SE NOS VIENE ENCIMA EL AÑO 2000

Cuando, como ahora, está a punto de concluir no sólo un siglo tormentoso, sino todo un milenio, es natural que nos sintamos inclinados a asumir papel de profetas que, con mirada zahori, ven el futuro y no se abstienen de publicar sus visiones, sobre todo las aterradoras, para dar un buen sustito al prójimo.

Tenemos natural curiosidad por saber qué nos espera a quienes es dudoso que lleguemos al año 2.000; que espera a nuestros hijos, nietos y bisnietos que muy probablemente pasarán la mayor parte de sus vidas durante el tercer milenio y el siglo XXI.

A ratos nos llenamos de optimismo porque creemos ver ciertos signos alentadores sobre el futuro. Otras veces, nos quedamos tembleques al advertir que muchos caracteres del hombre de siempre habitante de cavernas o de rascacielos no quieren cambiar y asoman en la vida privada o pública, con más fuerza y más sutilezas que nunca.

Si no podemos profetizar hasta en los detalles, por lo menos nos es ya posible garantizar que los cambios serán grandes, probablemente enormes, de modo que dentro de un siglo nuestros tataranietos estarán planteándose preguntas concretas muy distintas a las que hoy nos angustian o nos llenan de esperanza.

Pero que habrá grandes cambios, los habrá. En el mundo hoy desarrollado y, para entonces, superdesarrollado, y también en naciones como Bolivia que todavía no se han introducido en el ritmo actual de vida.

De cualquier modo, cambiaremos y en necesario que nos preparemos para que el futuro no nos sorprenda.

Para llegar a tal convicción, nos bastara analizar las semillas que hoy sembramos; eso será suficiente para suponer que cosecharemos frutos altamente novedosos: pero no podemos asegurar si serán buenos o malos o mezcladitos, como usualmente suele suceder.

No sabemos en qué condición se hallarán los jóvenes que estos años comiencen a cotizar dentro del nuevo sistema de pensiones ni sabemos si tendrán banquetes diarios o habrán de contentarse con concurrir a la olla del anciano desnutrido.

Quizá para entonces dispongamos de algún medio científico que nos permita evitar la presencia de los que odian la vida y predican el aborto como gran remedio para todo. Podemos darles gusto descubriendo, con métodos flamantes y prematuramente sus tendencias para pedir a sus señoras mamás, que los aborten a tiempo para que el resto de los engendrados pueda nacer tranquilo.

O quizá sucederá al revés que haya alguna dama que sea campeona en la producción de embriones y fe titos inviables.

Todo puede ser.

Quizá el tema se pierda como algo pasado porque los intereses antifemeninos habrán descubierto que el embarazo natural ya no es necesario pues bastará la fecundación artificial y una placenta sintética en la cual se gestará el niño con los caracteres que la mujer libre quiera escoger, presumiblemente los más diferentes de los caracteres propios de su marido.

Ahora mismo, los cambios se han tornado vertiginosos. Se equivocó de medio a medio el japonecito aquél que pronosticaba el final de la historia. Sucederá lo contrario: la historia seguirá vi vita y coleando y cambiará día a día.

Lo que puede decirse es que el tiempo corre a ritmo cada vez más acelerado. Los mismos hombres nos desplazamos a mayor velocidad. Más sucesos ocurren en menor tiempo.

Los viajeros pueden servirnos de ejemplo.

Hace un millón de años, o cien mil o veinte mil, ese viajero humano se desplazaba, con buen tiempo, a cinco kilómetros por hora.

Cuando, hace unos cinco mil años, llegaron los barcos de vela o el carro tirado por caballos o se pudo ser jinete, 10 kilómetros por hora eran una buena velocidad promedio.

Durante los cuarenta siglos siguientes, esa velocidad se mantuvo más o menos inmutable. Hace poco menos de dos siglos, los privilegiados de primera clase llegaron a los 20 kilómetros en buenos veleros o en los primeros ferrocarriles.

Y aquí comenzó la gran carrera.

Medio siglo después, se alcanzó la velocidad doble.

A fines del siglo XIX, los buenos trenes habían llegado a los 80 kilómetros. Después de la primera guerra mundial, los aviones recién nacidos habían superado los 200 kilómetros. A poco de concluir la segunda guerra mundial, los pasajeros volaban a 500 kilómetros. Veinte años después, el Concorde superaba los 2.000 kilómetros horarios.

Dentro de medio siglo, podrá suceder lo que anuncian obras de ciencia ficción: que el pasajero llegue antes de haber partido.

Pero no podemos garantizar que habrá grandes progresos en la moral o en el camino a la felicidad. Quizá haya retrocesos, renacimientos abominables, como ya ha sucedido muchas veces en la historia.

Es esta una opinión confusa sobre la vida futura en esta tierra. Pero es casi todo lo que se puede adelantar. El hacer afirmaciones sobre aspectos concretos y considerados seguros, es poner en peligro nuestro prestigio de buenos augures; o es algo que compete a hombres iluminados o a quienes conocen profundamente la ciencia. Con la advertencia de que en este caso, quizá cualquier sabio pueda gozar de la profunda satisfacción de equivocarse científicamente.

Por Huáscar Cajias K.

Fundador de PRESENCIA y catedrático universitario. Actualmente es Presidente de la Corte Nacional Electoral.

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