SUSTITUCIÓN DE LOS COCALES

Por Huáscar Cajías K.

Director fundador de PRESENClA.  Catedrático universitario y ex embajador de Bolivia ante la Santa Sede.

Creo que podemos hacer algunas afirmaciones. Por ejemplo, que la sustitución de los cocales es inevitable, que hay que llevarla a cabo en las mejores condiciones posibles y que, de no precederse a ella, estamos preparando días de pobreza y hasta de miseria para los campesinos productores.

Es inevitable, por razones morales y económicas. La producción de cocaína -a que se destina la mayor parte de la coca cultivada-, es inmoral pues implica un grave daño que afecta a millones de personas en el mundo: es hora de que dejemos de hablar de «hoja sagrada» o de cualquier cosa semejante para intentar justificar un negocio censurable del que no se debe echar la culpa a nuestros antepasados indígenas. Agreguemos que el daño se causa ya también a varios millares de bolivianos, especialmente jóvenes. No podemos seguir con actividades que concluyen en descrédito para el país y en una condena generalizada contra los bolivianos, cuando los culpables son unos cuantos empresarios criminales. Tenemos que luchar porque se nos den los calificativos positivos que merecemos y no se nos cubra a todos con lo que merecen sólo unos cuantos. Pero no se trata sólo de aspectos morales: lo cierto es que la comunidad internacional está dispuesta a intensificar la lucha contra el narcotráfico y que si no participamos en ella» -como es nuestro deber hacerlo- tendremos que encarar presiones perjudiciales de todo tipo, t-[Trini- mente económicas, que dañaran sobre todo a los campesinos y los sectores más pobres. Los discursos demagógicos, no siempre desinteresados, no servirán para ganar ningún combate que se intente.

Desde luego, no es cuestión de erradicación lisa y llana sino de sustitución de cultivos. Los países consumidores no pueden exigir que sacrifiquemos a los campesinos -quizá reduciéndolos hasta el hambre- para salvar a los usuarios, que frecuentemente son viciosos que no carecen de culpa por lo que les sucede. Hay acuerdos internacionales, como la Convención de 1988, acerca de la lucha contra el tráfico de estupefacientes y sustancias psicotrópicas; lo decidido recientemente en Cartagena: acuerdos bilaterales y multilaterales, así como una conciencia universal clara, de que debe actuarse con equidad y prudencia en relación con quienes producen coca. Ya se procede y se seguirá por el mismo camino en el futuro, respetando por lo menos los siguientes principios: Los cultivos de coca serán sustituidos paulatinamente, teniendo en cuenta los intereses de los productores, lo que implica plantaciones económicamente rendido- ras y mercados seguros, así como medios de transporte: se deberán respetar los derechos humanos de los cultivadores, sus tradiciones y cultura, los usos legítimos, aunque no sean estrictamente medicinales; no se utilizarán medios que dañen el medio ambiente, tales como pesticidas, plagas dañinas ni nada semejante. El combate no va contra el cultivo de coca sino contra la fabricación y tráfico de cocaína.

Si, por cualquier razón, no acogiéramos planes racionales de sustitución de cultivos, ¿cuáles serían las consecuencias? Destructoras para Bolivia y sobre todo para los campeamos cultivadores. Si somos realistas -y tenemos que serlo- es imposible no ver lo que ha de ocurrir pronto. Por ejemplo: la represión interna e internacional será cada vez más intensa y efectiva, lo que quiere decir -como ya comienza a suceder- disminución del número de fábrica. menor demanda de coca v con-siguiente baja del precio de fa materia de primera (ahora mismo, se calcula que la coca vale de la cuarta a la sexta parte de lo que valía en los tiempos del auge de los precios). En algunos países altamente consumidores, comienza a disminuir el interés por la cocaína, dentro de las fluctuaciones del gusto de los consumidores que se presentan periódicamente; tal sucede en Estados Unidos; el creciente consumo europeo no alcanza a compensar la pérdida del mercado que desciende: es casi seguro que esta tendencia continuará. Han surgido por lo menos tres sustitutos sintéticos dentro del campo de drogas en que se mueve la cocaína; esos sustitutos aumentarán en número, son y serán más baratos de fabricar y obtener: llegará el momento en que la propia cocaína o algún producto muy similar, sea fabricada en laboratorios, sin necesitar hojas de coca como materia prima. Hay quienes calculan que esto puede suceder en un plazo medio de cinco años.

Es evidente que. cuando se habla de defender a los productores de coca, se cita inmediatamente a los campesinos, a decenas de millares de ellos. Pero es necesario reconocer que el narcotráfico beneficia sobre todo a unos cuantos empresarios. sus «peces gordos» son pocos. Los campesinos no participan de la riqueza y de la ostentación alentadora que acostumbran lucir los jefes. El campesino y el obrero corrientes suelen ser también víctimas de un sistema opresor, al que poco se refieren los partidarios de la «hoja sagrada». El campesino sigue casi tan pobre y dependiente como antes. Y quizá más oprimido v sujeto a amenazas e imposiciones porque las organizaciones de narcotraficantes no se caracterizan por la bondad v la comprensión.

Lo anterior lleva a una conclusión que parece lógica: hay que convenir una racional sustitución de los cocales ilícitos, de aquellos destinados a la producción de cocaína. Oponerse cerradamente a la sustitución no constituye una defensa de los intereses «de los campesinos sino una amenaza cierta contra ellos. Supondrá y a breve plazo, empobrecimiento y una crisis amplia y profunda.

La sustitución conviene a todos. también a los campesinos, si se obra con equidad y prudencia. Pero asimismo a los países consumidores. que lograrán algo positivo con inversiones que serán mucho menores que los gastos enormes que ahora se realizan en combatir el narcotráfico después de que la droga ya ha sido fabricada y lanzada al mercado internacional.

Cabe una advertencia. La sustitución conseguirá un progreso en la lucha contra el narcotráfico. La atenuación, pero no la eliminación de este mal. El disminuirá, pero subsistirá en buena parte mientras no se combatan -y eso es mucho más difícil que el sustituir cocales- hasta derrotarlas, las numerosas y profundas causas que llevan a que millones de personas, sobre todo jóvenes, se conviertan hoy en consumidores.

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