Por Huáscar Cajías K.
Este título no proviene del propósito de inventar paradojas para sorprender al lector. Implica mucho menos: una verdad que se ha tornado tan extraña, que a primera vista se nos presenta como un absurdo. O, si se sigue la ruta de Chesterton, la paradoja resulta una verdad escondida.
Pero vayamos por partes.
Como periodista antiguo y viejo, no me llama la atención si alguien, a quien le atribuyen declaraciones explosivas o inconvenientes, se disculpa aduciendo que el reportero no lo entendió o interpretó, de buena o mala fe, mal lo que se le había dicho. El periodista suele ser una persona a la cual difícilmente se le reconoce el beneficio de la presunción de inocencia.
La solidaridad profesional no me llevará a afirmar que los periodistas son infalibles todos, o modelos de objetividad u honestidad. Pero ahora, cuando brilla el recurso de las grabadoras, suelen quedar frecuentemente libres de culpa frente a las acusaciones de los declarantes.
Hay que reconocer que, más frecuente que la acusación frontal, es la bondadosa explicación según la cual la declaración queda tergiversada porque se la citó aisladamente, fuera de su contexto y de modo que se presta a interpretaciones equívocas, que desnaturalizan lo que se quiso decir. Más o menos como en una anécdota que ya cité en otra ocasión y que es tan ilustrativa que merece ser repetida.
Pues se trata de que hace ya decenios, varios cardenales europeos desembarcaban en Nueva York para asistir a una reunión eclesiástica. Un periodista se acercó al Cardenal de París y con su granito de malicia le preguntó si iba -el Cardenal- a ir a algún cabaret en Nueva York. La respuesta astuta fue una pregunta: ¿Hay cabarets en Nueva York? Y el monumento fue el título de la noticia tal como salió impreso: «Apenas llegado, el Cardenal de París preguntó si había cabarets en Nueva York».
Puede eventualmente ocurrir que todo o lo fundamental de los errores se deba a ineptitud profesional o a carencia de ética en el periodista. Pero la verdad es que usualmente la responsabilidad tiene que atribuirse al declarante.
Se olvida, por ejemplo, que todo periodista está sujeto a una de estas dos tiranías: la del tiempo, si la información tiene que aparecer en radio o televisión; la del espacio, si debe imprimirse en un diario. El declarante no acostumbra considerar estas limitaciones. Convoca a extensas conferencias de prensa que pue-den ser muy importantes para el que
las ofrece, pero no para el público. Otras veces, habla largamente. Cuenta su vida y milagros. Pierde y, sobre todo, hace perder el tiempo ajeno. El periodista se ve obliga do a seleccionar lo que es de interés público y dejar de lado lo que es de interés sólo del declarante. Nada de raro que haya contraposiciones entre tales intereses.
Tampoco es raro, por tanto, que el periodista diga:
– Di a conocer todo lo que era importante, que era muy poco. No es culpa mía que una conferencia de una hora tenga que ser reducida a dos minutos (o a diez líneas, en el caso de un diario). El declarante habló mucho, pero dijo poco: no es mi culpa.
En cambio, el tal declarante afirma:
– Esos analfabetos han tergiversado de mala fe lo que he dicho. Han prescindido de lo fundamental y dado a conocer lo secundario. Han extraído frases de su contexto y me hacen decir lo que nunca dije …
Desde luego, cuanto más extensas las declaraciones, mayores las probabilidades de que surjan enredos y malos entendidos. De donde viene el primer consejo: que las declaraciones sean breves y concretas, siguiendo el sabio consejo de Gracián: «Lo bueno, si breve, dos veces bueno. Lo malo, si breve, no tan malo». En otras palabras, si las declaraciones son breves, quizá no interesen a nadie, pero tampoco lo impacientarán o molestarán.
Ni para qué hablar de la conveniencia de preferir un comunicado escrito, claro y bien meditado que, inclusive si es acompañado de una explicación enredada, aleje el peligro de las malas interpretaciones y pueda servir siempre de base concreta para reclamaciones de los declarantes (salvando los casos, no reíros, en que el documento dice algo muy distinto de lo que se expone de palabra viva).
Claro que el gran problema se halla en las declaraciones que los periodistas, con su dejo de ironía, califican como «improvisadas» o como «discursos de circunstancias» o «discursos de rigor»: expresiones usuales con las cuales no se sabe siempre lo que se quiere expresar.
El cuadro general de las actuaciones es corrientemente el que sigue.
Por un lado, está el declarante que quiere decir todo lo que le interesa y que desea que sea eso lo que se transmita o publique íntegramente. Pero es frecuente que al periodista le interesen otros temas. El declarante quiere limitarse a un punto; el periodista pretende enseguida llevarlo a otro distinto. A nadie pueden sorprender estas divergencias respecto a lo que cada uno sostiene o cree que es lo más interesante para la opinión pública. Uno quiere hablar de esto; el otro quiere obligarlo a hablar de aquello otro.
La situación es tan usual que da lugar a auténticos enfrentamientos. El periodista no es tan malicioso como para tender trampitas o poner zancadillas cuya víctima sea el declarante; simplemente quiere que éste se refiera a temas de los que, por tal o cual razón, preferiría huir. El periodista no es malicioso, pero tampoco desea convertirse en mero portavoz del declarante o sujeto pasivo en la tarea de recoger noticias. Puede resultar entonces algo especial: que el declarante concluya diciendo lo que quería mantener en reserva; tocando el tema del que deseaba olvidarse.
Aquí surge el problema de las declaraciones improvisadas, a veces calificadas así solamente por los resultados desastrosos que tienen y que se deberían evitar. Evitar, desde luego, no sólo las consecuencias sino las declaraciones mismas en lo que tienen de improvisadas, de impreparadas. No tienen que darse tales improvisaciones sobre todo en relación con ciertos niveles y ciertos temas. Si no se puede dar una declaración escrita y explicaciones orales pertinentes, no cabe sino una atentísima prudencia. Quiero decir que si hay comunicado escrito casi no habrá lugar para que las preguntas desborden a los preguntados; los asuntos quedarán generalmente, por el contrario, circunscritos. Pero si se desea enfrentar interrogatorios amplios de los periodistas, pues no siempre se puede prever hacia dónde apuntarán las preguntas. Ellas pueden referirse a cuestiones imprevisibles y sorprendentes. Entonces, no se puede salir por peteneras porque todos se darán cuenta de que hay deseo de rehuir la cuestión, de que no se quiere o no se puede decir algo concreto; que el declarante sabe menos de lo que presumía orgullosamente o le teme. De cualquier modo, una situación muy poco positiva o prestigiante. El que propone campos amplios de preguntas o discusiones, tiene que estudiar muy bien el camino que se atreve a recorrer y precaverse contra cualquier inocente arremetida periodística.
En otras palabras, como sostengo en el título de este artículo:
Las declaraciones improvisadas deben ser muy bien preparadas. El consejo va hasta con rima, para que sea más fácil de recordar.