EGOÍSMO Y SOLIDARIDAD

Hace algo así como un siglo, cuando se echaban los cimientos de la seguridad social, se pensaba que el nuevo sistema constituía Una manifestación clara de la solidaridad humana; de una acción social llevada a cabo para el bien común; del propósito de pensar no sólo en la felicidad propia sino también en la ajena.

Esa base se entendía tanto por los cristianos, tan consustancia-dos con la caridad y la noción de prójimo -el evangelio afirma que si alguien dice que ama a Dios, al que no ve, pero no ama al prójimo, al que ve, es un mentiroso-; pero también por los que pensaban que todo hombre es hermano de otro hombre por simple naturaleza; todos debemos ayudarnos si queremos seguir el camino de la solidaridad. En el fondo, esos filántropos estaban muy cerca del cristianismo, quizá sin saberlo.

En cambio, se alejaba de la cruz el que predicaba que la caridad comienza por casa – sobre todo si aceptaba también que allí debe quedarse y encerrarse-.

Este es el liberalismo más completo, que defiende la libertad, pero se olvida del hombre; que piensa ante todo en el individuo aislado y en sus intereses y se olvida de los demás. Ni siquiera admitía el principio de los tres mosqueteros: Uno para todos, todos para uno, sólo había que admitir la mitad de tal principio: Todos para uno (yo, paira ser claro, y sincero).

Estos principios siguen en combate: o solidaridad y generosidad o, por el otro lado, individualismo, egoísmo y ambición; o damos también al otro al prójimo, o sólo son válidas mi codicia y mi ambición.

La lucha es de siempre. Ahora mismo, la vemos patente, por ejemplo, en las contraposiciones acerca de la ley de pensiones.

Se ha dicho, inclusive por alguna autoridad o algún técnico que, en materia de asignaciones jubilatorias, se acabó el viejo fondo de solidaridad. Ahora, cada uno a lo suyo. Si le va bien, magnífico, si no, pues lo sentimos y alas y buen viento.

En consecuencia, no nos llame la atención que a muchos viejitos o que están cerca de serlo, se les hayan parado los pocos pelos que les quedan y que instituciones enteras hayan quedado aterrorizadas, llorando prematuramente una agonía larga e infeliz que se les anuncia.

Es que ahora, a las amenazas que todo trabajador siente ante la simple palabra «liberalismo», se suma una propaganda que le anuncia el retorno a los tiempos criticados por Marx y a las primeras encíclicas papales sobre temas sociales.

Es probable que quienes prefieren esta solución liberal no hayan explicado bien lo que pretenden. Pero han mostrado lo peor del sistema novedoso y draculesco y, por lo menos, tienen que convencerse de que su táctica los puede llevar a una derrota.

Una de las razones básicas del desastre es obvia: el trabajador prefiere la solidaridad. No es un señor que desea hundirse en su soledad. Quiere esperar siempre en una mano amiga. No en una vejez solitaria y sin esperanza.

El trabajador de hoy se siente temeroso de su futuro. Se niega a admitir a empresas que manejen miles de millones de dólares, mientras los asegurados -llamados así por costumbre, aunque se ven más inseguros que nunca-, los supuestos beneficiarios parecen convencidos de que no se les garantiza, para su vejez, ni siquiera un chairito mediano.

Quizá algunos liberales de buena fe se desesperan al advertir que no se les cree, que se les tiene desconfianza. Tendrán que reconocer que varios principios que sostienen o la forma en que pretenden imponerlos, no son los más aptos para suscitar apoyo y llevar a que los trabajadores se forjen unas cuantas ilusiones.

Si se quiere avanzar real-mente, hay que superar el estancamiento actual que llevaría a que subsista un sistema que tampoco promete mucho. Pero que el avance, no se haga contra la voluntad de los presuntos beneficiarios. Se tiene nomás que volver de algún modo a la solidaridad, a la cooperación, a la comprensión mutua entre trabajadores, empresarios y el Estado. Hay que volver a creer que la felicidad de unos depende de la felicidad de otros y no de contraposiciones inacabables.

Y obremos lo antes posible. Si nosotros nos apresuramos. Dios nos ayudará. No mantengamos un clima propicio a los encontronazos. No sigamos buscando la tentación. Recordemos que al que madruga, Dios le ayuda.

Ayudémonos unos a otros y todos seremos bendecidos. No cambiemos el refrán para que nos convierta en dioses malvados, en egoístas que no piensan en el prójimo y que se guíen por un principio destructor: Al que ayuda, Dios lo madruga.

Por Huáscar Cajías K. 

Fundador de PRESENCIA y catedrático universitario,  es Presidente de la Corte Nacional Electoral.

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