Cristo y su Iglesia en el laicado, en la comunicación, y sólo el tiempo demostrará cuán importante será». Estas palabras fueron suficientes para que Huáscar sea el primero en mostrar pleno acuerdo, aunque, dijo, «con alguna reticencia por no encontrarlo práctico».

Salió Presencia como semanario el 28 de marzo de 1952 con el firme propósito de servir al país con la palabra de Cristo y su Iglesia; pero, sin intromisión decisiva de la jerarquía sino como palabra de los católicos convencidos de su fe, conscientes de lo que querían llevar a cabo como apostolado, como entrega, dedicación y amor al país. El Dr. Cajías infundió coraje y fe en la obra iniciada; fue el que dijo: «Sin experiencia, sin haber pisado una imprenta y sin más armas que nuestra fe, iniciamos esta misión de apostolado laico, contando tan sólo con un impulso humano que tiene experiencia, Armando Mariaca, joven aun que trabaja en Ultima Hora como periodista; él será nuestro factor de aprendizaje; pero, sobre todo, será el amigo de siempre, el que nos acompaña desde hace muchos años en los avatares de la Acción Católica».

El entusiasmo fue grande como grandes resultaban las dificultades a enfrentar, los problemas que resolver, las exigencias de la Editorial Ultima Hora y las del público que seguramente esperaba más o, tal vez, posiciones de combate, demostrar, de entrada, los errores de las autoridades y de ser, en lo posible, combativos con lo que hasta entonces habían sembrado la política y los gobiernos; pero, ahí estaba Huáscar, el detente que evitó traspasar fronteras de lo ecuánime, racional, sereno y equitativo. El entendía que, para servir, es preciso comprender y para servir y comprender mejor, es bueno amar.

Así, con fe, esperanza y amor surgió Presencia, el diario que a decir de Mons. Pignedoli, hizo historia de un periodismo honesto, digno y capaz de llevar al papel el amor de varios conjuntos de jóvenes que, siguiendo el ejemplo de su Director, estaban dispuestos a colocar al periódico en sitial preferente. Fueron los militantes de Acción Católica, hombres y mujeres, los primeros «canillitas» o vendedores del semanario Presencia; su difusión era una misión más, un deberá cumplirse; pero, poco a poco, el público reclamaba el semanario y lo hacía a los canillitas que empezaron a pedirlo, vocearlo y venderlo.

Pasaron los años y, en octubre de 1958, Presencia se convirtió en diario, aún con imprenta alquilada y con muchas dificultades; pero, con el ánimo e ímpetu de Huáscar Cajías que estaba seguro de vencer el nuevo desafío. Se incorporaron Dn. Alberto Bailey Gutiérrez, Mons. Juan Quirós y otras personas que admiraban la fortaleza del semanario y, tal vez, querían saber cuáles eran sus secretos. En realidad, no había secretos; pero sí había espíritu, coraje, amor y vocación de servicio –valores que no siempre recorrían las páginas de otros periódicos–.

Presencia adquirió un lugar preminente en el periodismo nacional, y en el exterior era considerado como el prototipo del verdadero diario cuya seriedad, ecuanimidad y sentido de los derechos del ser humano al calor de la doctrina de Jesús se consideraba y, además, se respetaba su línea editorial, la seriedad y responsabilidad de sus noticias, sus columnas y artículos. Huáscar Cajías –según lo que comentaban por esos años los propios obispos– supo insuflar al periódico un espíritu amplio donde no cabían preferencias de ninguna especie, donde se alojaban las ideas y criterios más dispares siempre que no atenten contra el bien común y no afecten la línea confesional del periódico. De ese espíritu estaban consubstanciados quienes trabajaban bajo el mando de Cajías.

Pasaron los años y con ellos los problemas y dificultades; muchos de ellos fueron superados; pero, había necesidad de crecer, de remediar lo que era motivo de retraso en los planes. En 1964 se inició un proceso de cambio, empezando por una auditoría y un estudio integral del periódico. Huáscar Cajías y su equipo cooperaron en el proyecto. Se empezó con una nueva gerencia y la aplicación de políticas empresariales que dieron lugar a vencer las dificultades y a un actuar ordenado, técnico, sin abandonar la línea y en consonancia con el Director y el Co-Director de ese entonces. El Directorio, conformado por Mons. Genaro Prata y por hombres que habían sido dirigentes de Acción Católica, se inició la obra de cambio, una especie de reingeniería que dio buenos resultados.

Pasaron otros años, renunció el Co-Director en 1969 y fue Renán Estensoro quien asumió la Subdirección; junto a Huáscar, cumplió con los propósitos establecidos y en 1976 también se alejó del periódico para cumplir una misión diplomática. Entonces fue que yo asumí la Co-Dirección –cargo que se restableció porque, hasta entonces, yo ocupaba la Gerencia desde el año 1969–.Trabajé junto a Huáscar hasta el año 1985 en que él dejó Presencia y, por invitación del gobierno asumió la Embajada en el Vaticano. Durante diez años lo acompañé en la Dirección.

Referirse a Presencia es, en este día, una forma de recordar a Huáscar Cajías porque ese periódico fue sinónimo de su fundador que, con amor y dedicación, supo encarar las dificultades e insuflar valentía y responsabilidad a quienes trabajamos con él. Era de un alma noble y de un corazón muy grande. Sabía entender a las personas y, en medio de risas, golpes en la espalda y un mirar sereno, sabía infundir lo que cada persona requería. Conocía el alma humana y le buscaba resquicios para adormilarla o dar soluciones a los problemas. El Derecho para Huáscar Cajías no fue una disciplina o una profesión que implique cargos o ganancias financieras; era, el medio de entender los derechos y deberes del ser humano; era la forma más cabal de practicar la libertad con responsabilidad porque lo contrario era libertinaje y él era enemigo de esa prostitución de lo que implica libertad para el hombre. Decía, muy seguro: «Libertad no es hacer lo que uno quiere sino amar lo que se hace porque nosotros, hijos de Dios, no podemos hacer sino Su voluntad, pero entendiéndola en conciencia, en espíritu y alma».

El periodismo, pues, tiene en Huáscar Cajías el ejemplo de dignidad, honestidad y responsabilidad. Amaba entrañablemente a su familia, su esposa Beatriz – y luego de quedar viudo, Yolanda – conjuntamente sus diez hijos, fueron la razón de su vida y servicio. Cumplía como el mejor de los periodistas y, como catedrático, fue magistral en todas sus clases y prueba de ello es que todos los que fueron sus alumnos lo recuerdan como el «maestro perfecto, el que nada ignora y todo lo da».

Lo recuerdo nítidamente cuando para escribir un editorial, pensaba y anotaba las partes sustantivas de lo que haría; luego, pausada y magistralmente, escribía los editoriales más complejos, meditados, constructivos y orientadores que gustaba a todos los que lo leían. Cada escrito suyo era pasado al otro director o, en casos, al corrector de estilo o a un redactor porque consideraba que «nadie escribe perfecto y al más diestro se le va una coma o una idea o, la vida misma lo hace tergiversar lo que no debe».

De una profunda cultura; estudioso en grado extremo, leía y en cada línea que recorrían sus ojos encontraba algún deleite. Huáscar Cajías leyó tanto que, con seguridad, se puede decir que él pasó por Cervantes, Quevedo y Fernando de Rojas, los favoritos entre los hidalgos de Antioquía, hasta Shakespeare y todos los autores clásicos. Tenía dominio del idioma y, de tanto en tanto, charlaba hasta de los sumerios, los fenicios, asirios, egipcios, griegos y romanos que contribuyeron a perfeccionar la palabra, el idioma, armas que hacen cultura, unifican al ser humano, le dan virtudes, medio para servir mejor.

Huáscar Cajías murió cuando más se lo necesitaba; su figura, su experiencia y saber fueron precisos y necesarios en la historia del país. Lamentablemente, ni políticos ni gobernantes ni profesionales ni periodistas recogieron sus enseñanzas, su ejemplo y sus dotes de ser humano que supo amar, amar profundamente no sólo a su entorno sino a toda su circunstancia que eran quienes lo rodearon en todo tiempo. Dios, en su infinita bondad, seguramente lo tiene en la gloria que le estaba destinada desde siempre.

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Recordando a Huáscar Cajías

Jaime Humérez Seleme – La Paz, 10 de octubre de 2006

Mis recuerdos del Dr. Huáscar Cajías se remontan a 1956, cuando él era mi catedrático de Criminología en la Facultad de Derecho de la UMSA. Entonces, él también era director-fundador del semanario católico “Presencia” que, a la sazón, se aproximaba a los cinco años de existencia.

La Redacción y taller de “Presencia” funcionaban en la planta baja y sótano de un inmueble de la Nunciatura Apostólica en la avenida Ecuador esquina Fernando Guachalla. Ese «taller», entre comillas, consistía en dos linotipos, una enorme prensa plana que por su antigüedad merecía ser reliquia de museo, con apariencia de locomotora, pero que funcionaba gracias a la maestría e imaginación del prensista don Avelino Alfageme, un técnico gráfico español de nacimiento, pero boliviano de corazón.

Yo no formaba parte de la Redacción de “Presencia”. Ni siquiera era periodista. Pero todos eran mis amigos. Curiosamente, mi relación con “Presencia” no comenzó por las letras, sino por las llantas, pues, tenía una camioneta y algunas veces ayudaba con el transporte de paquetes del semanario a diferentes parroquias.

Como dije, “Presencia” tenía su propia imprenta, precaria y anticuada, pero propia al fin. De ella salía el semanario impreso en pliegos que pasaban a corte y refilado en una guillotina reconstruida y, luego, a la compaginación y doblado a mano, tarea en la cual ayudábamos todos, desde el Director hasta el portero, propios y extraños.

