YO ME OPONGO

Huáscar Cajías K.

Tiempos hubo en que ser opositor y, sobre todo, decirlo, casi equivalía a tener ganada la medalla del heroísmo pues lo menos que se conseguía era la amenaza de una pateadura o, lisa y llanamente, la pateadura en acto. O implicaba, por lo menos, un rasgo de distinción positiva porque uno rechazaba ideas que otros pretendían imponer y que eran manifiestamente erradas o abusivas: también entonces el ser opositor acarreaba prestigio y, en algunos casos, orlas de santo o mártir.

Dichosos tiempos aquellos, tan diferentes de los nuestros en que el decir «Me opongo» ha pasado a ser algo no sólo corriente sino hasta vulgar y supone más razones de censura que de alabanza.

Pero vayamos por partes porque la realidad no es tan simple y hay necesidad de distinguirla para evitar confusiones.

En efecto, el oponerse puede seguir siendo positivo y digno de aplauso; puede significar que alguien tiene una personalidad indoblegable, ideas firmes, convicciones por las que es capaz de sufrir y hasta de morir; deseo de no dejarse arrastrar pasivamente por la multitud. Verdad es que, entonces, cabe hablar más de posiciones firmes que de oposiciones. La oposición es mero resultado. Me enfrento al otro porque él está allí y yo aquí. En ese sentido, puede suceder y sucede que el opositor político se contraponga al gobierno; pero éste puede resultar, a su vez, opositor de os opositores porque, en el fondo, asume una posición de la que los demás discrepan.

No nos podemos referir con censura a estas contraposiciones límpidas y constructivas, que surgen de las discrepancias legítimas, de un sano, aunque no infalible ejercicio de la libertad; que son natural consecuencia de esa democracia -a la cual se han convertido hoy inclusive sus enemigos de ayer nomás-.

Pero habrá que admitir que esos casos no suelen ser mayoritarios. Los sabemos y seguramente por eso solemos mirar con casi inmediata desconfianza a quien lanza el consabido grito:

– Me opongo.

¿Razones? Variadas. Por ejemplo, ni el que grita ni los que lo oyen saben claramente a qué se opone el susodicho ni por qué asume tal posición. Suele asomar enseguida la sospecha de que se opone porque sí, porque es bonito y llamativo, porque así se acostumbra o así se adquiere prestigio o porque es necesario manifestar insatisfacción, esa que es propia del hombre superior al que molestan y hasta agravian las personas corrientes, los hechos usuales, las prácticas vulgares de la mayoría.

La gente común no suele ser tan tonta como se la supone y, socarrona como es, comenta enseguida lo qué el opositor -que lo es por el mero gusto de serlo- manifiesta con su actitud (aquí vale la advertencia, para evitar erradas interpretaciones, de que no nos referimos sólo al opositor político).

Se suele tener razón en la censura cuando la actitud de oponerse es atribuible no a vigorosa personalidad sino precisamente a lo contrario: a debilidad, oscuramente sentida por el culpable. No son raros los casos de los tímidos bochincheros, de los lujuriosos que asumen actitudes mojigatas, de aprovechadores del Estado que trinan contra los corruptos. No faltan argumentos para sostener la solidez del viejo refrán: Dime de qué alardeas y te diré de qué careces.

El débil -persona o institución- no quiere mostrar su debilidad ni su timidez; quiere desmentir su indecisión perpetua; pretende probar que es de acero y no de gelatina. Y entonces… se opone a cualquier cosa, sobre todo si no habrá consecuencias temibles. Ocurre, por ejemplo, que hay quien depende al detalle de lo que piensan y sienten los demás; el que es el influible hasta por un niño; el supermaleable que es sumiso por naturaleza, pero que no quiere parecerlo. Pues entonces, como signo de independencia, se opone a todo.

Y se opone dando las razones más raras, como que, en el fondo, son sólo débiles pretextos gritados en voz alta, para apabullar al adversario, pero sin que se abra la discusión ideológica que podría mostrar que la oposición existe porque sí y nada más.

Llama más la atención uno que grita que cien que se callan. El que grita se distingue: nadie podrá dudarlo.

Pero aclaremos la cuestión, antes de seguir adelante.

Ante todo, es evidente que todos tenemos algo que nos llama a querer distinguirnos. Los viejos tomistas decían que todo ser verdadero es distinto u otro; es decir, es lo que otro no es; si nosotros somos es porque no somos lo que otros son: tenemos que distinguirnos. Allí está seguramente la raíz del calificativo «distinguido» que se aplica a algunas personas para designar que no son como las demás, que se destacan. Desde luego, podrían ser unos malversadores que se distinguen de los funcionarios honrados; podrían ser unos tontos que se distinguen de los inteligentes. Pero no suele ser eso lo que pretendemos expresar; queremos decir que es mejor, que obra con distinción, que es más ele-gante, más fino, más culto, o sea, distinguido en el mejor sentido.

Es indudable que, muchas veces, el opositor consuetudinario busca ser opositor para alcanzar este objetivo: el de distinguirse, el de ser como una airosa torre que se yergue sobre la chatura de los edificios comunes. Suele querer llamar la atención.

Pues, sí: logra distinguirse. Pero hacia el lado de lo peor, como sin duda ha ocurrido en algunos casos presentados entre nosotros en los últimos tiempos.

Es decir -nuevo ejemplo- en un buen coro de cien voces, puede haber un cantor que lanza un gallo. El culpable se distingue, pero de la peor manera posible. Es un distinguido, pero al revés. Y lo mismo sucede con el hombre que se distingue -pues, verdaderamente se distingue- por su suciedad en medio de un grupo de gente limpia-.

En otras palabras, no se alcanza la distinción que da prestigio sino la que desprestigia y hunde. A eso se llega por el opositor que lo es simplemente para distinguirse.

O sea, no basta ser opositor u oponerse a todo, para distinguirse en el mejor sentido de la palabra pues puede ocurrir que uno se distinga en lo peor; por ejemplo, por ser sólo un débil, un sediento de brillo o, más simplemente, un envidioso.

Lo que, en otras palabras, se traduce en un consejo: no te opongas por simple afán de oponerse pues puedes caer en el ridículo: no olvides que el camino de la oposición es tan duro y difícil como el de estar de acuerdo; ten cuidado con lo que escoges. 

Comment
Name
Email