En cierta ocasión, por accidente a causa de desgaste mezclado con oxidación y fatiga de metal, se quebró una barra de la prensa cuando estaba funcionando, causando daño a dos engranajes laterales. El noble armatoste se paralizó. Un intento de pedir repuestos a la fábrica fracasó porque ese modelo de prensa ya era obsoleto. Sólo quedaba recurrir a la empresa fundidora paceña Volcán para que traten de fabricar las piezas, lo cual tomaría mínimo dos meses.

Como era impensable interrumpir la circulación de “Presencia”, tuvieron que recurrir a una imprenta ajena para la impresión del semanario. La composición en linotipos y el armado se hacían en casa. Luego, las páginas ya armadas en plomo tenían que ser transportadas desde Sopocachi hasta la zona central.

La primera vez que se utilizó este procedimiento, yo estaba visitando a mis amigos de la Redacción. Mi camioneta estaba fuera. El vehículo contratado para hacer el traslado no llegaba y el tiempo pasaba. En cierto momento algunos ojos se volcaron hacia mí, instante en que adiviné lo que me pedirían. Que traslademos en mi camioneta las bandejas metálicas con las páginas armadas en plomo hasta la imprenta. No pude negarme. Con mucho cuidado pusimos la carga en la carrocería, con cuñas por todo lado para evitar que se movieran.

Cuando bajábamos por la calle Fernando Guachalla hacia la 6 de Agosto, un perro vagabundo nos cruzó de improviso. Por reflejo frené de golpe, lo cual dio lugar a un brusco remezón de pasajeros y carga hacia adelante. Bajamos de la cabina, nos miramos las caras con un temor compartido: que el frenazo y el sacudón de las bandejas hubiese causado empastelamiento de los textos armados en plomo. A primera vista, sólo dos bandejas con cuatro páginas estaban revueltas. El resto bien.

Seguimos viaje hacia la imprenta. Cuando llegamos, un armador nos ayudó a recomponer los plomos, pero el tiempo apremiaba y nos pidió ayuda. Todos tuvimos que forzar al máximo nuestra vista para leer al revés las barritas de plomo y acomodarlas como correspondía, comparando palabra por palabra con las tiras de prueba donde se leía todo al derecho.

Cuando estábamos en esa tarea, llegó el Dr. Cajías que había sido informado telefónicamente del desastre y obviamente pensó lo peor, dando por descontado que esa edición del semanario no saldría a las calles. Se le entró el alma al cuerpo cundo vio que la cosa tenía remedio y no vaciló en apoyarnos para componer las columnas línea por línea en barritas de plomo.

Posteriormente, cuando ya las páginas estaban en la prensa plana para ser impresas, Huáscar me dio una fuerte palmada en la espalda y dijo: “Jaime, como habrás visto, en este oficio de periodista también hay que aprender a leer al revés. Desde hoy quedas incorporado a ‘Presencia’ como transportista ad-honorem”, me dijo. Todos reímos de lo que parecía una broma. Sin embargo, con el tiempo, como Jefe de Redacción en “Presencia”, comprendí que aquello era un consejo sabio porque, en verdad, los originales hay que leerlos siempre no sólo al derecho sino también al revés, e incluso entre líneas, para evitar que a uno le hagan pisar el palito, lo cual acontece con mucha frecuencia en el quehacer periodístico.

 

De semanario a diario

Cuando “Presencia” se pasó de semanario a diario, lo hizo sin contar con imprenta propia, una aventura temeraria, si se considera que en esa condición tenía que competir con dos grandes diarios de La Paz equipados con modernas rotativas. La Redacción fue instalada en la avenida Frías, en el tercer piso del llamado edificio Frigo. Desde ahí los originales eran llevados por mensajero -vía chasqui, decíamos- hasta la Editorial Burillo en la calle Cisneros, pasando el Estadio Hernando Siles.

En el equipo directivo de “Presencia” continuaba Huáscar Cajías como Director; Alberto Bailey Gutiérrez como co-Director; Ramiro Blacut como Jefe de Redacción; y Alfonso Prudencio Claure -Paulovich- como Jefe de Informaciones.

Corría el año 1959, segundo período del gobierno del MNR cuando ejercía la Presidencia de la República Hernán Siles Zuazo, quien había sucedido a Víctor Paz Estenssoro.

 

Invitación inesperada

Hasta entonces mi relación con “Presencia” sus directivos y su personal era de amistad, como siempre desde los tiempos del semanario. Yo estaba concluyendo la carrera de Derecho. Mi meta era la abogacía.

Pero, como dice un conocido refrán, el hombre propone y Dios dispone. De manera imprevista, aceptando una oferta de trabajo en Estados Unidos, se alejó de “Presencia” el Jefe de Redacción, Ramiro Blacut. Alfonso Prudencio (Paulovich) fue promovido a ese puesto y quedó vacante la Jefatura de Informaciones. El día de la posesión de Paulovich fui, como de costumbre, a visitar el periódico para felicitar a mi amigo. Después del acto formal, mientras departíamos con el nuevo jefe y los redactores, el mensajero me dijo que el Dr. Cajías me llamaba a su despacho. Cuando entré a la Dirección, ahí estaban él y Alberto Bailey, escribiendo sus editoriales. Interrumpieron ambos su tarea y me invitaron a tomar asiento.

Sin rodeos y directo -era su estilo- el Dr. Cajías me invitó a incorporarme a “Presencia” como Jefe de Informaciones. Quedé sin habla, pues lo que menos esperaba era una propuesta semejante. Mientras recuperaba el aliento, Alberto Bailey reforzó la invitación recordando que desde hacía años me consideraban parte de “Presencia”, aunque como externo, y que este era el momento de integrarme formalmente al equipo.

Confieso que tras la sorpresa inicial la idea me agradó, pero creí necesario ser sincero y expresarles a ambos que mi experiencia periodística se reducía a la edición semanal del boletín “Voz Universitaria” en la UMSA sobre asuntos académicos y temas políticos relacionados con la juventud. Me respondieron que lo sabían y que, por eso mismo, me invitaban a transitar del periodismo en las aulas al periodismo de verdad. ¿Qué podía responder? Dije que sí, que aceptaba con gusto. En aquel momento, miré al Dr. Cajías y noté en sus ojos un brillo casi de picardía, como si él, antes que yo mismo, hubiese estado seguro de que aceptaría su invitación. Me conocía, no cabe duda.

Ambos, Cajías y Bailey, me abrazaron y de inmediato salimos a la sala donde se celebraba la posesión de Alfonso Prudencio como Jefe de Redacción. El Dr. Cajías pidió silencio y anunció una nueva posesión en el mismo día: Yo, como nuevo Jefe de Informaciones de “Presencia”. Un aplauso fue la respuesta. Francamente no esperaba eso. Los periodistas redactores -todos amigos míos- con los cuales tendría que trabajar directamente en adelante, me daban la bienvenida. Así, por obra y gracia de Huáscar Cajías, se inició mi carrera periodística.

Hasta entonces admiraba a Huáscar Cajías como catedrático, no sólo por el profundo dominio que tenía de su materia, Criminología, sino por su forma de exponer y de enseñar, con elocuencia sin par y lenguaje sencillo. Era difícil salir de sus clases sin haber aprendido lo que él enseñaba. Además, me sentía honrado con su amistad. Pero, de ahí en adelante, sería mi Director.

AI terminar aquel día tuve certeza de que el gremio había ganado un periodista. Lo que nunca sabré es si el foro paceño perdió un futuro buen picapleitos.

 

Palmadas

Quienes tuvimos el privilegio de trabajar bajo la dirección de Huáscar Cajías admirábamos su inteligencia, su sapiencia, su profundo sentido humano y su fuerza espiritual. Pero, también, tuvimos oportunidad de sentir en alguna ocasión su fuerza física. No porque lo hubiésemos visto levantar pesas o exhibir musculatura, sino por un estilo peculiar que tenía de demostrar su aprobación al trabajo de algún redactor: una palmada en la espalda.

Así dicho: «Una palmada» parecería que se trataba de una caricia, pero, en verdad era una super palmadota que le sacaba el aire al receptor, si era robusto, o que lo hacía trastabillar y casi irse de bruces, si era flacucho. Era un golpe duro, pero propinado con inmenso afecto, lo cual mitigaba su impacto y hacía llevadero el consiguiente dolor muscular o irritación de piel por ese motivo.

Sin embargo, tras haber sido honrados con esa contundente demostración de simpatía, los periodistas de “Presencia” preferíamos evitar la repetición de esa experiencia poniéndonos a buena distancia, vale decir, a buen recaudo, cuando percibíamos alguna intención aprobatoria con palmada de nuestro Director.

Esto que digo fue inmortalizado por Pedro Shimose en una caricatura del Dr. Huáscar Cajías, en la cual el Director aparece como Trucutú, con atuendo de piel de tigre y un gran mazo en la diestra. Shimose fue uno de los jóvenes talentosos que hizo sus primeras armas periodísticas en PRESENCIA. Sin duda, la palmada de felicitación que alguna vez recibió del Dr. Cajías fue inolvidable y lo inspiró para dibujar esa magnífica caricatura.

 

La rapada

La vida en un periódico tiene momentos de tensión, también de satisfacciones y, con frecuencia, situaciones que mueven a la risa.

Entre estas últimas recuerdo una en la cual estuvimos involucrados varios miembros de la Redacción, casi todos de cabello ralo por la incipiente calvicie que asomaba en nuestras cabezas.

Resulta que un buen día llegó de visita a la redacción un colega periodista extranjero, cuya abundante cabellera nos recordaba a la del bíblico Sansón antes de que la bella y perversa Dalila le aplicase las tijeras sin misericordia.

Mientras departíamos amigablemente con ese colega después de haber cerrado la edición, entre charla y charla salió el tema del cabello y la calvicie. Nuestro melenudo colega -no sé si en serio o en broma- nos contó que hasta hace poco tiempo el cabello se le caía como hojas en otoño cada que se pasaba un peine, y que cuando se miraba en el espejo veía reflejada la imagen de un futuro pelón de solemnidad, lo cual le causaba gran frustración.

Dijo que su deficiencia capilar cambió radicalmente después de que una gitana, tras haberle leído la suerte en la palma de la mano, le aconsejó hacerse afeitar la cabeza al ras y, luego, untarse y masajearse el cuero cabelludo, cada noche, con un aceite de yerbas aromáticas y sangre de lagartija que ella misma le vendió. Dijo que cumplió disciplinadamente tal tratamiento y que el resultado estaba a nuestra vista.

Cuando se despidió nuestro amigo, quedamos comentado ese increíble suceso y no faltó quien propuso que los amenazados por el fantasma de la calvicie siguiésemos ese ejemplo. Esto hizo reír de buena gana al Dr. Cajías, quien, a tiempo de despedirse, nos sugirió no dar crédito a cuentos de gitanas.

Pero la cosa no quedó ahí, pues cuatro miembros de la Redacción y un amigo de afuera seguimos comentando el tema y, finalmente, acordamos visitar la peluquería al día siguiente, para hacernos afeitar al ras y quedar mondos y lirondos como bolas de billar.

Dicho y hecho. A medio día ocupamos cinco sillones de una conocida peluquería en el Prado e instruimos a igual número de peluqueros que a la voz de ¡ya! comiencen simultáneamente su trabajo pasándonos sus maquinitas desde la frente hasta la nuca. El propósito de esta acción simultánea era evitar alguna sorpresiva deserción del último momento. Quince minutos después los cinco estábamos rapados mirándonos en los espejos y sin poder reconocernos. Los unos nos reíamos de los otros y los peluqueros no paraban de reír, comentando que jamás en sus vidas habían hecho un trabajo semejante. Cuando salimos de la peluquería e Íbamos caminando de regreso al periódico, la gente nos miraba como a bichos raros…, pero a lo hecho, pecho. No había vuelta atrás.

En la tarde, como de costumbre, hacíamos nuestro trabajo en la Redacción. Era un jueves, día en que el Padre Julio Tumiri me visitaba en la jefatura de Redacción para entregar su comentario sobre temas de cooperativismo. A las cuatro lo vi aparecer. Me miró con rostro de sorpresa y pasó de largo. Al poco rato volvió a pasar en sentido contrario; otra vez miró hacia mi rápidamente, sin saludarme… Y se fue rumbo a la Dirección donde el Dr. Cajías estaba escribiendo su editorial.

Después el Dr. Cajías me contó que el Padre Tumiri, sin disimular su inquietud y pena, le dijo que había visto a un judío calvo instalado en la Jefatura de Redacción y preguntó por qué habían sustituido a Jaime Humérez. Esto dejó intrigado al Director quien, hasta ese momento, no sabía nada de la rapadura colectiva que se había producido en la Redacción.

Diez minutos después aparecieron en mi oficina el Dr. Cajías y el Padre Tumiri. Obviamente el Dr. Cajías de solo verme dedujo rápidamente lo que había acontecido. No pudo contener la risa, mientras el Padre Tumiri, bastante corto de vista, permanecía confundido. Tras contener la risa, el Director tranquilizó al Padre Tumiri diciendo: «Padre, este señor es su amigo Jaime Humérez que continúa siendo Jefe de Redacción. No es ningún judío calvo. Lo que pasa es que está rapado porque lo pescaron revendiendo entradas en el cine…». El Padre Tumiri me observó detenidamente, hasta convencerse de que yo era yo. Los tres reímos un buen rato. Pero, no fue todo. Poco después volvimos a reír, esta vez a carcajadas, cuando el Padre Tumiri, al despedirse, me preguntó en voz baja: «Don Jaime, ¿es cierto que lo pescaron revendiendo entradas?»

En la noche, cuando todos los rapados estábamos en la Redacción, el Dr. Cajías nos reunió a los pelones y dijo con solemnidad: «Amigos rapados: Anoche al despedirme les dije que nunca creyeran en cuentos de gitanas. Ahora, para que no se hagan ilusiones, debo decirles que hay una sola cosa que detiene la caída del cabello: el suelo. Con el tiempo lo sabrán.»

Y con el tiempo lo supimos. Cajías tenía razón. Sin embargo, a los involucrados nos quedó una duda. ¿Qué habría sucedido si, además de la rapada, hubiésemos encontrado a la gitana del cuento y conseguíamos el milagroso menjurje de yerbas aromáticas con sangre de lagartija para masajearnos el cuero cabelludo todas las noches? Nunca lo sabremos. Y no es que hayamos sido negligentes en la búsqueda de esa gitana. Pero de las que encontramos en nuestro camino todas eran expertas en leer la suerte de diversas formas: en bola de cristal, en naipes o en la palma de la mano, pero ninguna sabía nada de tónicos capilares. ¡Qué mala suerte!

Gracias.

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La complejidad de don Huáscar Cajías

LA PAZ / 25 de junio de 2021 /  La Razón

 

Conocí a don Huáscar Cajías cuando ingresé a la Sociedad Boliviana de Ciencias Penales como miembro académico, con mi trabajo Granja de Espejos: ¿aberración jurídica o lucha de clases? en 1985. Él (y dos miembros más) me posibilitó ser el primer cruceño y el benjamín de la Sociedad.

Mi segundo encuentro fue con su obra de criminología que devoré en la maestría en ciencias criminológicas y penales. En 1991 fui invitado por el Parlamento para conformar la Comisión para la Reforma del Estado que él presidía. De nuevo sería el benjamín y único cruceño de esa comisión que viabilizó la más profunda reforma a la Constitución de 1967, incorporando el Tribunal Constitucional, la Defensoría del Pueblo, defensa pública para los procesados pobres, el pluralismo cultural, el proceso penal oral, entre otras instituciones jurídicas. Conocí otras dimensiones de Don Huáscar.

En la criminología latinoamericana, sostengo que existe una primera generación de criminólogos integrada por quienes adoptaron al positivismo y la llamada criminología crítica (materialista o marxista).

El positivismo criminológico que se generó a finales del siglo XIX tomó los principales centros académicos y políticos, y se constituía en la traducción de Augusto Comte, la cúspide del racionalismo cartesiano, que configura el “método” —obviamente positivista— como “el” instrumento de investigación científico. A finales del siglo XIX, pero principalmente a inicios de la segunda mitad del XX, emerge la criminología crítica transpolando el materialismo histórico y la dialéctica para explicar la criminalidad desde la lucha de clases y criticar al positivismo.

¿Cuál es el gran mérito de esta primera generación de criminólogos latinoamericanos? Haber abierto un espacio importante para la criminología.

Claro que hay diferencias sociopolíticas que han favorecido a una, logrando su penetración a tal punto que transversaliza todas las esferas y dimensiones de nuestras sociedades. El positivismo llegó con etiqueta de cientificidad, racionalidad, valores morales y/o religiosidad, etc.

Y la criminología crítica toma impulso finalizando la década de los 70, desde Venezuela, y languidece finalizando los 90. En el último lustro es reimpulsada desde Argentina.

Rafael Garófalo sostiene que existen “sentimientos medios” en la sociedad en cada época. Relanzo y redimensiono esta categoría como los valores medios, y que son aceptados —consciente o inconscientemente— por la mayoría, y obviamente reproducidos. También es conocida la categoría de “imaginario colectivo”. La pregunta que surge es: ¿Escapar de ellos es posible? No lo sabemos. Lo que sí es que no debemos abordar a los autores desde nuestra época, con valores, imaginarios y visiones diferentes para retrotraerlos a contextos históricos, culturales y/o geográficos diferentes.

En 1955, Don Huáscar publica Criminología. El ejemplar que hoy manejo es de la quinta edición con doceavas reimpresiones hasta 1977. Fundador de la Sociedad Boliviana de Ciencias Penales en 1977, que presidió, además de criminología impartió la cátedra de filosofía jurídica y fue director del extinto periódico Presencia. Tras presidir la Comisión para la Reforma del Estado, asumió la presidencia de la Corte Nacional Electoral, instancia estatal de lujo que hasta ahora no ha tenido cuestionamientos, como el resto.

Asumiendo una visión de vida, fue un ejemplo de valoración a la justicia, la dignidad y al Derecho; y, en la dimensión privada, en su vida familiar se vieron sus frutos.

Alejandro Colanzi es criminólogo. Correo: acolanzi@gmail.com

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Huáscar Cajías Kauffmann

Por Alberto Bailey Gutiérrez. 31-08-1996

Periodista, Secretario General de Cultura

No se puede medir a los hombres por lo que es efímero, las apariencias, las palabras, los honores. El ser humano tiene que ser juzgado y valorado por lo que es capaz de construir, por lo que puede legar a otras generaciones con valor social y permanente.

Huáscar Cajías Kauffmann es un hombre que ha construido mucho y muy valioso, que ha entregado a la sociedad obras duraderas de inmenso valor humano y moral.

Lo admiramos por ello y no dudamos en señalarlo como un modelo que las generaciones de hoy y de mañana pueden mirar de frente y buscar imitar cuando sueñan y planean realizaciones sólidas para sus vidas.

Admiramos en él, al hombre, al ser humano disciplinado, con una mente clara y sólida, con ideas bien definidas. Al hombre que puede ser tolerante con el prójimo y absolutamente intolerante cuando de principios se trata, al hombre que cede ante el otro pero que no cede ante su conciencia.

Así lo conocieron, así lo vieron siempre, así lo recuerdan y lo recordarán centenares y centenares de alumnos de la Universidad que tuvieron en él a un maestro en todo el sentido de la palabra, por el magisterio profesional, por la dedicación a su vocación de formar hombres con los mejores instrumentos a su alcance, por la búsqueda de excelencia que inspiraba e inculcaba, por el rigor con que exigía trabajo y entrega y por la justicia con que medía el rendimiento de cada alumno. Sus lecciones cargadas de sabiduría y sus textos claros y completos quedan como un valioso legado que muchísimos recuerdan y agradecen.

Admiramos también al periodista que con gran visión de futuro y profunda convicción cristiana funda en 1952 el Semanario PRESENCIA que en 1958 se convertiría en diario. Director incansable de ese destacado periódico, trabaja a la par en editarlo con independencia y objetividad y en formar a periodistas jóvenes que hoy se encuentran en muchos medios de comunicación del país.

La trayectoria da lucha por la verdad del diario PRESENCIA está indisolublemente ligada al carácter, la incorruptibilidad y un gran amor a Bolivia que distinguen a Huáscar Cajías.

Es imposible separar el arraigo y la respetabilidad que adquiere PRESENCIA en pocos años, de la tesonera labor del hombre que hoy estamos honrando. Principios claros, indeclinable búsqueda de la verdad, servicio al país, y sus instituciones son características que el equipo dirigido por Cajías buscó sin tregua para que distinguieran a PRESENCIA. Guardo un imborrable recuerdo de la larga época en que compartí con Huáscar desvelos, ideales, dificultades y éxitos.

Decenas de periodistas y escritores del país, así como miles de lectores dan sin reservas su aprobación al empeño de poner en práctica diariamente los principios sustentados y proclamados en las columnas del diario que ha seguido la ruta trazada desde que Cajías dejó la dirección. Él no ha dejado de escribir artículos semanales en los que recoge la larga experiencia de su vida de 44 años de periodismo.

Se rinde hoy homenaje también al hombre público que presta valioso concurso a los procesos democráticos de nuestro país desde la Corte Nacional Electoral, dando confiabilidad y credibilidad a los actos electorales. Recibe por ello merecido reconocimiento público.

Es, en síntesis, la de Huáscar Cajías una vida plena, siempre en compromiso con sus convicciones y con los intereses del país con entrega y ejemplar dedicación.

Una vida de sólidas construcciones que enriquecen a Bolivia y que quedan firmes y duraderas.

Al unirme a este homenaje en sus 50 años de vida profesional, recojo el sentir de miles de bolivianos para expresarle reconocimiento y gratitud. Porque es preciso agradecerle lo que ha hecho, sus decisivas contribuciones y el ejemplo que deja de entrega, de firmeza y de calidad humana. Todo ello enriquece la estatura moral del hombre, pero también enriquece a todos los que lo conocen o han tomado contacto con sus obras.

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EL DR. CAJÍAS

Por Harold Olmos. Publicado en “Los Tiempos”  31 -12 – 2014

Quiero, antes que nada, agradecer la invitación de la casa periodística de Los Tiempos, un baluarte de la libertad de expresión que conozco desde los inicios de mi carrera. Y quiero dar un homenaje a los fundadores de este medio informativo, a los de la primera, segunda y tercera generación, entre los que siempre me sentí acogido, al lado de profesionales con los que hablamos el mismo lenguaje. Feliz de estar en Cochabamba, y en esta feria. Voy a comenzar reiterando lo que le dije al director Juan Cristóbal, amigo y colega de tantos años: No me siento capaz de realizar, por breve que vaya a ser, una tertulia completa y satisfactoria, menos aún imparcial. Huáscar Cajías fue una figura egregia, una de las grandes figuras que tuve el privilegio de conocer a lo largo de toda mi vida.

De modo que lo que diga no es necesariamente objetivo. Estoy condicionado por la visión que tengo de él, como gran periodista, gran director, gran católico y, sobre todo, un gran amigo para todas las estaciones. La verdad, no pude sustraerme al llamado de este querido colega que pasó por la casa común, bebió de la misma fuente y seguramente sufrió muchas de las angustias y alegrías comunes de la carrera en general y de Presencia, en particular. Por eso, sabiendo el desafío que representaba, decidí dar sólo unas pinceladas, elementales y por tanto totalmente insuficientes para abordar el tema que nos congrega. Honestamente, tampoco podría más. ¿Cómo comenzar a hablar de este hombre? ¿Como catedrático de filosofía? No fui su alumno, pero sí sé que sus clases eran de las más concurridas y desafiantes de la Universidad Mayor de San Andrés. ¿De criminología? Tampoco fui su pupilo -y lo lamento profundamente-, ¿Como abogado no practicante y decepcionado de la calidad de la justicia en Bolivia o del ambiente en que iba a desenvolverse profesionalmente? Tampoco.

Él no ejerció, pero gozaba de un enorme respeto entre estudiantes y profesionales. De su perfil de filósofo conocí aún menos, pero sí puedo asegurar que era un gran «tomista», irreductible en sus premisas y conclusiones. ¿Cómo historiador? Como todos lo que estuvieron cerca de él, sólo percibía que era dedicado, que estudiaba y trataba de entender la historia con todos los perfiles posibles. Cuando abordaba temas históricos, tenía un gran cuidado por las circunstancias y los personajes. Era un profesional, sobre todo u profesional con profundo sentido humano. Lo conocí, si es que se puede llegar a conocer siquiera por aproximación a una persona de esos quilates, sólo como periodista, y como director. Y, al hacerlo, mi conocimiento de él partió de mi propia perspectiva de periodista. Quizá, por todo eso, debería solamente procurar un título, buscar un buen encabezamiento y, con esmero, llegar a las 500 palabras, el número ideal que aconsejaban mis editores internacionales para grandes temas del día. En verdad, son las actitudes ante los hechos las que retratan a una persona mejor que nada. Eso lo vivimos diariamente los que hemos practicado y practicamos el periodismo. «Facts», repetía. «Los hechos ilustran solos». Era su manera de decir que una fotografía cuenta más de 1.000 palabras. En una época en la que no existían las escuelas de periodismo, o que en América Latina eran una novedad, Huáscar Cajías fue un maestro de muchos, enseñando desde lo más elemental sobre cómo redactar una noticia o escribir un comentario.

EL PERIODISTA

Huáscar Cajías emergió como periodista en los albores de la década de 1950, cuando un grupo de laicos comprometidos con la doctrina social de la Iglesia Católica, imbuidos de las encíclicas papales Rerum Novarum, Quadragessimo Anno, los mensajes navideños de Pío XII y su propia vivencia en una sociedad urgida de cambios, decidió fundar un medio de expresión masivo que reflejase todo eso. Era una tarea simplemente gigantesca. Y ¿cómo llamar a ese medio? Quienes alguna vez estuvieron ante la búsqueda de un nombre para un medio, saben de qué hablo. En una de las reuniones preliminares, me contaron muchas veces, alguien sugirió: «Tiene que ser una manifestación de la presencia de la Iglesia en la sociedad boliviana». Bajo ese estandarte, nació Presencia.

Ustedes deben imaginarse: era el tiempo de la Guerra Fría, que en países periféricos con frecuencia adquiría formas violentas y el enfrentamiento entre sectores políticos ideológicamente opuestos era intenso. Un campo ideológico esencial era la universidad donde la voz que emergía de Presencia era diferente. Ese era el campo en el que germinó el semanario.

Cinco años más tarde, la idea de hacer un diario del Semanario Presencia se hizo realidad con la misma decisión original, pero con metas más amplias. El trabajo que antes podía realizarse durante una semana ahora debía ser cubierto en un solo día y con una cobertura mayor. No es lo mismo, ustedes saben, hacer un semanario que un diario. Tanto en el plano periodístico como en el administrativo y logístico los desafíos eran enormes. Aquel medio que el grupo había lanzado era como un barquito pequeño en un mar bravío. La magnitud de los obstáculos para consolidarse y mantenerse a flote era enorme. Esta es una historia gigante que aún no ha tenido un cronista para contarla integralmente. Como muchas historias de Bolivia, ésta es una historia conocida sólo a retazos. No es un estudio a ser emprendido por una persona, sino por un equipo interdisciplinario capaz de recoger y ordenar la información en su debido contexto. Probablemente serian desentrañadas muchas particularidades de la vida del país. «Durante seis años, Presencia fue un semanario que llegó hasta los últimos confines de la Patria. Ahora iniciamos una etapa de nuestra vida, etapa que corresponde a un anhelo que numerosas instituciones católicas han expresado desde hacía mucho tiempo». Así empezaba la nota editorial del miércoles 29 de octubre de 1959, hace 55 años. Casi siempre, las obras suelen ser el reflejo de las personas. Y Huáscar Cajías proyectó su presencia sobre el periódico de una manera determinante. Bajo una mirada retrospectiva, es imposible no ver que Presencia fue forjada a imagen y semejanza del hombre que la dirigía. En un poco en que Bolivia no contaba con escuelas de periodismo ni de comunicación, como acostumbra decirse ahora, cada expresión, sobre todo la opinión editorial del periódico, era reflejo de lo que él predicaba, como periodista y como cristiano militante. Serenos y de gran solvencia, sus comentarios sobre temas acuciantes dictaban líneas, reflejo de su compromiso por un mundo menos egoísta y más solidario. Algunas veces obispos de la Iglesia Católica, a quienes Presencia pertenecía, le dijeron, sin que eso implicara reproche de ninguna naturaleza, que había timoneado una institución con tal dedicación responsable que se había encarnado en ella.

El periódico sufrió por la ausencia de una estructura piramidal de sucesión, mejor desarrollada en empresas de diferente sintonía y diferentes metas.

Cuando redactaba una noticia o algún comentario, sus notas solían venir con el rigor profesional que las acreditaba. El qué, quién, cuándo, dónde y por qué estuvieron permanentemente en las observaciones que hacía cuando leía -y leía casi todas- las noticias que le llevaban los periodistas/redactores hasta su mesa de director. Ese ha sido uno de sus grandes legados: objetividad y claridad. Recuerdo un trabajo que escribió al volver de Santiago, tras el golpe militar que se había dado en Chile, donde él asistía a una conferencia académica. Fue un golpe sentido fuertemente en Bolivia que tenía, entonces, una comunidad numerosa de exiliados en Santiago. Me llamó la atención la seguridad con la que describía algunos de los ataques de la aviación sobre el Palacio de La Moneda. En ese trabajo, Huáscar Cajías hablaba del tipo y calibre de los cohetes lanzados sobre el Palacio de Gobierno, donde estaba atrincherado Allende. Gran parte de los acontecimientos de esa y posteriores jornadas habían sido ya divulgados por las agencias de noticias, pero poco se sabía, al menos en Bolivia, del calibre de las armas de la aviación ni de su precisión. Huáscar Cajías narró esas jornadas con ojos bolivianos. Tras ese artículo vino otro que informó también sobre las gestiones del cardenal arzobispo de Santiago, Silva Henríquez, para proteger a algunos bolivianos en situación desesperada, y del comité que entonces se formó, con el entonces también exiliado Hernán Siles Zuazo. Creo que fue uno de los momentos en los que se sintió más reportero y editor que nunca.

PRESENCIA

Huáscar Cajías fue la cabeza de una empresa sin paralelo en la historia de la Iglesia Católica. Ha habido y hay otras experiencias, pero ninguna conducida por laicos. Por lo menos, de esas experiencias ninguna, en el medio en el que circulaba, alcanzó la influencia que tuvo en Bolivia el periódico que conducía el doctor Cajías. Dirigía un periódico católico y, sin asomo de pechoñería, era fiel a su religión y a su conciencia. Pero también era periodista militante. Como tal, defendía coherentemente la bandera que le había tocado enarbolar. Sin caer en excentricidades ni en excesos. De lo que escribía fluía todo el equilibrio profesional del que humanamente era capaz. Jamás habría pasado por su cabeza la idea exótica de un diario católico sudamericano que -fue dicho en un seminario- saludó la llegada de Pablo VI a Colombia para asistir a la Conferencia Episcopal Latinoamericana (Celam) en Medellín con un magnífico editorial, que L’Osservatore Romano, el órgano oficial del Vaticano, o L’Awenire de Italia, de Bologna, medio también católico pero dirigido confesionalmente, con certeza habría envidiado. Por las crónicas de las que después escuché, era toda una pieza doctrinal, pero… escrita en Latín.

No es posible disociar a las personas de su entorno ni del entorno que ellas gestan. El doctor Cajías tuvo a su lado a profesionales que se entregaron sin retaceos a la labor que encarnaba Presencia. Alberto Bailey Gutiérrez, aun hoy periodista activo; Alfonso Prudencio Claure, universalmente conocido como Paulovich, Carlos Andrade, Mons. Juan Quirós, Jaime Humérez Seleme, otro gran periodista cochabambino de estirpe; Armando Mariaca, Pedro Shimose, Horacio Alcázar, los hermanos Carvajal Vargas, Juan León, Luis Ballivián, Donald Zavala Wilson.

Sólo cito a los de la primera y segunda generación que en este momento logro recordar, pues fueron varias las carnadas de profesionales que pasaron por la escuela que comandó Huáscar y crecieron con él. Con todos estableció una fuerte empatía. Quizá con pocos colegas fue tan grande esa empatía como con Alberto Bailey quien, además de ser codirector era gerente. La formación doctrinal de ambos, Bailey de formación jesuita, Cajías un tomista esencial, los llevaba a largas conversaciones sobre temas del día, sobre los comentarios que escribirían, algunas veces sobre doctrina, otras sobre política. Ambos conversadores incansables, no pocas veces discrepaban, como debe ocurrir en todo grupo civilizado. Pero las controversias eran resueltas con argumentos, cuando uno de los dos hacia ver que la razón estaba del lado de su punto de vista. La integración entre ambos era tan fuerte que los lectores atentos del periódico se confundían al identificar al autor. Para algunos, ciertas notas editoriales eran de Bailey cuando, en verdad, eran de Cajías, y viceversa. Probablemente una de las grandes sorpresas que tuvo Huáscar fue cuando en la noche del 25 de septiembre de 1969 le informó que dejaba el periódico para unirse al Gobierno que iba a formarse alrededor del general Alfredo Ovando Candia. Era un golpe de Estado con el nombre de revolucionario. Por informes separados en conversaciones con los dos, supe que tuvieron una conversación telefónica con posturas irreconciliables, con seguridad muy tensa. Huáscar trataba de mostrarle el lado institucional arriesgado del paso; Alberto, trataba de mostrarle que el paso era una consecuencia de lo que postulaba desde sus columnas en Presencia y que no podía evadir el camino que el destino le señalaba. Bailey ocupó el Ministerio de Información, el más político que hubo en esa época, al lado de la que fue considerada como la generación política más brillante de la Bolivia contemporánea. Al poco tiempo, ese ramillete político se disgregó y acabó en una sucesión asombrosa de golpes hasta la llegada del coronel Hugo Banzer Suarez. En las tertulias en las que solíamos envolvernos lo escuché subrayar una verdad irrefutable: que el Gobierno de Luis Adolfo Siles Salinas, depuesto por el golpe que encabezó el general Ovando bajo un Mandato Revolucionario de las Fuerzas Armadas en septiembre de 1969, había sido, en sus menos de cinco meses en el Gobierno, el más tranquilo políticamente que había tenido Bolivia. «Nunca se persiguió ni se exilió a nadie», me dijo. En esos años, que eran turbulentos en Bolivia, el Gobierno de Siles Salinas fue una excepción. Y otra vez le escuché un comentario acertado: Podrían haber ocurrido manifestaciones públicas contra el golpe si ese día no hubiese también ocurrido la tragedia aérea que se llevó a todo el club de The Strongest. Corroboraba la sospecha, la necesidad visible que la sociedad boliviana ya sentía por democracia -sin adjetivos- y que sólo muchos años después empezaría resurgir. Fue en los albores de uno de esos intentos que presencié un pasaje que ya es parte de la historia de las jornadas heroicas del periodismo boliviano. Hacia 1977, el Gobierno militar del general Banzer se agotaba rápidamente. Bajo esa circunstancia, hubo muchos que pensaron que era el momento de dar un jaque y empezaron a pulular las huelgas de hambre exigiendo elecciones generales, previa dictación de una amnistía general e irrestricta que permitiese el retorno de todos los exiliados políticos. Tres focos de ayuno llamaron particularmente la atención e incomodaron a las autoridades: en el Arzobispado de La Paz, en la Universidad Mayor de San Andrés y en Presencia. El ingreso del piquete de una docena de personas que teóricamente venía a inmolarse a Presencia no fue del agrado de su director. Tampoco lo impidió, aunque se pidió a los huelguistas que procurasen permanecer en el área que se les había signado: una sala que era de espera y para reuniones fuera de la redacción. Para el doctor Cajías, y para muchos otros, era particularmente incomprensible que entre los huelguistas hubiese dos sacerdotes: Luis Espinal y Javier Albó. La razón era muy clara: para la Iglesia, la huelga de hambre, al atentar contra la salud y pretender llevarla a cabo «hasta las últimas consecuencias», es una tentativa de suicidio. Que hubiera sacerdotes involucrados con esa actitud no era agradable. Pero el doctor Cajías no asomó ningún disgusto que hubiera sido percibido por la redacción.

Lo más grave estaba por venir. Enero de 1978 corría temprano cuando la redacción supo que el Gobierno había dado la orden de apagar todos los focos de huelga de hambre. Desde las ventanas de la dirección, se podía ver a unos 100 policías que, apoyados contra los muros de un terreno contiguo sobre la avenida donde estaba el periódico, avanzaban en fila india. El director cruzó el pasillo de la sala de ingreso y se dirigió a donde estaba el piquete para avisar que la Policía Militar estaba por ingresar al edificio. Cuando la tropa intentó forzar su ingreso a la sala, se interpuso el jefe de redacción Mario Maldonado reclamando a gritos al capitán que mostrase una orden de allanamiento, un detalle menor característico de regímenes autoritarios. ¿Una orden de allanamiento? ¡Qué atrevimiento! Persuadido por otros colegas de que toda resistencia a la fuerza de la tropa era inútil, Maldonado se apartó y la tropa ingresó rauda al local. En ese momento, el doctor Cajías dijo a los huelguistas con desaliento: «No podemos hacer nada. ¿Hay algo que quieran que yo haga?» Javier Albó, tendido y recostado contra una pared de la sala, le dijo: “¿Podría leernos el Evangelio, las Bienaventuranzas, de San Lucas?» El director volvió a su oficina y trajo una Biblia. En el trayecto de 10 o 20 metros hasta su oficina, por lo menos uno de los responsables de la tropa, lo saludó chasqueando los tacos de sus botas. «Buenas noches, doctor». El director ingresó a la sala de los huelguistas y tras ubicar el pasaje evangélico lo leyó bajo un silencio de piedra, con la mirada asombrada de la tropa que ya estaba en el local. Acabó la lectura y huelguistas y redactores empezamos a cantar ¡Viva mi Patria Bolivia! Los policías parecían avergonzados de lo que estaban haciendo. Los huelguistas agarraron sus mochilas y sin resistencia descendieron las gradas del segundo piso, hasta la calle, donde los aguardaba una media docena de jeeps para llevárselos. En su último gesto de esa larga noche, el director le dijo al oficial que lo había saludado: «Usted comprenderá que las personas que se están llevando eran nuestros huéspedes. Necesitamos estar seguros sobre dónde serán llevados».

–          Irán a clínicas de la ciudad, dijo el oficial.

–          Permítanos que podamos acompañarlos, le dijo el director.

Hubo un redactor en cada una de las movilidades policiales, de manera que quedó registrado cada lugar donde los huelguistas fueron llevados.

Seguramente ustedes conocen esta historia. Al recordarla, sólo he querido subrayar las cualidades de líder que tenía Huáscar Cajías. Aún sin proponérselo, era un líder. Salpicaba sus puntos de vista con un humor fino, a veces sarcástico, sin ser inoportuno. Cierta vez, en tiempos de escasez, poco después de una maxi devaluación en 1972, asistía a una reunión de directores de periódicos y emisoras con el presidente Banzer. Una de las secretarias gentilmente sirvió café, bien-venido por todos pues la ornada estaba fría y oscura. Con obvia picardía, levantó la taza e interrumpió: «Disculpe, señor Presidente, ¿dónde lo consiguió?»

Así era el Huáscar Cajías que yo conocí. Jovial, oportuno, punzante. Querendón de Bolivia, pudo fácilmente asentarse en otras tierras, pero optó por la nación que amaba. Su buen humor contagiaba a la redacción cuando llegaba tarareando alguna música del folclore nacional. De algunos de los editoriales que escribió recuerdo sus «heridas luminosas» tras un ataque violento sobre la redacción de Presencia, y el que siguió al «abrazo de Charaña», que predijo que la negociación de 1975 fracasaría. Con la proximidad del sesquicentenario de la independencia, en 1975, Última Hora, entonces dirigida por Mariano Baptista Gumucio, envió un cuestionario a personalidades de esa época pidiendo que listaran los que creían que habían sido los 10 personajes más importantes del Siglo XX. El director de Presencia escribió la suya y colocó en el décimo lugar un nombre que hizo curvar las cejas y erizar la piel de cuantos leyeron: Claudio San Román, el temido jefe de Control Político, la encarnación boliviana de Lurenti Beria, el jefe de la Policía de Stalin. Le preguntaron por qué. El director escribió un extenso artículo en el que trajo de vuelta, de manera simple y directa, las memorias de los campos de confinamiento, de las torturas, físicas y psicológicas, de la persecución política, de la destrucción del concepto de adversario para derivarlo en enemigo, de la violencia impune, del desdén por las familias y los valores, y la conculcación de la libertad de prensa. «El Sanromanismo» describió una forma pervertida y salvaje de hacer política. Ustedes podrían preguntarse si esa forma ha sido erradicada del todo. De hecho, sólo pocos años después, a las oficinas de Presencia ingresarían agentes armados de la dictadura que presidió el general García Meza para golpear indiscriminadamente a los profesionales que allí se encontraban, inclusive miembros del directorio del periódico y al propio doctor Cajías y a su presidente, el obispo Gennaro Prata. Fue uno de los momentos más oscuros de la historia boliviana. Las agresiones a la prensa han sido frecuentes a lo largo de las últimas décadas, como una prueba de que «el sanromanismo» está instalado en la cultura de muchas autoridades.

EL SERVIDOR PÚBLICO

Querendón de Bolivia, pudo fácilmente asentarse en otras tierras, pero optó por la nación que quería integralmente, con su gente, con sus comidas, con su música, con sus regiones y con todas sus manifestaciones de cultura. Como pocos, era capaz de compartir sus decisiones y de dejar que fueran discutidas. A veces, personalmente presidía las reuniones semanales de redacción, que son la catarsis que suelen tener todos los medios para determinar cómo están desarrollando su trabajo. Desde la perspectiva en que me encontraba, viviendo fuera de Bolivia, no pareció sorpresiva la noticia de que había aceptado presidir el Tribunal Supremo Electoral cuando el país buscaba hombres en los cuales confiar su destino democrático. Fue una medida acertada designar para ese cargo a una personalidad tan destacada como Huáscar Cajías. La solidez moral, el rigor del comportamiento ético que tuvieron sus miembros y la confianza que rodeó a aquel tribunal, fueron fundamentales para que la gente creyera efectivamente que su voto valía, que al votar cumplía no solamente un deber cívico sino hacía efectiva la expresión suprema de su libertad que nadie debía interferir. Fue un paso glorioso para el Tribunal Electoral. Bolivia perdió un gran director pero ganó un formidable rector del Tribunal Electoral. La nostalgia que ahora se percibe por la necesidad de autoridades electorales probas, generadoras de confianza, equilibrio y credibilidad, son la mejor prueba del éxito de su gestión. Todo lo que he escuchado de esa época ha sido elogioso.

Y allí también, en el Tribunal Electoral, su ausencia ha sido un vacío gigantesco que se puede percibir en el escepticismo ciudadano sobre la imparcialidad e independencia de las autoridades encargadas de garantizar el voto boliviano. No conozco los detalles de las tareas que cumplió a cargo del CNE, pero puedo estar seguro que trasladó a ese organismo la pulcritud y seriedad que rodearon su trabajo como periodista. Las personas con las que llegué a hablar de su labor no ofrecieron ninguna duda. Allí también, en la Corte Nacional Electoral, fue una garantía de seriedad y pulcritud. Sospechar de fraude bajo su conducción, ¡jamás! Hombres así no aparecen todos los días ni duran para siempre. Lo que dura y efectivamente permanece es su ausencia y la necesidad que sienten de ellos las sociedades que dejaron.

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EL HACEDOR DE PERIODISTAS

Por  Javier Méndez. Publicado en “El Deber” 28-05-2000

LETRAS. Su exigencia con el uso del lenguaje es legendaria entre los que trabajaron con él.

PALABRA. Fue un ejemplo de integridad y rigor ético.

COMBATIVIDAD. Enfrentó las dictaduras y la censura con valentía.

RESPETO. Los policías llegaron a la huelga de los 70 (Domitila Chungara, Luis espinal) y encontraron a Huascar cajias leyendo en voz alta las Bienaventuranzas. No lo tocaron.

La Paz, sala de redacción del semanario Presencia, 1952. El grupo de periodistas ha trabajado duro y necesita unos minutos de descanso. A alguien se le ocurre comprar una botella de pisco y todos aprueban. Charlando y bromeando, beben té con té y hasta cantan. «Eso sucedía con mucha frecuencia. Fue un equipo de trabajo donde hubo gran amistad y comprensión. Eso nos ayudó a trabajar con más ahínco por el periódico. Dimos lo mejor de cada uno de nosotros», recuerda Alberto Bailey, amigo y colega del director de Presencia, Huáscar Cajías Kauffmann.

 

Pocos años después, el semanario se convirtió en diario y llegó a ser considerado como uno de los mejores del continente.

La captura del Che fue una de sus grandes primicias. Mientras la prensa internacional estaba embobada con el juicio a Régis Debray en Camiri, Ernesto Guevara estaba ya en la escuelita de La Higuera. Y después, el Diario del Che, publicado el mismo día que salía en La Habana. La demanda era tanta, que por la tarde, las prensas seguían trabajando.

Entre esos quince hombres idealistas y bohemios, Huáscar Cajías empezó a convertirse en un gran formador de periodistas, que escuchaban su vozarrón, gozaban su sabiduría y temían su físico imponente (le decían «Trucutú»). Uno de sus discípulos fue el joven Alfonso Prudencio. Le corrigió su estilo enrevesado y le dijo que podía encargarse de una columna de humor. Así nació «La noticia de perfil», de Paulovich. Sólo una vez le rechazó un artículo, que hablaba del suicidio de Marilyn Monroe. «No puede publicarse en un periódico católico», le dijo. Pero su gran preocupación era hacer una buena publicación, y después, un periódico católico.

La religión no era una pasión en Huáscar Cajías. Era una forma de vida. Era un conocedor de la teología y la doctrina católicas. Su vida estuvo llena de su esposa, Beatriz de la Vega, y los diez hijos que formaban su hogar. Que sus amigos sepan, sólo había una mujer a la que escuchaba siempre, al terminar la jornada: Gladys Moreno.

Este hombre, nacido en 1921 en Santa Cruz de la Sierra, parecía estar en todas partes. En la cátedra de Criminología (fue uno de los mejores profesores en la historia de la Facultad), en la dirección de Presencia, en el Instituto Superior de Educación Física. Pero también tenía tiempo para ver a sus hijos a la hora del almuerzo y hasta para leerles cuentos.

 

 

Sentida pérdida de Huáscar Cajías

El 1 de octubre falleció Huáscar Cajías Kauffman, a los 75 años, tras una prolongada enfermedad.

Presidente de la Corte Nacional Electoral, académico, periodista, catedrático y abogado, uno de los personajes más influyentes en el periodismo nacional, la administración de justicia y la política del país.

Nació en Santa Cruz el 7 de julio de 1921. Fundador del diario «Presencia», siendo un testimonio viviente de su ética, apasionado por la enseñanza, un hombre honesto por su gran amor al país.

Presidió las elecciones generales de 1993, consideradas como las más limpias de la historia política.

Su muerte fue sentida, el gobierno decretó duelo nacional y recibió el homenaje del Parlamento Nacional y de instituciones a las que en vida estuvo ligado.

“El Mundo” 30-12-1996

 

 

 

 

 

 

 

Santa cruz de la Sierra

Domingo 28 de mayo de 2000

Enseñanza. Se lo considera uno de los mejores catedráticos de Criminología del país Pionero. Fundó y convirtió el periódico «Presencia» en uno de los más respetados del continente • Probidad. Apuntaló la democracia desde la Corte Nacional Electoral, hoy una de las instituciones más confiables

 

En realidad, la lectura era una de sus formas de disfrutar la vida. Además de todo lo relacionado con su trabajo de profesor, conoció la filosofía griega y medieval. Santo Tomas, Platón, Heidegger y Marx (a quien leyó en los originales, no en los «catecismos»), junto a un buen plato de comida, eran para él una costumbre. El picante mixto se comía sagradamente el 15 de julio, fecha de su cumpleaños.

Si se piensa en la combinación de periodismo y criminología, resulta explicable su pasión por el Holmes de Conan Doyle o por la precisa y rigurosa señora Christie. Si a esa combinación se añade un coñac Napoleón, habremos enumerado la felicidad de Huáscar Cajías.

Esa existencia intensa, comprometida, cambió drásticamente cuando murió su esposa (el menor de sus hijos tenía cuatro años). En su soledad, seguramente recordaba sus años en Buenos Aires, ungido como abanderado Salesiano, de donde salió bachiller. Luego, el servicio militar. Su matrimonio en Santa Cruz. Las carreras de Derecho y Filosofía y Letras en la UM-SA. Sucre, donde terminó con las leyes.

Luego, el doctorado en Derecho Penal en Roma. El bufete. Sus alumnos y discípulos, a quienes enseñó que el periodista no tiene vacaciones porque no puede mandar de paseo a la conciencia. Repetía que el periodismo significa asumir una opción de vida. Que no se puede ser de una forma en el trabajo y diferente en la vida. Que la ética y la estética pueden y deben tener relación.

El enseñaba -recuerda Lupe Cajías- que no somos dueños de la verdad pero podemos aspirar a aproximarnos a ella. Recomendaba usar varias fuentes y tratar de no asegurar nada. «Es preferible perder una primicia a ser deshonestos intelectualmente», decía.

Dos gobiernos democráticos distintos lo invitaron a ser Embajador ante el Vaticano y presidente de la Corte Nacional Electoral. Pero nunca se desligó del periódico. Ana María Romero, su discípula y actual Defensora del Pueblo, recuerda emocionada sus llamadas cuando era directora de Presencia: «Bien, señora. Usted lo está haciendo muy bien».

LO TUVIERON CERCA

Paulovich

HUMORISTA Y PERIODISTA

Su espiritualidad y mentalidad eran muy completas. Fue el mejor catedrático de criminología de la universidad. Siempre nos sorprendía con algunas lecciones acerca de filosofía. No era extraño al arte.

Ana María Romero

DEFENSORA DELPUEBLO

Fue un hombre virtuoso. Compartió la crianza de sus diez hijos, pese a que tenía un par de cátedras. Hizo escuela en el periodismo. Era muy exigente con el lenguaje. Seguí sus pasos, fui su discípula.

Alberto Bailey

PERIODISTA

Ha sido, para mí, uno de los individuos más íntegros, consecuente con sus ideas y vertical con sus principios. Tenía una extraordinaria inteligencia, que manejaba magistral- mente en la cátedra y en el periodismo.

Dora Cajías

FUNDACIÓN HCK.

A pesar de sus múltiples trabajos, milagrosamente se daba tiempo para nosotros, sus hijos. Los primeros cuarenta días del parto, él le preparaba comida a mi mamá. Había un horario para tareas y comidas.

Su biblioteca pertenece ahora a los lectores

Después del fallecimiento de Huáscar Cajías, el 1 de octubre de 1996, sus hijos coincidieron en que no se podía vender la casa y menos fragmentar la biblioteca, que tiene unos diez mil volúmenes.

 Surgió la idea de hacer, en torno a la biblioteca, una fundación. La Fundación Huáscar Cajías. Sus actividades, en estos dos años de funcionamiento, abarcaron la investigación, viajes de turismo cultural, conferencias y cursos a nivel universitario para gente que no puede asistir a clases regulares. Se realizan seminarios sobre distintos temas. Es un espacio alternativo para la enseñanza de la cultura, actividad que ha ejercido toda la familia Cajías de la Vega. La biblioteca, especializada en Derecho, Filosofía y Literatura, está a disposición de todos los lectores. La Fundación está ubicada en la Calle Méndez Arcos No. 815,en Sopocachi (La Paz).

Actualmente, están recopilando la obra de don Huáscar. Sus editoriales son un registro histórico de la vida nacional. Sus libros se consultan con frecuencia en las universidades, y los estudiantes recuerdan su cotidiano rigor en el aula y la brillante manera de enseñar.

Sin darse cuenta, el periodismo fue absorbiendo su vida. Cuando hizo cuentas, llevaba 32 años dirigiendo «Presencia», que llegó a imprimir casi ochenta mil ejemplares en su mejor época. Una de las tiradas más altas se alcanzó con la publicación del Diario del Che: 140.000 ejemplares o más. Después, en la época en que Presencia era un sitio en que se hacían huelgas y se enfrentaba a la dictadura, no permitió que se censurase la información. Era parte de su  estricta política editorial.

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Homenaje del Colegio de Abogados - 1996

El Dr. Huáscar Cajías Kauffmann es un gran legado ético contra la corrupción

La vida del doctor Huáscar Cajías Hauffmann es un legado de ética profesional, a un medio sumido en la oscuridad de un mar de corrupción que distingue a nuestro siglo, dijo ayer el abogado Carlos Jaime Villarroel al referirse a la personalidad del intelectual, periodista, docente universitario y hombre de derecho, que celebra sus 50 años de vida profesional.

En representación del Colegio de Abogados de La Paz, que le otorgó a don Huáscar Cajías la Medalla de Preclaro en Primer Grado, afirmó que el meritorio catedrático universitario «puso lo moral por encima de las leyes», trabajo que se completó al «difundir el pensamiento humanista de la Iglesia, defendiendo al débil y al huérfano, haciendo justicia al afligido y al menesteroso, desde su obra PRESENCIA, uno de los más prestigiosos medios de difusión del culto católico».

Destacó que «pocas veces, trascendiendo la esfera familiar o institucional el sucedo se hace académico. Menos frecuente aún, ciertos homenajes asumen contornos de verdadero acontecimiento de méritos extraordinarios, por servicios ciudadanos».

La distinción fue entregada a su hijo Fernando Cajías, quien junto a cuatro de sus hermanos asistió a la sesión organizada por el Colegio de Abogados y la Asociación de Periodistas de La Paz, en ausencia de su padre, que no concurrió a la ceremonia por estar delicado de salud.

En la segunda jornada del ciclo de conferencias programado para rendir homenaje al Dr. Cajías Kauffmann, participaron como expositores el diputado Benjamín Miguel Harb, con el tema: «Derecho a la libertad, la libertad como valor y derecho»; Willman Durán Rivera disertó sobre «La moderna teoría de la imputación objetiva» y Fernando Villamor Lucía expuso el tema: «Nuevos rumbos de la criminología», haciendo conocer conceptos de profundo contenido filosófico sobre la ciencia del derecho penal y la criminología moderna.

Al homenaje se sumaron la Asociación de Abogadas de La Paz, que le otorgó una plaqueta de reconocimiento; la Sociedad de Ciencias Penales de Santa Cruz, que le otorgó la Medalla al Mérito Científico, y la Sociedad Boliviana de Ciencias Penales, de la cual fue fundador y su primer presidente don Huáscar Cajías, le concedió la Medalla de Honor al Mérito. A nombre de la familia Cajías de la Vega, habló su hijo Fernando, quien embargado por la emoción sólo atinó a agradecer a todos quienes se congregaron en representación de los juristas, periodistas, discípulos, colegas de la Corte Nacional Electoral y familiares, asegurando que don Huáscar es un hombre universal de grandes valores y una enorme fe cristiana.

Condecoración del Colegio de Abogados al Dr. Huáscar Cajías

El Colegio de Abogados de La Paz otorgó la condecoración «Medalla de Preclaro en Primer Grado» al Dr. Huáscar Cajías Kauffmann, con motivo de sus Bodas de Oro en la docencia universitaria y en su profesión como abogado, periodista, filósofo, diplomático y destacado intelectual. Fue fundador de PRESENCIA y se hizo acreedor al reconocimiento ciudadano y por las asociaciones que estudian la ciencia del Derecho. La presea Jue entregada a su hijo Fernando Cajías de la Vega, en representación de su señor padre, quien no asistió a la ceremonia realizada ayer en el Salón de Honor del Colegio de Abogados, por estar delicado de salud. El Dr. Armando Villafuerte, presidente de esa institución, impuso la presea.

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DISTINCIÓN.- Los hijos del Dr. Huáscar Cajías Kauffmann, en representación de su padre, recibieron ayer las distinciones otorgadas por el Colegio de Abogados y otras instituciones dedicadas a la investigación de la ciencia del Derecho.

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HUÁSCAR CAJÍAS

Publicado en “El Deber”  28-05-2000

Enseñanza. Se lo considera uno de los mejores catedráticos de Criminología del país Pionero. Fundó y convirtió el periódico «Presencia» en uno de los más respetados del continente • Probidad. Apuntaló la democracia desde la Corte Nacional Electoral, hoy una de las instituciones más confiables.

En realidad, la lectura era una de sus formas de disfrutar la vida. Además de todo lo relacionado con su trabajo de profesor, conoció la filosofía griega y medieval. Santo Tomas, Platón, Heidegger y Marx (a quien leyó en los originales, no en los «catecismos»), junto a un buen plato de comida, eran para él una costumbre. El picante mixto se comía sagradamente el 15 de julio, fecha de su cumpleaños.

Si se piensa en la combinación de periodismo y criminología, resulta explicable su pasión por el Holmes de Conan Doyle o por la precisa y rigurosa señora Christie. Si a esa combinación se añade un coñac Napoleón, habremos enumerado la felicidad de Huáscar Cajías.

Esa existencia intensa, comprometida, cambió drásticamente cuando murió su esposa (el menor de sus hijos tenía cuatro años). En su soledad, seguramente recordaba sus años en Buenos Aires, ungido como abanderado Salesiano, de donde salió bachiller. Luego, el servicio militar. Su matrimonio en Santa Cruz. Las carreras de Derecho y Filosofía y Letras en la UM-SA. Sucre, donde terminó con las leyes.

Luego, el doctorado en Derecho Penal en Roma. El bufete. Sus alumnos y discípulos, a quienes enseñó que el periodista no tiene vacaciones porque no puede mandar de paseo a la conciencia. Repetía que el periodismo significa asumir una opción de vida. Que no se puede ser de una forma en el trabajo y diferente en la vida. Que la ética y la estética pueden y deben tener relación.

El enseñaba -recuerda Lupe Cajías- que no somos dueños de la verdad pero podemos aspirar a aproximarnos a ella. Recomendaba usar varias fuentes y tratar de no asegurar nada. «Es preferible perder una primicia a ser deshonestos intelectualmente», decía.

Dos gobiernos democráticos distintos lo invitaron a ser Embajador ante el Vaticano y presidente de la Corte Nacional Electoral. Pero nunca se desligó del periódico. Ana María Romero, su discípula y actual Defensora del Pueblo, recuerda emocionada sus llamadas cuando era directora de Presencia: «Bien, señora. Usted lo está haciendo muy bien».

LO TUVIERON CERCA

Paulovich

HUMORISTA Y PERIODISTA

Su espiritualidad y mentalidad eran muy completas. Fue el mejor catedrático de criminología de la universidad. Siempre nos sorprendía con algunas lecciones acerca de filosofía. No era extraño al arte.

Ana María Romero

DEFENSORA DELPUEBLO

Fue un hombre virtuoso. Compartió la crianza de sus diez hijos, pese a que tenía un par de cátedras. Hizo escuela en el periodismo. Era muy exigente con el lenguaje. Seguí sus pasos, fui su discípula.

Alberto Bailey

PERIODISTA

Ha sido, para mí, uno de los individuos más íntegros, consecuente con sus ideas y vertical con sus principios. Tenía una extraordinaria inteligencia, que manejaba magistral- mente en la cátedra y en el periodismo.

Dora Cajías

FUNDACIÓN HCK.

A pesar de sus múltiples trabajos, milagrosamente se daba tiempo para nosotros, sus hijos. Los primeros cuarenta días del parto, él le preparaba comida a mi mamá. Había un horario para tareas y comidas.

Su biblioteca pertenece ahora a los lectores

Después del fallecimiento de Huáscar Cajías, el 1 de octubre de 1996, sus hijos coincidieron en que no se podía vender la casa y menos fragmentar la biblioteca, que tiene unos diez mil volúmenes.

 Surgió la idea de hacer, en torno a la biblioteca, una fundación. La Fundación Huáscar Cajías. Sus actividades, en estos dos años de funcionamiento, abarcaron la investigación, viajes de turismo cultural, conferencias y cursos a nivel universitario para gente que no puede asistir a clases regulares. Se realizan seminarios sobre distintos temas. Es un espacio alternativo para la enseñanza de la cultura, actividad que ha ejercido toda la familia Cajías de la Vega. La biblioteca, especializada en Derecho, Filosofía y Literatura, está a disposición de todos los lectores. La Fundación está ubicada en la Calle Méndez Arcos No. 815, en Sopocachi (La Paz).

Actualmente, están recopilando la obra de don Huáscar. Sus editoriales son un registro histórico de la vida nacional. Sus libros se consultan con frecuencia en las universidades, y los estudiantes recuerdan su cotidiano rigor en el aula y la brillante manera de enseñar.

Sin darse cuenta, el periodismo fue absorbiendo su vida. Cuando hizo cuentas, llevaba 32 años dirigiendo «Presencia», que llegó a imprimir casi ochenta mil ejemplares en su mejor época. Una de las tiradas más altas se alcanzó con la publicación del Diario del Che: 140.000 ejemplares o más. Después, en la época en que Presencia era un sitio en que se hacían huelgas y se enfrentaba a la dictadura, no permitió que se censurase la información. Era parte de su estricta política editorial.

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DISCURSO DE HUÁSCAR CAJÍAS K.

En ocasión de recibir Premio de la Fundación “Manuel Vicente Ballivián” 24-05-1991

Señoras y señores:

Como parte de una confesión que a nadie puede extrañar, comienzo diciendo que me siento particularmente complacido al recibir el premio que la Fundación «Manuel Vicente Ballivián» destina a favor de los periodistas.

Esta satisfacción tiene una cuádruple raíz.

La primera: de por medio se halla un nombre ilustre dentro de la cultura boliviana: el de don Manuel Vicente Ballivián, destacado por sus escritos, por su pertenencia a las tradicionales sociedades geográficas que tanto lucieron porque Bolivia fuera conocida; por los servicios que prestó al país, especialmente en el campo de la diplomacia y por el aliento que dio a las tareas del espíritu. La tendencia a alentar esas tareas dura en su ilustre descendiente, doña Mónica Ballivián de Gutiérrez.

La segunda se refiere a la propia entidad que hoy concede estos premios. Ella, como pocas, se destaca por el constante apoyo que da a la cultura, que es la columna vertebral de una nación: allí está el ejemplo de naciones viejas que, después de haber permanecido durante años y hasta siglos, sometidas al dominio colonial, han tornado a levantar su cabeza, con su identidad nacional intacta, simplemente porque supieron conservar su fuerza cultural. Poco importó el que sus riquezas materiales hubieran ido a beneficiar a otras naciones: su espíritu no pudo ser robado ni exportado.

No es menos significativa la tercera razón, que es la nómina de quienes ya han recibido este galardón. Llena de un orgullo legítimo el ingresar a un grupo que se destaca por sus méritos, por lo que ha dado a Bolivia, a los que viven en esta tierra. La alabanza sirve no sólo para los bolivianos sino también, quizá especialmente, para los extranjeros que pusieron su mente y su corazón al lado de los nuestros, para bien de esta tierra amada.

Y, por fin, porque en estos tiempos en que el poder político y los bienes económicos son admitidos por doctrinas enteras como lo principal, todavía hay instituciones que ponen en primer lugar los bienes del espíritu y nos colocan entre sus cultivadores.

Este premio me ha sido otorgado por mi tarea como periodista, es decir, como comunicador social. He sido durante casi cuarenta años, una parte pequeña de esa red enorme constituida por la comunicación humana, a la cual cada uno de nosotros da una contribución íntima y de la cual recibe a raudales crecientes.

Crecientes porque la comunicación a crecido cada vez más, se ha tornado un fenómeno social dentro del cual nos encontramos cada día más inmersos, que nos pone en contacto más estrecho con los demás por medio de vínculos de interdependencia que nuestros antepasados no remotos no pudieron ni sospechar. Ya no se trata simplemente de que los medios impresos nos permitan llegar a otros tiempos y lugares; se trata de que en un segundo podamos introducir un mensaje engrande que, para poseerla, vale la pena de correr el riesgo de pecar, de no usarla bien.

De ahí la estupidez que demuestra el gobernante, la ceguera del propio bien que demuestra el comunicador, cuando piensan que la forma de eliminar los peligros de la libertad consiste en eliminarla. Ese no es sólo un error de principio sino un medio para destruir al hombre, para amputar no algo que le es accidental, sino su propia esencia.

Como comunicadores, los periodistas estamos entre los que corren el que podemos llamar riesgo de la libertad.

Premios como el que hoy recibo demuestran una gran tolerancia con la falibilidad humana, esa en que todos nos hallamos inmersos; esa perenne tentación para los resbalones que tantas veces hemos dado en la vida. Un reconocimiento por las veces en que acertamos: también una voluntaria ceguera generosa para los errores.

Para los que hemos recibido estas distinciones, la obligación resultante es doble. Por un lado, la de examinar el pasado para hacer un examen de conciencia. Y también un llamado de atención para que sepamos cómo conducirnos en los años que nos quedan de vida, por pocos que ellos sean.

En todo caso, un hito que nos llena de alegría, que -vale la pena decir la verdad- nos llena de satisfacción a quienes recibimos el premio -unos ayer, otros hoy, otros mañana; un premio que nos compromete cada vez más a quienes escogimos un día meternos en esta selva de la comunicación, llena de acechanzas, pero también de maravillas de primer orden.

Gracias por esta distinción; gracias por la tolerancia y el aliento que ella trae consigo.

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Sentida pérdida de Huáscar Cajías

Publicado en “El Mundo”  30-12-1996

El 1 de octubre falleció Huáscar Cajías Kauffmann, a los 75 años, tras una prolongada enfermedad.

Presidente de la Corte Nacional Electoral, académico, periodista, catedrático y abogado, uno de los personajes más influyentes en el periodismo nacional, la administración de justicia y la política del país.

Nació en Santa Cruz el 7 de julio de 1921. Fundador del diario «Presencia», siendo un testimonio viviente de su ética, apasionado por la enseñanza, un hombre honesto por su gran amor al país.

Presidió las elecciones generales de 1993, consideradas como las más limpias de la historia política.

Su muerte fue sentida, el gobierno decretó duelo nacional y recibió el homenaje del Parlamento Nacional y de instituciones a las que en vida estuvo ligado.

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